"Ese que está sentado en aquella banca del parque Ricaurte, atribulado, cariacontecido, vestido de gris a rayas blancas, corbata roja, sombrero gris oscuro y zapatos carmelitas rejuvenecidos a punta de betún antes de salir de su casa, que tiene la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, el sol a las espaldas, el ceño fruncido y la mirada fija en la puerta de la iglesia, es Juan Roa Sierra, desempleado, soltero, a su pesar, aún enamorado de la bella mujer que lo bajó hace meses de su cama. Tiene veintiséis años cumplidos y no alcanzará a cumplir los veintisiete, no por causa de algún accidente o de una enfermedad, desgracias que llegan, precisamente, sin pedirle permiso a la vida, sino por forzar su destino al encuentro de la muerte".
"La verdad era que estaba solo contra el mundo, sin más compañía que su propia soledad".
"A lo largo de las laberínticas callejuelas del populoso sector los vendedores ambulantes anuncian a gritos sus baratijas en abierta competencia con tahúres de mesa, trapaceros, calanchines y culebreros, mientras prostitutas, malandrines, carteristas y raponeros hacen lo suyo recorriendo las aceras, y turcos, libaneses y polacos despachan en sus almacenes desde alpargatas, amansalocos y calzoncillos de amarrar al dedo gordo hasta vajillas de porcelana, sobrecamas de seda, ropa interior bordada de encajes y otras refinadas mercaderías al alcance de su clientela más selecta. Así es el transcurrir diurno de San Victorino, pero cuando el comercio cierra sus puertas y las sombras se desparraman sobre sus lúgubres pasadizos, los prostíbulos, las chicherías y los antros de mala muerte abren las suyas para dar comienzo a los siniestros festines de la noche, donde confluyen los asesinos y los ladrones, los timadores y los cuchilleros, las palanduscas y las alcahuetas, los pederastas y los maricas, los trujamanes y los gavilleros, los randas y las ratas, los asaltantes y los fulleros, los mendigos y los gandules, los dementes y los venáticos, los cojos y los mancos, los tullidos y los ciegos y otros inválidos más desgraciados, unos en el baile y otros en la calle, el lugar no importa, para los encuentros de la carne y los desencuentros de la sangre sólo hace falta una guarida de libaciones y amoríos en penumbra, para que hierva el odio y afloren los más bajos instintos el escenario ideal es el cascarón de un edificio con las escaleras mutiladas, los muros en escombros y los cuartos inundados, para componendas, repartijas y traiciones basta cualquier rincón de esas manzanas tenebrosas sin Dios ni ley donde abundan las puertas falsas, los atajos infinitos y los callejones sin salida".