"Me acuerdo es una obra maestra. Los libros supuestamente más importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará. Con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo. Me acuerdo es a la vez increíblemente divertido y profundamente conmovedor... Uno de los pocos libros completamente originales que he leído." (Paul Auster) "Es un libro digno de ser copiado." (Georges Perec)
El artista y escritor Joe Brainard publicó este libro originalmente en el 70. Después al parecer le hizo alguna revisión, pero eso no importa. Lo que importa es el espíritu del Me acuerdo, que me parece la esencia de la empatía. Empiezas a leerlo, y a la tercera o cuarta "me acuerdo" es inevitable pensar en mis propios "me acuerdo". Y me encanta todo los que él dice, porque creo que los que me emocionaron fueron los que podía imaginar. Y me pongo a pensar en la memoria, en lo frágil que es, en el hecho de que deja de vivir con nosotros. Y si no apuntas esos me acuerdo, se te van perdiendo. También pienso en la vida y como pasa en un instante. El escribió este libro cuando aún era joven, y seguramente después habría hecho un libro distinto, pero este en particular tiene que ver, seguramente, con el momento en el que estaba. Pero amé el tono, no tiene mala onda, al contrario, es como si viera todo con una tonalidad positiva, y eso le da algo especial. Es parte de la escuela de Nueva York, que ademas me parece una maravilla de grupo de personas, (de quien conozco solo a algunos poetas maravillosos) menciona a Frank O¨Hara, o John Ashbery, pero que también había espacio para alguien como Brainard, que es artista visual, pero que escribe diarios y este maravilloso "Me acuerdo". Recomiendo mucho este ejercicio de memoria, de sensaciones, de ver qué cosas se pueden mover en la memoria subjetiva y propia de cada uno, leyendo a este artista, a quien ahora buscaré más, y que me alegra mucho haber descubierto.
Ah! les recomiendo dejar la introducción de Paul Auster para el final, completa bien el retrato, pero me parece mejor entrar en el libro sin la introducción (yo la leí después, porque siempre lo hago, y me pareció que me habría enojado si lo hubiera leído antes).
La máquina de recordar (Instrucciones de uso) (Reseña, 2020)
Toda lectura es oracular. Cualquier libro, cualquier momento en el que uno elige leer un libro, puede convertirse en las entrañas de la liebre —liebre de viento, liebre de barro esculpida por las manos de un joven dios— donde aparecen inscritos secretos, palabras de sombra, gestos que nos guían como la señalética extranjera de un laberinto al que caemos por azar. Confío plenamente en la casualidad que nos arroja contra ciertas lecturas. Me obligo a confiar en ella porque mantener alguna fe es recomendable para no perder del todo la cordura. De otro modo las sombras en la cueva parecerían tener malas intenciones, y es mejor no tener que lidiar con esa preocupación.
Doy vueltas en la anécdota porque me interesa lo que ocurrió con Me acuerdo durante la lectura. Conocía la obra de Joe Brainard. Les había dado vueltas a algunos fragmentos. Jugado con ellos. Compré el libro para entretener la pandemia y leer un cuerpo de textos que me permitiera proponer un módulo de una materia en la universidad. Luego ocurrieron los talleres. Durante los últimos meses estuve acompañando el proceso de tres talleres de escritura creativa. En alguna de las sesiones, planeando como abordar la idea del pacto ambiguo, quise replicar la experiencia de Brainard, la enumeración acelerada de escenas a través de la aliteración como disparador. Leí en el prólogo que jugar con este modelo hace parte casi canónica de los talleres literarios estadounidenses. No sé que ocurra en ellos, no sé qué tal funcione dentro de ese canon. En los talleres fue una maravilla.
Lo que consiguió Brainard, más allá de su contenido (difiero con Auster, que en el prólogo elogia la ingenuidad como la mejor y mayor característica, y como elemento diferenciador del texto original de otros que luego lo emularon: no me parece un gran texto, no me parece particularmente bueno) encuentro aquí un artefacto grandioso. La forma que encontró, la dinámica que abrió para quienes desde entonces hasta ahora seguimos y, estoy seguro que por largo tiempo, seguiremos explorando su máquina de recordar, forzando los límites al sumarle escritura automática, o al aplicarla al registro en los diarios, o al mezclarla con otras variaciones. Este hallazgo es una fuente en donde podremos abrevar con confianza plena en que entregará calma a la sed, y dotará de ánimos el esfuerzo creador. Porque Brainard forjó un espejo.
