(¡Alerta SPOILERS!)
La vida puede terminar pronto, y no por causas naturales. Lo que hoy se tiene, mañana puede no valer nada.
La Gran Guerra se encargó de enseñarle lo primero a los alemanes. La hiperinflación, lo segundo. Ambas premisas motorizaron y estructuraron las expectativas y deseos de los alemanes en etapa de entreguerras. El alivio al estar siempre en la antesala de una nueva catástrofe se les presentó a la medida de las necesidades del desarrollo del pujante capitalismo de los años 20, y adoptó la forma del entretenimiento, las modas y la gratificación instantánea en consumos perennes.
¿Para qué seguir los mandatos y preceptos sociales cuando está tan cerca la posibilidad de rendirle personalmente cuentas a Dios? Así las cosas, la Alemania en tiempos de la República de Weimar se convirtió en el escenario de la liberación sexual, el empoderamiento femenino, la explosión de los moldes sociales asignados a las identidades de género. Travestismo, homosexualidad, desnudos, promiscuidad, dejaron el underground y vieron la luz. Sobre todo, de la noche y el showbizz.
Manifestaciones artísticas tales como el cabaret naturalizaron una forma particular de distracción como respuesta frente a la inminente y siempre presente finitud, pero también posibilitaron su elaboración colectiva, como sucedió con el kabarett. Cristalizaron en forma de entretenimiento los cambios operados en la sociedad alemana, que ya había perdido gran parte de su inocencia, aunque no toda. Lo peor todavía estaba por llegar. Mientras tanto, divertirse, consumir, vivir y experimentar como si no hubiera mañana era la consigna.
Pero la búsqueda de maximizar la experiencia del presente no puede lograrse sin el sacrificio y la negación de la valía de aquello que dura, de la significatividad y la relevancia de aquello que trasciende la percepción del tiempo y la historia como una instantánea y pone al presente en relación dinámica y necesaria con el pasado y el futuro. Las bombas de la Gran Guerra siguieron cayendo en Alemania cuando ésta acabó. Pero esta vez estallaron en forma de modas pasajeras, cultura de lo descartable, entretenimiento adormilante; un nuevo tipo de prescindencia humana y desintegración del tipo tradicional de lazos sociales que cohesionaban hasta entonces a la sociedad alemana. Sin embargo, nuestra visión estaría fatalmente parcializada si no reconociéramos que también el clima de laxitud y redefinición de la moral social de la República de Weimar permitió, además, el desarrollo de las ciencias y el arte como nunca antes, quizás en todo el mundo, con productos que sobreviven hasta nuestra época y probablemente la trasciendan. El libro de Gabriele Tergit “Käsebier conquista Berlín” es un ejemplo de ello.
Gabriele Tergit y su obra están destinadas a permanecer, a durar en el tiempo, aún con un relato cuyo eje central es la obsolescencia, de la cual toma el tempo y el ritmo para desarrollar una descripción de la Alemania de entreguerras. La autora se sirve de la sátira como herramienta estilística para sostener la intensidad dinámica en la narración, pero también para evidenciar lo disparatado de la nueva racionalidad que reestructuró la forma de ver el mundo y de actuar de una sociedad que supo ser profundamente tradicional y estuvo dispuesta a acabar con ello.
Las consecuencias del avance del capitalismo en Alemania, la influencia del “americanismo”, quedan plasmadas en diferentes ejes a partir de los cuales se construye y solventa sólidamente la historia de Gabriele Tergit, una socióloga y economista judeoalemana que terminó sus días en Londres. Así, Käsebier, un cantante de talento sobredimensionado que alcanza súbitamente el estrellato a partir de un artículo escrito sólo para llenar espacio en el Berliner Rundschau, resulta un epifenómeno icónico de su tiempo y -en el libro de Tergit- sólo una excusa para abordar a través de desopilantes conexiones narrativas y argumentales los cambios operados en la cultura, la economía y la sociedad de entreguerras. De hecho, Käsebier apenas sí tiene voz y es que, justamente, representa un producto de su época, es decir, una mercancía que sólo pudo realizar –brevemente- su valor en el mercado del entretenimiento, una vez fetichizada. Käsebier también es el resultado de la metamorfosis del periodismo en el capitalismo. Los medios de comunicación social, transformados en empresas de comunicación comercial, se convierten en grandes imperios publicitarios al servicio de la explotación del entretenimiento, también convertido en industria. Muñecos Käsebier, zapatos Käsebier, lapiceras Käsebier, variedad de cigarrillos Käsebier, proyecto inmobiliario Käsebier, no son más que el resultado de los artículos periodísticos sobre Käsebier escritos por encargo a razón de 5 ó 10 marcos y vendidos por 15 durante la “Käsebiermanía”, destinada a ser inevitablemente suplantada por la “Mickeymanía”.
