Este libro me provoca una sensación encontrada, casi agridulce. Supe fortuitamente de su existencia tras leer la cartela de una pintura de la autora, expuesta en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. La expectativa fue enorme, ya que los exquisitos cuadros me sorprendieron y ganaron de inmediato; natural y anticipadamente, esperé encontrarlos en sus páginas, pero no fue así: ninguno de ellos ilustra la obra, que sí contiene varias imágenes pero no tan detalladas o bellas como las de la exhibición (la calidad de la impresión tampoco hace justicia al trabajo pictórico, pues los brillantes dorados y los infinitos detalles se pierden completamente debido a la tinta, dimensiones de impresión y tipo de papel). Desde el punto de vista literario, los textos dejan mucho que desear: narrativa pobre, diálogos desarticulados y personajes a los que faltó ser pulidos. La primera parte del libro desmejora la segunda, que es la que verdaderamente levanta la historia. A pesar de todo, ese personaje maravilloso llamado Serafina y el onírico mundo mitológico que la acompaña, valen la pena. Como conclusión, encuentro que la publicación fue una enorme oportunidad desaprovechada.