Madame de Châtelet murió relativamente joven, a los 42 años, pero en este tiempo pudo leer y estudiar, mantener correspondencia con una buena cantidad de escritores, pensadores y matemáticos de su época y escribir algunos tratados científicos. También fue amante de Voltaire, con quien convivió durante años en una de sus posesiones, donde reunió 10.000 libros, más de lo que podía tener una universidad de la época.
Su único escrito no científico es el ‘Discurso sobre la felicidad’, que no fue pensado para ser publicado y que quizás por eso puede leerse desde una clave autobiográfica.
Me gusta cuando se detiene a hablar de la ilusión, un sentimiento quizás postergado hoy día, que tenemos que ser prácticos, escépticos y descreídos. Algo así como el pacto con la ficción que uno acepta cuando lee una novela o ve una película para divertirse, pero como ingrediente diario para soportar lo real.
“(…) afirmo que para ser felices tenemos que ser propensos a ilusionarnos y eso es algo que no necesita ser probado; pero, me dirán, usted ha dicho que el error es siempre nocivo: ¿no es la ilusión un error?
No, la ilusión no nos hace ver, en verdad, los objetos tal como deben ser para proporcionarnos sentimientos agradables, los acomoda a nuestra naturaleza (…) ¿Cuál es la razón por la que yo río mas que nadie en el espectáculo de marionetas, si no es porque me presto más que nadie a la ilusión y al cabo de un cuarto de hora me creo que el que habla es Polichinela? ¿Podríamos tener un momento de placer en el teatro, si no nos prestásemos a la ilusión que nos hace ver personajes que sabemos muertos desde hace tiempo, y que hablan en versos alejandrinos?
(…)
La ilusión interviene en todos los placeres de nuestra vida y es lo que le da brillo. Se podría decir que no depende de nosotros y eso no es verdad hasta cierto punto: no podemos inventarnos ilusiones, y tampoco podemos inventarnos deseos, ni pasiones, pero podemos conservar las ilusiones que tenemos, podemos tratar de no destruirlas, podemos no ir detrás de los bastidores para ver las ruedas que hacen los vuelos y las otras máquinas: eso es todo el arte que podemos practicar y ese arte no es ni inútil ni infructuoso”.