Javier Marías es absolutamente adictivo. Como sus artículos de prensa son imposibles de conseguir en Uruguay, cualquier viaje a la madre patria es la excusa perfecta para volver con un bolso entero de libros. Y son muchos: durante treinta años fue columnista. Este volumen reúne 95 artículos publicados en El País Semanal entre 2015 y 2017 y, como era de esperar, me ha encantado.
A veces me sorprendo riéndome sola con determinados textos: irónicos, brillantes, de una lucidez cascarrabias que lo hacía único. Lo interesante es que con frecuencia no comparto sus ideas, ni de lejos, y sin embargo lo disfruto igual. Esa es la magia: su claridad, su perspectiva, su capacidad de señalar lo que nadie quería señalar, sin preocuparse por lo “políticamente correcto”.
No creo que fuera liberal en sentido político, pero sí un defensor feroz de la libertad individual y un desconfiado nato de cualquier dogmatismo. No le habría molestado que uno no coincidiera con él; nunca buscó adhesiones, solo expresarse con rigor y sin concesiones.
Y cómo se lo extraña. El mundo es hoy más pobre sin él: un mundo lleno de ofendidos profesionales, de pieles finas, de quienes prefieren prohibir lo que no les gusta antes que soportar escucharlo. Un mundo donde linchar en redes sociales desde el anonimato se ha vuelto deporte. Sí, se lo extraña a Marías. Mucho.