El ascenso y el descenso de la artificial estrella de la canción y el teatro de variedades son homologables a la potencial prescindencia de cualquier sujeto en una sociedad de masas. Todo fenece al ritmo de las modas y las necesidades de un mercado pujante y masivizado. Los periodistas de oficio son remplazados por gacetilleros y publicistas. La artesanalidad y el paroxismo del detalle en el diseño industrial anterior a la guerra –el chippendale, esmerados estucos y molduras barrocas, artísticos grabados, el estilo Luis XV- quedan tan obsoletos como la mano de obra que la crea y el carácter moral del vínculo social que la unía con el capital contratante. En su lugar, se exacerba el valor de la pulcritud y la sencillez de los diseños simétricos, despojados, donde apenas se puede percibir y notar la intervención humana, con la perfección y la simetría de la maquinaria y la consistencia de lo industrializado, que arrasa con la individuación y singularidad de lo artesanal. El trabajador, otrora considerado “colaborador” del dueño de los medios de producción -como señala el entrañable periodista de raza, Miermann-, se convierte en el transcurso de los años ‘20 en moneda de cambio devaluada, en insumo descartable para el empresario o el gerente.
Uno de los grandes logros del libro de Tergit quizás sea el poner de relieve y de manera coherente los diferentes síntomas de una sociedad inmersa en la cultura de la muerte (y reírse de eso): no sólo la guerra mata (y el humor es una buena forma de explicarlo, de entenderlo). La violencia física no es lo único que puede acabar con una vida, sino que la sociedad puede violentar al sujeto hasta la muerte, también en tiempos de paz. En el caso de “Käsebier conquista Berlín”, la muerte se presenta como consecuencia inevitable del clima de época, de una sociedad que no se integra con el pasado para avanzar, sino que lo borra. Las tres muertes que ocurren en el libro de Tergit revisten un potente carácter simbólico: una niña se encarga de contarnos la muerte de la inocencia de la sociedad alemana marchando hacia lo más nefasto e inhumano, mientras que un periodista y un ebanista donan su vida para mostrarnos de manera cruel y aberrante el fin de las relaciones de trabajo y de la condición de trabajador como se conocieron hasta entonces.
La decadencia en estos ámbitos deja a los sujetos una nueva enseñanza que se terminaría de probar correcta durante la Segunda Guerra Mundial, donde la extinción social llegaría al paroxismo de la prescindencia e irrelevancia del valor de lo humano, pero que encuentra una clara conexión con la sociedad de nuestros días. En la obra de Tergit podemos rastrear -entre otros elementos de actualidad- el germen de la dificultad posmoderna de los seres humanos para conectarse, la labilidad de las relaciones sociales y afectivas en un mundo donde mejor andar liviano, mejor no planificar, donde todo tiene valor de cambio, la incertidumbre es la regla y las relaciones entre seres humanos están cada vez más mediada por la instrumentalización y la objetualización.
En tal sentido, el impulso modernizante de la sociedad alemana en esta etapa de transición acaba por aleccionar material y afectivamente a las treintañeras de Tergit, que se debaten entre las nuevas posibilidades que trae aparejadas el cambio del rol social de la mujer y las restricciones que encuentran para disfrutarlas en dicho contexto. “¡Vivir tan ligero como sea posible! Nada que suponga una carga.” ¿Libertad o constricción? ¿Elección o necesidad? ¿Agenciamiento o consuelo? El juicio de valor queda en manos del lector, porque la escritora logra, ya en 1931, tematizar sobre la sexualidad de la mujer desde una perspectiva compleja y que invita al cuestionamiento antes que a la toma de posición.
“Käsebier conquista Berlín” forma parte de la colección Alexanderplatz de Editorial Minúscula, que busca recuperar desde lo literario una parte de la historia del mundo que tanto nos gusta –y conviene- ver y pensar como “el pasado”: la antesala del nazismo, el Holocausto, la miseria humana y su brutalidad más extrema. La magnanimidad y el avasallante efecto de sentido de la Segunda Guerra en el imaginario social nos tranquilizan al dejarnos creer que determinados eventos sólo pueden incubarse a la sombra de una guerra mundial o de la austeridad y la carestía de los tiempos más difíciles que el mundo conoció. Sin embargo, la obra de Tergit nos interpela desde ese “pasado” con una actualidad irresistible. En “Käsebier conquista Berlín”, un negocio inmobiliario de raíz absolutamente especulativa y corrupta afecta a la mayoría de los personajes del libro, ya sea por el desfalco de sus ahorros o por dejar impagos honorarios de la construcción. Subastas y desalojos, provocados por responsables –un banquero y un empresario- que encuentran la forma de salir indemnes e impunes, nos conectan inmediatamente con la España de hoy, donde la burbuja de la construcción explotó expulsando a familias enteras de sus hogares. El desempleo y la precarización del mercado de trabajo luego de la crisis del ’29 fueron el caldo de cultivo para la exacerbación del odio racial y el ascenso de regímenes totalitarios, lo cual nos remite en la actualidad a una Europa convulsionada por la xenofobia, la intensificación de la intolerancia étnica, la imposibilidad de la igualdad en la diferencia, así como al alarmante avance de lo peor de las expresiones políticas y económicas de derecha en Grecia, en Italia y en Francia. En fin, una crisis sostenida que no cede, se profundiza y que amenaza estallar en formas tal vez desconocidas, nos invita a preguntarnos: ¿quién será el Käsebier que conquiste nuestra época?