No suelo leer novelas de duelo. Cuando me apetece leer sobre el tema es porque estoy viviendo un duelo -porque los duelos no se sufren sino se viven hasta que se agotan-, supongo que por cierta manía de entender la literatura como un lugar en el que encontrarse -soy un esteta, en el fondo- y en esos momentos me apetece de todo menos leer. Además, la mayoría de las cosas que he leído sobre el duelo sacrifican la vulnerabilidad en pos del refinamiento de un lenguaje que, de tanto adorno, acaba derrumbándose sobre sí mismo (pienso en ti, Barthes).
X ha muerto es bastante distinto. Es un libro que habla de la muerte de la persona amada o, más bien, de la espera por la muerte de la persona amada (en todos los sentidos en los que la palabra "espera" puede entenderse). Si algo nos enseña Agirre es que todo lo que amamos dejará de estar ahí en algún momento, y esa obsesión por vivir al máximo lo que va a morir acompaña toda la novela.
Los pasajes obsesivos por una posible muerte del amado se alternan con descripciones casi bucólicas de una rutina que ya no es tal, pero en ambos momentos se reniega de todo artificio y grandilocuencia para buscar un texto desnudo, pero no superficial. X ha muerto no construye un gran mausoleo hacia la ausencia de X, sino que más bien trata de mostrar las pequeñas ausencias que, como en una ciudad fantasma, acaban infiltrándose desde la cotidianidad -las manías de X, su "Buenos días", su forma de hacer la cucharita- hasta la línea de flotación de toda una vida que, si antes era compartida, ahora toca vivirla -como el duelo- en soledad. Ojalá todo lo que hablase de la muerte del otro hablase con esta pureza.