Ocho testimonios en primera persona, que huelen a oralidad, a memoria viva de una tradición o encuentro identitario. Lo que más me gustó fue leer sobre los hogares de estudiantes, que no solo eran un refugio para jóvenes mapuche que no tenían dónde vivir para ir a la universidad; sino que fueron escuelas de formación política. Mucha garra en estas mujeres, mucha sabiduría, mucha resiliencia. Descubrí a una tatarabuela mapuche, leo las experiencias de las ñañas para imaginar cómo habrá sido la vida de mi ancestra papay. Gracias a mí misma por comprar este libro, no recuerdo cuándo ni dónde, pero ahí estaba, en mi librero, esperando a que yo viviera este despertar champurria, intercultural.