¿Qué se necesita para volverse lacónico? ¿Cuánto dolor, cuánta guerra? Pregúntale a Hemingway, el maestro del silencio entre palabras. Él lo convirtió en un arte.
Antes de El viejo y el Mar, antes de Por quién doblan las campanas, antes de que su nombre se convirtiera en sinónimo de frases cortas y emociones encapsuladas, Hemingway publicó En nuestro tiempo (1925). No es solo su primera colección de cuentos, es la declaración de principios de un escritor que cambiaría la literatura para siempre. Cada historia es un golpe seco, un disparo al aire que deja un eco largo y helado. Aquí está ya todo lo que lo haría inmortal: la guerra, el desencanto, la violencia contenida y, sobre todo, el silencio como la forma más pura de expresión.
Pero hay algo más. Esta colección no es solo una serie de cuentos: es un rompecabezas de un hombre, un mapa fragmentado de una vida que podría ser una sola o muchas. Vemos la infancia, la guerra, el regreso a casa, la desilusión, el intento de seguir adelante en un mundo que ya no tiene espacio para él. No es una narración continua, pero cada pieza encaja en un cuadro mayor: el de una generación que aprendió a no esperar nada. Podemos engañarnos y decir que En nuestro tiempo es solo una colección de cuentos, pero no lo es. Es la historia de un hombre contada en destellos, en cortes precisos como heridas que no terminan de cerrarse. Nick Adams, el protagonista o narrador de algunos de los cuentos, no es solo un personaje recurrente: es un mapa hecho de pedazos, un tipo que crece, pelea, huye y vuelve a empezar. No necesitamos más. Hemingway nos dice lo esencial y deja el resto en el aire, donde se quedan las cosas que realmente importan.
En nuestro tiempo no es solo un libro, es un campo de entrenamiento. Aquí Hemingway afila su técnica como un boxeador perfeccionando su gancho: corta lo innecesario, suprime explicaciones, obliga al lector a leer entre líneas, deja espacios llenos de significado y convierte el silencio en su mayor arma. La guerra, la pérdida, el trauma… están ahí, aunque nadie los nombre. Y cuando el dolor aparece, simplemente sucede, sin discursos ni explicaciones. Hemingway entendió algo que muchos escritores evitan: hay cosas que no necesitan decirse para sentirse en cada página; hay experiencias que no necesitan ser analizadas, solo mostradas.
Su narrativa es un arte de omisión. Cada frase inconclusa, cada silencio entre las palabras, deja espacio para lo esencial: lo que no se dice, pero se siente. No es casualidad que algunos de sus cuentos parezcan inacabados; lo que omite no es un vacío, sino una herramienta que intensifica la historia. Porque lo suyo no es contar historias como los demás. Hemingway juega con lo que no se dice. Usa frases cortas que golpean sin aviso, repeticiones que resuenan como ecos lejanos y diálogos crípticos que esconden más de lo que muestran. No se molesta en explicarte nada; su narrador ya lo sabe, sus personajes lo intuyen y tú, lector, tienes que descubrirlo. La acción importa menos que la reacción, lo que Hemingway deja fuera es lo que da peso a lo que permanece.
Este es su sello, su marca indeleble. No escribe como los demás porque sabe hacer más con menos. Cada omisión es una invitación a sentir, a intuir, a llenar los espacios vacíos con lo que no está en la página. Y eso es lo que lo hace grande: su narrativa no es lo que dice, sino todo lo que deja en el aire. Él consigue que lo que falta pese más que lo que está escrito.
El libro reúne una serie de relatos breves que retratan la guerra, el regreso a casa, la desilusión, la muerte y el intento de seguir adelante en un mundo que se ha vuelto inhóspito. Entre ellos, encontramos varios protagonizados por Nick Adams, un personaje recurrente en la obra de Hemingway que encarna la transición de la juventud a la vida adulta a través de experiencias que lo marcan de forma irreversible. Nick es más que un personaje: es el vestigio del cowboy, del trampero solitario, pero con una diferencia crucial. Él sabe que no hay tierra prometida al final del camino. No se trata de llegar a ningún lado, sino de mantenerse en movimiento. Lo único que importa es no quedar atrapado.