La ligereza, la sencillez del procedimiento, la más o menos obvia forma de aprovechar el encadenamiento como recurso de composición, todo funciona para que replicar este ejercicio permita, por ejemplo, hablar de ritmo, y señalar la gramática de oraciones cortas que suele componer el lenguaje de nuestra memoria; o para hablar de subtexto, cuando en muchos de los recuerdos lo consignado es excusa para otro recuerdo liminar que toca cazar luego con la pericia de quien atrapa peces con las manos; o para hablar del agotamiento como mecanismo para encontrar nuevas expresiones, lo que inevitablemente ocurre cuando se ha pasado quince minutos escribiendo “Me acuerdo de…” y de golpe llegan no sólo imágenes inesperadas, sino variaciones desconocidas al momento de escribirlas.
Creo que lo que quiero decir es que Brainard más que escribir un libro tuvo una idea. Son difíciles de tener, las ideas, llegan sólo una vez cada cierto tiempo, y se escabullen fácil, y pueden pasar desapercibidas. En los diarios que complementan esta edición de Eterna Cadencia queda todavía más clara esa ingenuidad de Brainard al escribir, el afán de hacerlo como si no fuera a ser leído nunca, cómo si sólo conversara con los escuchas que habitan en su cabeza. Algo más queda claro allí, además de que su deseo nunca fue ser escritor: la disposición perpetua a contemplar buscando la belleza, la esquiva belleza, y la fortaleza de aferrarse a ella cuando llega, ya sea en forma de colillas de cigarrillos, o de un atardecer sobre las olas, o del sabor del agua luego de comer helado.
Esa pericia, esa atención, nos regaló Me acuerdo. Yo le quedo muy agradecido.
El problema de la literatura del yo es el mismo del arte contemporáneo. Uno llega, lo ve o lo lee y dice: "Ey, yo podría hacer eso". Y la verdad es que sí, podrías. No lo hiciste, ni lo vas a hacer, pero podrías. No puedo negártelo. Y eso pasa con este libro de Brainard en el buen y mal sentido.
No sé si fue uno de los primeros que empiezan con esta literatura confesional (Perec lo copió y creo que va a salir uno de Kohan ahora que se titula igual). Además, Paul Auster lo adora. Así que démosle ese título: "El primero al que se le ocurrió que sólo contar su vida podía ser interesante".
El estilo de Brainard es sencillo, sincero y, por momentos, casi ingenuo. No hay maldad ni un juicio sobre él y sus amigos. Sí hay, medio velado, un exceso de pastillas, cigarrillos y alguna que otra droga recreativa y, por los diarios, intuyo que era un tipo un poco depresivo con altibajos. No sé. Eso es mío.
El libro importante, digamos, es "Me Acuerdo". Lo leés y decís: "AH, me pasa igual". O te dispara tus propios recuerdos como un comediante de stand up. Dice, por ejemplo: "Me acuerdo de haber fantaseado con heredar montones de dinero de un pariente al que ni siquiera conocía". O: "Me acuerdo de que en los bailes del colegio prácticamente solo bailaban las chicas con las chicas". Además, como repite siempre la formula termina formando ritmos y cadencias que están bastante buenas y que, encima, se relacionan por el contenido de cada mantra.
Aparte, la edición de Eterna Cadencia tiene bastante más material.
Cosas buenas: Los primeros Autorretratos (el de navidad es el mejor), los 29 miniensayos, y esos artículos sobre: "¿Qué es el dinero?", "El sexo", "La religión".
Por ejemplo, uno de los 29 miniensayos, que viene a cuenta de la situación actual: "OPTIMISMO // Tal vez baste con saber que nada va a ser como era antes".
Cosas malas: Diario de Bolinas, Diario de Nueva York, La vía amigable. Son un bodrio. Son largos y no dicen nada. En especial no funcionan porque no podés relacionarte con él ni con sus amigos poetas ni con su estilo de vida. Lo único bueno son los collages y dibujos que te permiten ver al Brainard artista plástico.
Cuando llegué a toda esta parte el libro se me hizo largo y aburrido. No podía leer dos párrafos sin pensar en "por qué sigo con esto". Así que por eso 3 estrellitas. Igual Goodreads me está quemando el coco. Empezar a comparar entre sí los ratings de los libros me destruye.
Terminé este libro diciendo "uf que ganas de tener una conversación con Joe Brainard", aunque toda la obra es cuasi eso. Una persona que se desnuda ante su público y no teme expresar su búsqueda de aprobación y empatía del mismo. Arranqué esto sin historial alguno, y terminé un poquito fascinada. Inevitablemente, mientras leía "Me acuerdo", tuve el impulso de escribir mis propias memorias.