1892, Un año insignificante es una apuesta histórica nada convencional que se adentra en un año -se supone cualquiera- para reconstruir la Policía & Costumbres en Bogotá. A modo de cuadros, el ejercicio de control de la Policía se presenta a través de escenas singulares y poco comunes. La ciudad, su falta de higiene, los fantasmas, las peleas de gallos, fiestas populares, motines, prostitutas, chicherías y la recogida de niños de la calle son temas de análisis que evidencian la relación entre vida cotidiana y vigilancias. Las diferentes escenas invitan a discutir el poder de las emociones, la cultura del denuncio-instrumental, el derecho a la muerte y el trabajo forzado. Si se quiere, el libro es una apuesta a pensar desde registros-micro temas más amplios para re-enfocar las narrativas generalizantes sobre el Estado en medio de una historia sobre las lógicas de la arbitrariedad.
Un libro muy importante porque a partir de relatos de la policía en temas como un fantasma o niños en la vaya reconstruye todo el orden cultural y social de la Bogotá de finales del siglo XIX, no le doy más estrellas porqué en ocasiones la lectura se vuelve un poco pesada y no siento que conecte con el texto pese a tocar un tema que me gusta mucho que es la historia cultural y la microhistoria.
En la introducción se nos habla de la higiene en la Bogotá de finales del siglo XIX donde primaba mucho el mal olor y la falta de higiene mayormente en los barrios populares donde las alcantarillas eran el foco principal de esa falta de aseo, cosa que no pasaba en los barrios más ricos, la falta de higiene también era relacionada con el atraso y falta de civilización. El libro se nos presenta como una historia cultural y microhistoria del control de la policía en los aspectos cotidianos, tema que para el autor aún falta mucho por investigar en Colombia.
En el primer capítulo se nos describe un poco del ambiente de 1892, pasando así al escenario político que es un preludio a la fundación de la policía que conocemos hoy en día, para ello había un contexto previo de alguaciles, y el uso de la legislación antigua, pero lo novedoso era el nuevo director de la policía un francés, esto mostraba el gusto del presidente Holguín por lo europeo, la policía así debía mantener el orden y la tranquilidad, como también la moral civil, finalmente son descritos las circunscripciones donde estaba la policía y sus líneas de acción.
El segundo capítulo es sobre la aparición de un fantasma en que algunos policías aseguran haberlo visto, para ello hay un contexto en los cementerios, donde era común la creencias sobre las almas, esta noticia atacaba la legitimidad de la policía pues la valentía era parte importante de la misma y en esa ocasión quedaba como cobardes, la creencia en seres del más allá era común en lugar como la oscura Bogotá de finales del siglo XIX, por otra parte, el control escatológico era reducido solo a la iglesia, por lo que había un cierto monopolio del miedo, pero había un interés por lo espiritual que se ve en la sociedad espiritual americana, que llegó incluso a tener publicaciones.
El tercer capítulo se basa en un incidente de una copa rota en una chuchería, este era un lugar muy común de sociabilidad, baile y diversión, también en estos lugares se podían comprar otras cosas, pero siempre fue mal visto, habían argumentos religiosos que usaba la biblia para atacar el consumo de alcohol, también se presentan argumentos científicos y médicos que veían mal el consumo de chicha en la que está era sinónimo de idiotez y atraso. Otra cosa relacionada con el consumo de alcohol era la prostitución que tenía la problemática de la sífilis, se pasó de intentar prohibirla a regularla, finalmente, la oscuridad, era común en la Bogotá de 1892, la luz era una ayuda a la policía.
El cuarto capítulo versa sobre la prohibición de las peleas de gallos, para ello en un primer momento hay un contexto de la Chapinero del siglo XIX que era un lugar de descanso para las élites, en una carta se muestra como está población estaba a favor de la policía, aunque no muchos la firman, haciendo que estos silencios indiquen algo, sobre las peleas de gallos era todo un espectáculo que se hacían los domingos y en dos fiestas religiosas, donde se congregaban personas de distintas clases sociales, estos espacios causaban conflictos, que sumado a una legislación previa que hablaba sobre el maltrato animal sin prohibidas, algo que causó revuelo ya que era algo antes aceptado, los periódicos esgrimen argumentos que entonces debían ser prohibidas también las corridas de toros, aunque lo que se ve es un control sobre el derramamiento de sangre, donde la del gallo era algo Barbara..
El último capítulo es sobre los niños en situación de calle donde la policía informa más sobre objetos perdidos que sobre niños perdidos, estos chinos como eran llamados no estaban fijos en un solo lugar estaba constante movimiento, algunos trabajaban vendiendo periódicos o siendo emboladores, muchas descripciones era ambivalentes entre lo romántico y la bárbaro, los niños también servían de soplones por todo el conocimiento que tenían.
Pese a todo estos sufrían la recogida de policías que lo usaban para llévalos a las haciendas cafeteras para ponerlos a trabajar recogiendo café o ayudando a la colonización de estas, esto era bien y se usaban argumentos religiosos y civiles contra la vagancia de los niños y la necesidad de ponerlos a trabajar, aunque supuestamente tiene su freno está práctica cuando un niño embolador habla con presidente Caro, aunque el trabajo forzado siempre siguió, el mayor aliado de estos niños fueron la prensa la cual era cercana a ellos.
Tenemos un capítulo final sobre el control de la vida cotidiana que uno puede ver hacia la policía, preparándose para el año 1893 y la huelga se artesanos y las grietas que había en política colombiana, como la crítica que se la hacía a la policía mostrando a esta como un monstruo que persigue y censura.
En pocas palabras, un buen libro para las personas que gustan de la historia cultural y la microhistoria, algo a notar es que las imágenes deberían estar en los capítulos donde son citada y no en un apartado diferente.
Dentro del enorme campo que está por cubrir en la historiografía colombiana del siglo XIX, este texto es un excelente ejemplo de cómo hablar de grandes temas que siguen siendo tan actuales, a partir de la exploración de eventos aparentemente triviales. Un fantasma, una copa rota en una chichería, las peleas de gallos y los niños de la calles se convierten. en ventanas a una sociedad que en esencia sigue siendo la misma. A través del análisis de dichos eventos, el autor analiza el papel de la represión estatal, la construcción de un nuevo orden, la desconfianza hacia las clases populares, la importancia de la prensa, la cultura del denuncio, etc., mostrando las tensiones que desencadena la imposición del régimen conservador regeneracionista, en un ambiente donde las crisis políticas parecieran estar lejos de desaparecer del panorama colombiano. Este libro nos brinda la oportunidad de mirar a esos últimos años del siglo XIX y desde una perspectiva no exenta de humor e ironía, reconocernos en esos policías aterrorizados por visiones espectrales, en los oficiales que no admiten mácula alguna en su honor, en los arribistas que reclaman su trago regado, en el colega que denuncia a sus superior para quedarse con su cargo, en los bogotanos juerguistas que no se dejan aguar la fiesta, en los niños de nadie que sufren el desprecio de la gente de bien, y en los ciudadanos que prefieren mirar a otro lado para pensar que todo va bien.