Leer estos cuentos es como encender una cerilla en la oscuridad: un fogonazo de luz breve, un calor que dura un instante, y luego se apaga. Hemingway no escribe cuentos; lanza pequeñas bombas que estallan en pocas páginas y te dejan con los oídos zumbando. Aquí no hay finales grandilocuentes, no hay fuegos artificiales. Solo un tipo que tira la colilla al suelo y sigue caminando. Algunos cuentos son brutales, otros parecen apenas una escena sin resolución. Pero todos tienen ese filo inconfundible: lo importante no está en lo que se dice, sino en lo que se omite. Hemingway es un maestro en capturar ese instante en que todo se quiebra, en que un personaje se da cuenta de que algo se ha perdido para siempre.
Y ahora que ya hemos recorrido el camino emocional y filosófico de Hemingway, quizá sea el momento de detenernos en los relatos clave de esta colección. Historias como Campamento indio o El final de algo nos dan un vistazo directo a los principios de lo que más tarde se convertiría en su estilo inconfundible.
Campamento indio – Nick Adams es solo un niño cuando presencia un parto difícil en una comunidad indígena. Su padre, un médico, lo lleva para que aprenda algo sobre la vida. Pero lo que Nick ve es la violencia de la existencia, la fragilidad de la cordura y la muerte como una presencia inevitable. Esta experiencia se conecta con la noción de que, en el universo de Hemingway, las realidades más crudas no se explican, sino que simplemente ocurren. Primera lección: crecer duele. “En el amanecer en medio del lago, sentado en la popa mientras su padre remaba, se sintió seguro de que él no se moriría nunca.”
El fin de algo – Un cuento sobre el final de un amor. Nick rompe con su chica. No hay drama, no hay gritos, solo una conversación seca y un silencio que lo dice todo. Esa ruptura refleja el desapego emocional que caracteriza a los personajes de Hemingway. La frialdad con la que Nick maneja la situación refleja la idea de que el dolor y la pérdida son parte del proceso de "moverse" por la vida.
El vendaval de tres días es Nick Adams refugiándose en la cabaña de su amigo Bill, bebiendo whisky junto a la chimenea y hablando de libros, béisbol y mujeres. Pero en realidad, de lo que están hablando (o evitando hablar) es del final de su relación con Marjorie. La conversación es ligera en la superficie, pero cada frase está cargada de la euforia de convencerse de que ha sido para mejor… y de la tristeza subyacente de saber que eso quizá no sea cierto.
El hogar del soldado – Un soldado vuelve a casa después de la Primera Guerra Mundial y descubre que el mundo siguió sin él. Nada ha cambiado, excepto él mismo. Y nadie quiere escuchar lo que tiene que decir. Hemingway retrata aquí a un hombre que no quiere engañarse a sí mismo con emociones que ya no siente.
Gato bajo la lluvia es el retrato perfecto de la insatisfacción. Una mujer ve un gato bajo la lluvia desde la ventana de su hotel en Italia y decide que quiere rescatarlo. Pero su marido, indiferente, apenas le presta atención. Lo que Hemingway nos muestra no es solo una escena trivial, sino un deseo más profundo de afecto, de algo tangible que la haga sentir menos sola. Y al final, cuando el gato llega… bueno, el cuento termina con una ambigüedad que te deja mirando la última línea como si escondiera algo más.
Fuera de temporada es una historia de silencios incómodos y tensión latente. Un hombre joven y su esposa han contratado a un viejo guía italiano para ir de pesca en un pueblo vacío fuera de temporada. Pero algo no está bien: el guía bebe a escondidas, la esposa está molesta y la atmósfera es espesa, llena de cosas no dichas. Hemingway nos deja en el aire qué es exactamente lo que se está desmoronando, pero lo sentimos en cada frase. Y entonces, de repente, el cuento termina, como una conversación cortada en seco.
Río de dos corazones – Nick Adams regresa a la naturaleza después de la guerra. Va de pesca, monta su campamento, sigue una rutina meticulosa. Pero cada acción es un intento de sostenerse en algo, de evitar mirar demasiado dentro de sí mismo. Hemingway nos muestra cómo el trauma puede esconderse detrás de los gestos más simples. Nick pesca, pero no es el pez lo que busca.
