Cuentos perversos. Lo perverso nos repele y atrae en un mismo movimiento. Destrás de cada justo hay un tirano; detrás de cada anhelo libertario, ambición de dominio. Lo perverso posee la fuerza de lo oculto, lo prohibido, lo censurable, lo inesperado. Seis maestros del género abordan literariamente el arte de hacer el mal de manera metódica y premeditada. El resultado es tanto un juego con los límites más delicaos e intolerables de la experiencia humana, como una indagación de estas intrincadas relaciones entre moral y poder,
"Nací en Madrid el 4 de julio de 1934 y el 17 de julio de 1936 me fui con mi madre, mi hermana y mi tía Pilar a veranear a San Sebastián. Mi padre debía reunirse con nosotras unos días más tarde, pero estos días se alargaron tres años.
Así pues, si bien mis ojos vieron la luz en Madrid, mi entendimiento se despertó en San Sebastián y mis primeros recuerdos están perfumados por el olor del mar, iluminados por el verde de los montes y empapados de txirimiri.
Las primeras impresiones musicales me llegaron a través de la radio nacionalista, con sus himnos de ardores guerreros y sus cuplés de amores imposibles que me hacían llorar. Lloraba tanto con “María de la O” que era tan desgraciaíta teniéndolo tó, como con la historia del camarada que cae herido de muerte en la batalla: “A mis pies cayó el herido, el amigo más querido y en su falda muerte vi”, cantaba yo hecha un mar de lágrimas en vez de: “Y en su faz la muerte vi”, porque desconocía la plabra “faz” y, aunque el hecho de que un soldado llevara falda no dejaba de parecerme raro, lo aceptaba como un misterio más entre tantos que, de continuo, asaltaban mi mente infantil.
Afortunadamente, para contrarrestar aquella forzosa y restringida educación musical, mi madre y mi tía Pilar nos cantaban maravillosas y melancólicas canciones vascas que también me hacían llorar pero esta vez de puro sentimiento melódico porque las letras no las entendía en absoluto. Aquellas canciones me dejaron un sentimiento que me sale a flote en cuanto me descuido, y si alguna vez pretendí ser una Rollig Stone, resulté ser una Rolling Stone donostiarra. Mis condiciones musicales se manifestaron muy pronto y de pronto, pero no se enteró nadie. Nos habían llevado a mi hermana y a mí a casa de unos parientes que tenían muchos hijos, chicos en su mayoría, los cuales, como es natural, nos despreciaron olímpicamente, relegándonos al cuarto de jugar para que nos las arreglásemos solas. Allí, entre un sinfín de juguetes, descubrí un pianito en miniatura, de una escala, que estaba bastante afinado. Me apoderé de él y, con un dedo, empecé a tocar la Marcha Real (siempre la perniciosa influencia de la radio) con alguna vacilación al principio por desconocer el valor de los intervalos, y con seguridad absoluta al darme cuenta de por dónde iba la cosa. Tan fácil me resultaba que no dudé en escaparme al salón, donde, poco antes, había visto un piano de verdad y, ni corta ni perezosa, me dispuse a traspasar mis recientes conocimientos desarrollados en el juguete, al gran piano.
Cuando más embelesada estaba, llegó alguien, no recuedo bien quién, sólo que era una señora, seguramente la madre, a la que odié con toda mi alma (creo que todavía la odio) porque me arrancó de allí a la fuerza diciendo que el piano no estaba para los niños. No se dio cuenta, la tía, de que yo no aporreaba las teclas a tontas y a locas, sino que estaba tocando con sumo ciudado una melodía perfectamente reconocible, nota por nota. -¡¡ Pero si sé tocar!!- gritaba yo indignada, pero ni caso: fui arrastrada de nuevo a la leonera infantil rabiando.
Hasta los cinco años no volví a ver un piano, ni grande ni chico. Esto fue ya en Madrid, en el hotel de mi abuela, donde no sólo había un piano sino dos y a nadie se le ocurrió prohibirme hacer mis pinitos ni en el uno, ni en el otro, ni impedir que descubriera el misterio de las teclas negras.
Un poco más tarde, cuando ya había cumplido los siete años, mis padres compraron un erard antiguo que aún conservo y entonces aprendí a utilizar mis diez deditos en vez de uno solo.
También por entonces empecé a escuchar música sin reminiscencias bélicas ni folclóricas (la radio llegó a casa después del piano) aunque de momento limitada al repertorio pianístico de mi madre que tocaba muy bien, pero era “una romántica cabeza de melón”, como decía Guillermo Brown refiriéndose a s
En el prólogo, Hugo Salas menciona que lo perverso no es la ausencia del poder, sino que, entre ambos, se forma una relación en el que el primero subyaga al segundo. Así, en todos los relatos recopilados en “Cuentos perversos” se presentan personajes que actúan oprimiendo a otros que resultan, no necesariamente más débiles, sino, simplemente, otros.
O my F G... The first short story is good enough then the rest start to gradually build up into the most perverse of a human being. Making another person suffer and enjoying it...
Just like at work...
Apparently there are certain humans, man or women, who actually enjoy the process of destroying the lives of another person. I mean, truly making it difficult with physically and spiritually pain. Ain't talking about what happens in the office at work. This goes in all areas of life.
Why?
It's a question that has puzzle thinkers and philosopher since ancient times.
It's not horror. It's fiction that illustrates the human life at its worst. My favorite sshort stories of this collection are obviously, Saki, Marguerite Yourcenar (gorgeous narrative) and Auguste de Villiers de l'Isle-Adam...