Suelo mentir. En realidad digo muchas mentiras. La cosa se confirma cuando una amiga me llama mitómano y otra me recuerda al escuchar a Iván Noble cantando esa frase sugerente de “miento poco, pero cada vez mejor”. No miento por gusto, más bien lo hago porque me gusta crear mundos posibles desde los simulacros y aquello del “podría ser, pero no es”. La cosa se complica cuando no sólo miento para crear; miento cuando hablo sobre literatura. Esas son mentiras menos frecuentes, pero existen. Después de haber pasado ocho años en una universidad que me entrega el título de “Profesional en Estudios Literarios”, la mentira se vuelve necesaria. Aquí va un caso: una joven bella y de ojos brillantes, con la cual intento coquetear desde el saber académico, me sonríe y me dice: “En realidad de esos libros clásicos he leído sólo ‘Madame Bovary’ de Flaubert; pero imagino que ese ya lo has leído, ¿cómo no si eres literato?”. Yo asiento con mi cabeza, y ahí va la mentira. En realidad he dicho que he leído Madame Bovary muchas veces, y nunca lo había hecho. Al menos hasta ahora.
Es difícil hablar de libros clásicos, la cosa es más fácil cuando se trata de textos relativamente nuevos. Además ¿qué no se ha dicho sobre ese libro?, cosas que se pueden resumir en ese clásico “Madame Bovary soy yo” de Flaubert. De “Madame Bovary” impresionan los personajes y la forma narrativa, esa voz que cambia y se transforma y le permite a don Gustave salvarse el pellejo en un juicio. La lectura de Madame Bovary se puede realizar con diferentes visiones; asombra en especial la identificación con los personajes, el detalle en la vida y las costumbres de cada uno de ellos, que le permite al lector involucrarse en la vida de Charles, Emma o Rodolphe. En la actualidad, el uso de la introspección es la herramienta más utilizada por los autores para lograr esa posible identificación. No es gratuito que el uso de las primeras personas sobresalga en los narradores actuales, a menos –claro está- que traten de jugar con las formas usando e-mails, cartas y segundas personas del plural. Bien, en el caso de Flaubert, esa introspección se logra desde la lejanía de una tercera persona que se acerca y se aleja según conveniencia. Así, la primera escena en la que Charles –siendo niño- tiene problemas con su sombrero, nos focaliza sobre el “médico rural” que después será relegado a un segundo plano para darle una principalía a Emma, y volver a ser centro al final del libro. Ese paso del narrador de primera persona al interior del personaje se hace sin anuncios previos, sin marcas al lector; lo logra de manera casi mágica, al insertar interjecciones y juicios en escenas que parecen de poca importancia, pero que tras la supuesta poca injerencia, esconden la esencia misma de la novela completa. Eso conlleva una necesidad narrativa: las descripciones. Sobre las largas descripciones cabe decir que no toman el mismo camino que desarrolla Balzac para subrayar su ánimo por la frenología –es más, en una de las escenas de Madame Bovary, los personajes leen y nombran a Balzac-, Flaubert intenta más bien entrar en la cotidianeidad de lo rural y del sueño no cumplido. Las descripciones son una herramienta muy utilizada en el siglo XIX para describir personajes al intentar crear una relación directa entre el aspecto físico y la personalidad (finalmente de eso se trata la frenología y la fisiognomía de Lavater tan de moda en todo ese siglo); actualmente, la descripción se ha dejado un poco atrás, en pro del desarrollo psíquico directo. Bien, la forma de descripción de Flaubert se abre campo en el momento bisagra en el cual la descripción ya no es sólo material/externa, sino que se interioriza dejando ver claros elementos de lo psíquico que se desarrollará posteriormente con autores como el mismo Joyce. Flaubert logra un equilibrio perfecto entre la descripción material y física, que refleja lo interno; pero ese movimiento, por primera vez en la literatura, tiene un feedback que retorna. El movimiento interno tiene un reflejo en lo físico, creando un equilibrio perfecto, ese mismo equilibrio se encuentra en el nivel social, actancial y narrativo. Pero todo el corpus de la novela no sólo está marcado por la puntualización de los personajes, sino por el desarrollo de la acción. Gustave, inscrito aún en la idea de los mundos totalizantes del siglo XIX, establece residencia en Rouan y crea personajes-tipo que ayudan a matizar la dualidad interna de Emma. Son personajes que explotan en mitad de un párrafo y componen un marco inigualable para los sufrimientos y sueños de Emma. No quisiera alargarme demasiado, así que dejo a un lado lo que más me interesó: cómo Flaubert descubre (como lo hacen los grandes maestros) el verdadero sentir del alma humana. Aparecen ese tipo de frases que cambian vidas y nos hacen gritar “¿cómo lo supo?, ¿cómo supo lo que yo sentía en ese momento?”. Lo dejo a un lado por inexplicable, porque quiero ser aquí, aquello que no pude ser en la lectura: objetivo. Lo dejo a un lado porque si empiezo, termino hablando de mí. Porque Flaubert me hizo sentir angustia y lástima por Emma, cariño y odio por Charles, aburrimiento por Homais, solidaridad maliciosa por Rodolphe, pero eso tiene que ver más conmigo. Lo dejo a un lado porque decir ese tipo de verdades a medias es otra forma de mentir.
Desde ahora, estoy seguro, si una hermosa chica me pregunta sobre ‘Madame Bovary’, seguro le seguiré mintiendo: le diré que no lo leí. Esperaré a que ella me cuente de qué se trata, aguardaré a que lance un juicio sobre Emma, que trate de dar un adjetivo a Charles. Podré decir que vi la versión de cine, para no parecer tan perdido, pero nunca admitiré que la leí. Dime quién es Emma y te diré quién eres tú. Seguro Gustave no podía dormir con esa idea en la cabeza, daría vueltas por Ruan, caminaría por la farmacia, por la iglesia; hasta que al final, encontró esa bella mentira novelada que se resume en una frase “Madame Bovary soy yo”, así que ahora dejo aquí una de esas argumentaciones absurdas como la que encontró Sancho antes de cruzar el puente y que se muerden la cola para subrayar el absurdo, para recalcar la posibilidad de lo falso. Pueden ustedes creerme o no: “Cuento una mentira: Madame Bovary, no soy yo”.