Entre los relatos, Hemingway inserta pequeños interludios que actúan como respiros, pero en realidad profundizan en la desconexión y el vacío emocional que se encuentran en el núcleo de su escritura. Son como esos cortes de película donde el mundo sigue girando mientras tú te quedas congelado, mirando algo que no entiendes del todo. No son historias con principio y final, son destellos. Momentos solitarios donde el dolor no tiene nombre ni rostro, pero está ahí, presente, como una sombra al acecho. Nick Adams podría estar en cualquiera de esas escenas, o tal vez no, porque esos fragmentos no necesitan un personaje para ser reales. La guerra está en todas partes, en el aire, en el silencio de los soldados que nunca dicen lo que realmente piensan. Y así, entre uno y otro cuento, Hemingway deja caer estos pequeños retazos de vida como si fueran esquirlas de una explosión que nunca termina de disiparse. Son partes del mismo todo: la violencia, la pérdida, el vacío. Sin ellos, no entenderíamos lo que significa estar atrapado en un lugar sin salida, esperando que la próxima huida te lleve a un sitio menos terrible.
¿Hablamos ahora de Nick Adams? Nick no es solo un personaje, es la encarnación de la experiencia de Hemingway: un joven que aprende a endurecerse, que afronta la guerra y el desencanto, que busca refugio en la naturaleza y en los rituales más básicos. Lo que Hemingway hace con él es un ensayo de lo que luego hará con sus grandes protagonistas: hombres que han visto demasiado, que no encuentran palabras para explicarlo y que solo pueden seguir adelante con gestos mínimos y frases cortas.
Nick es, en muchos sentidos, el embrión de todos los héroes hemingwayanos. Si quieres entender la evolución de su literatura, empieza por aquí. Porque lo que Hemingway nos muestra a través de Nick es un tipo de hombre que no se aferra a nada, que se desliza entre las cosas sin quedarse demasiado tiempo. No porque busque algo más, sino porque quedarse quieto es el principio del fin. No hay destino, solo el movimiento.
Leer En nuestro tiempo es como ver a Hemingway afilando su cuchillo. Ya está claro que tiene filo, pero aún está probando hasta dónde puede cortarlo todo sin que se desmorone. Aquí la brusquedad y la contención son más extremas: los cuentos terminan de golpe, los diálogos son secos hasta la incomodidad, y la emoción está tan reprimida que a veces parece que la ha enterrado en el hielo. En Adiós a las armas (1929), por ejemplo, el ritmo es más natural, más cadencioso, como si hubiera aprendido a dejar que las palabras respiren. Sigue siendo el maestro de la elipsis, pero allí hay una música subterránea, una fluidez que aquí aún no aparece del todo. En En nuestro tiempo, suprime tanto la emoción que algunas historias quedan como huesos pelados: potentes, sí, pero a veces casi herméticas. Es un Hemingway en bruto, afilado y esquelético, todavía aprendiendo hasta qué punto puede despojar la prosa sin que esta se quiebre.
¿Por qué deberías leer En nuestro tiempo? Pues mira, porque si solo conoces a Hemingway por sus novelas más famosas, te estás perdiendo el origen de todo lo que definió su escritura. Este libro no solo marca el inicio de su carrera, sino que contiene la clave de lo que vendrá después: el laboratorio donde se forjó su estilo, la prueba en la que aprendió a contar lo esencial. Es un libro que exige pausa y atención, invitándote a leer entre silencios y descubrir lo que no se dice.
Si eres de los que buscan conocer a un autor más allá de su obra más conocida, de sus Greatest Hits, En nuestro tiempo es una parada esencial. Aquí Hemingway no solo construye su estilo, también define los pilares de lo que lo haría eterno: frases cortas como golpes, silencios que hablan más que las palabras y personajes que no buscan redención porque, simplemente, no la esperan. Aquí están los cimientos de todo lo que vino después. Y si te consideras un lector serio, este es un libro que no puedes dejar pasar.
En nuestro tiempo, en todos los tiempos, hay guerras, pérdidas y silencios que duelen más que las palabras. Hemingway los atrapó en estos cuentos, y lo que nos dejó no es alivio ni redención, sino algo más feroz: una verdad que no necesita explicarse, porque ya la llevamos dentro. En En nuestro tiempo no hay ilusiones, ni grandes destinos, ni promesas de futuro. Solo personajes que saben cuándo es el momento de levantarse, sacudirse el polvo y decir con una media sonrisa: ‘Supongo que ya es hora de largarme de aquí’.