La publicación de la primera novela de esta trilogía, Las chicas de campo, supuso una conmoción en la sociedad irlandesa de comienzos de los años 60, hasta el punto de que el párroco de Tuamgraney, localidad de origen de la autora, consiguió tres de los cuatro ejemplares que se pusieron a la venta en Irlanda y los quemó en público.
Este hecho sin duda suscitará la curiosidad de la mayoría, pero el que espere una historia escandalosa se sentirá decepcionado. Y esa decepción sin duda dice mucho de la mentalidad de la época y la misoginia imperante en aquella sociedad ultraconservadora: al final, lo escandaloso era el reconocimiento de las ansias de libertad e independencia, de la sexualidad de las protagonistas, y no tanto otros hechos que se narran que sí son abominables.
En la primera novela conoceremos a Caithleen y a Baba, dos niñas al comenzar el libro, habitantes de una pequeña localidad rural en la Irlanda de los años 50. Compañeras de colegio, pudiera parecer que no tienen más que eso en común: Caithleen Brady es dependiente y temerosa, ama a su madre y se aferra a ella con temor, pero la pierde siendo aún niña, quedando desamparada junto a un padre alcohólico y violento. Baba Brennan es rebelde, dominante y decidida, y proviene de una familia acomodada. Ambas forjan una amistad maravillosamente descrita, compleja y real, de dependencia por parte de ambas, de amor y rechazo, siendo a la vez enemigas y aliadas.
Este primer libro es mi preferido de los tres, tanto por esos primeros pasos hacia una amistad memorable y la manera en que refleja el paso de la infancia a la adolescencia de las dos protagonistas, como por los personajes secundarios, todos perfectamente retratados, y la oprimente atmósfera religiosa, claustrofóbica, y de la que es realmente complicado escapar, pero que describe con ternura, humor incluso, sin quitarle por ello todo el horror que supone.
En La chica de ojos verdes asistimos al viaje hacia la madurez, el paso a la vida adulta, la independencia que consiguen al mudarse juntas a Dublín, las primeras relaciones, las fiestas y sus sueños, el descubrimiento de un mundo radicalmente distinto. Creo que en este segundo volumen se pierde algo del encanto.
Finalmente, en Chicas felizmente casadas, vemos ya a las protagonistas en su vida adulta, con sus sueños cumplidos (aunque, quizás, no de la manera soñada), en un cierre realista, con satisfacciones y amarguras, alegrías y desilusiones, a veces resultado de malas elecciones, que me ha supuesto un pequeño puñetazo en el estómago. Pese a que esos puñetazos suelen ser buena señal, es el volumen que menos me ha gustado. Confieso que no sé explicar del todo las razones, los cambios en la voz narradora no me han gustado, y quizás los hechos me han hecho algo de daño y me niego a admitir que yo, en contra de todos mis principios, deseaba un final algo más edulcorado.
Con todo, Las chicas de campo es una trilogía sumamente recomendable, sencilla y auténtica, que refleja de maravilla la sociedad irlandesa de la época, sociedad que Edna O’Brien sufrió en sus propias carnes, dejando reflejadas sus propias vivencias en estas páginas (de hecho, el título de su autobiografía es Chica de campo).