Los Juegos Florales es un concurso de poesía muy conocido en Chile, y bajo este título encontramos la primera novela del guionista y narrador Vladimir Rivera. Una narración que rompe el molde criollista que se le dio al espacio y el habla de provincia e instala la duda sobre si esta historia no podría ocurrir en otra parte.
Presencias tan chilenas y universales como la competencia y el arribismo asoman en un grupo de jóvenes parralinos que ven cómo se desdibuja todo lo que habían creído sobre el mundo entre letras de canciones y neoprén. Nombres y rostros que se evaporan como el vapor del té que espera al volver a casa.
Las librerías y bibliotecas deberían tener una sección que rezase: “Por si has perdido las ganas de leer”, y colocar en ellos todos esos libros que no puedes dejar y que te vuelven las ganas de posar tus ojos sobre páginas escritas. Rivera consigue esto con un libro precioso, donde él mismo es el protagonista de un niño-adolescente que quiere ser poeta, en un pueblo que compiten por serlo, quien será la mejor. Todo bajo la sombra de la dictadura y Colonia Dignidad. Es un niño autista, pero de un autismo que viven muchos quienes saben ocupar sus espacios entre letras, esos que van leyendo en la micro, en el metro, caminando e incluso andando en bicicleta. ¡Bien aventurados los autistas lectores! Es un libro que devuelve la magia al criollismo chileno, desde una mirada irónica, melancólica y alegre en torno a la poesía y su ruralidad presente en cada capítulo. Es un libro que todo aspirante a poeta debería leer. Hay lecturas que vuelan la cabeza, y esta lo hizo conmigo.
El imaginario preadolescente es el último punto donde se quiebra la inocencia. Se descubre el mundo en los gustos personales y es la etapa que marca un camino que se sigue en la adultez diciendo esto es lo que me gusta, esto es lo que quiero hacer. Aquí, el Parral de los 80's, es un lugar para la literatura y la poesía. Niños que juegan a ser poetas y bajan del Olimpo la poética, ya sea propia inspiración o robada, para hacerla suya, firmarla y decir este poema es mío. La novela se maneja con una voz simple y cotidiana, no por eso menos compleja, de este descubrimiento de las letras, saber que los poetas ya muertos hace mucho, siguen hablándonos y alterando nuestros propios sentimientos. Vladimir, el niño protagonista (¿no el autor?) se sacude con este mundo de las letras que lo abstrae del mundo real, donde sus compañeros pasan de curso y se van, donde sucede la dictadura y Colonia Dignidad es la gran vecina del pueblo. Una novela tierna, ágil y sencilla, hecha para describir a los poetas desde su locura, obstinación y porfía manifiesta desde los primeros pasos en las letras
"La poesía conecta a los vivos con los espíritus que vagan en cada casa, en cada pueblo. Son los poltergeists (...) Los poetas están en las calles, trabajan en la fruta, limpian el piso en oficinas públicas. La mayoría tiene hijos, no usa tarjeta de crédito. La mayoría ha visto al demonio, camina con él, no le teme a su existencia. Son capaces de ver treinta y tres colores y sentir setenta y siete sabores distintos. Los poetas de Parral han visto las moléculas de las cuales están compuestas los versos más tristes de la noche" (Pp, 143-144).
"Todos los poemas llevan un perro adentro" (p,154).