Hay libros que son para leer en la playa y otros que son para leer en el silencio de la sala, cuando uno está a solas con sus cosas. “La casa de la discreta despedida” pertenece a ese segundo grupo, aunque no por ello es un libro pesado. Al contrario, se lee fácil, pero cala hondo.
Mariela Varona, una escritora de Banes, Holguín, que ya tiene en su haber premios importantes como el La Gaceta de Cuba 2001 y el David 2003, demuestra en esta colección de cuentos que conoce bien el oficio. Si ya habías leído algo suyo como “Cable a tierra” o “El verano del diablo”, aquí te reencuentras con esa voz que no se anda con rodeos.
Este libro es un paseo por la muerte de las cosas. No hablo de muertes aparatosas ni de crímenes de novela negra. Hablo de esa muerte pequeña y cotidiana que pasa cuando el deseo se apaga, cuando la esperanza se oxida o cuando el amor se desinfla sin hacer ruido.
Lo que más me llamó la atención es cómo la autora retrata la soledad. Los personajes de Varona no están en una isla desierta; están en medio de la ciudad, en una casa, en una esquina, rodeados de una sociedad que mira para otra parte. Son gente que se va despidiendo de la vida que tienen delante, no porque se marchen físicamente, sino porque ya no saben cómo agarrarla. Es una despedida discreta, íntima, casi muda.
El lenguaje es justo lo que uno necesita para este tipo de historias: directo y coloquial. No hay palabras rebuscadas para impresionar al lector. La autora usa las palabras que usamos nosotros para contar la pena, y quizás por eso duele más. Suena auténtico, como si una amiga te estuviera contando algo muy triste en la mesa del comedor.
Es un libro entretenido en el sentido de que te mantiene enganchado, y fácil de leer porque la prosa fluye sin trabas. Pero ojo, fácil de leer no significa superficial. Es un libro serio sobre las renuncias que hacemos a diario. Si buscas cuentos que te hagan pensar en lo que perdemos sin darnos cuenta, este título es una apuesta segura. No es un libro feliz, pero es un libro verdadero.