La novela describe la lucha interior de un personaje por encontrar la solución vital, una solución vital. Trata de incorporarse a la vida de un ambiente que le es extraño. Se trata de un hombre que ha roto psicológicamente con cuanto le ligaba a la realidad de sus circunstancias. Y busca desesperada y sinceramente el porqué de su existencia. Así su vida se convierte en crónica de toda una generación española.
Spanish poet and writer José Augusto Trinidad Martínez Ruíz wrote most of his literary works under the pseudonym Azorín.
The eldest of nine brothers, he studied law at the University of Valencia, then worked as a journalist in Madrid. He later emigrated to Paris.
He also wrote under the names Fray José (in "The Catholic Education of Petrer") and and Juan of Lily (in "The Defender of Yecla").
He was an anarchist in his youth, but grew more conservative as he aged and supported Franco when the General came to power in Spain (although the author remained in France).
El libro es el punto de vista de una generación entera. Una representación del desasosiego vital e intelectual de los autores de fin de siglo. La mayoría de sus páginas son inmensas.
Martínez Ruiz lo trata todo: literatura, crítica y nuevas formas narrativas; historia y decadencia del país; política: socialismo, anarquismo, absolutismo de la masa (así bautiza a la democracia); pesimismo schopenhauiano... Todo siempre girando alrededor de la idea axial del texto: la voluntad. O más bien su ausencia. La reflexión, para Martínez Ruiz, mata la voluntad. El hombre reflexivo se aleja de lo natural, de lo espontáneo; se convierte en un autómata, en un muñeco sin iniciativa que surca permanentemente un mar de infinita soledad. Comprender es entristecerse, es sentir la muerte, es marchar hacia la nada.
Su marco narrativo es prácticamente inexistente. No existe cohesión literaria. La novela es un constante flujo de ideas e impresiones sobre la vida y el paisaje. Es contemplación, no acción. No es una lectura fácil ni amena. Ni divertida. No hay fábula, no hay trama. No se acerquen a ella si esperan algo de lo mencionado.
Le doy tres estrellas porque el señor escribe muy bien y cuenta cosas parcialmente interesantes cuando se pone a teorizar sobre diversas opiniones. Lo que es la acción, o inacción, de la obra me deja indiferente. No me gusta, no me disgusta. Está, o no... ahí, supongo.
Por otro lado, Martínez Ruíz es un señorTM y su personalidad hija de un accesorio mostacho revenido impregna alguna que otra página. A veces siento que estoy comiendo con mi padre una lubina seca en la amplia mesa del comedor muy distanciados uno del otro. Este tío es literalmente mi progenitor. Por ello quizá me desagrada en ciertas ocasiones, quién sabe. (Encima es géminis de los cojones. Mi padre no, sino él.)
En cuanto a la edición, buenísima de la mano de I. Fox. El tipo tiene una introducción con información y redacción bastante pertinentes. Incluso he llegado a citarla para un trabajo.
2'5/3 como mucho. He leído 200 páginas y... uf, cero ganas de leerme las 80 o así que quedan. Me esperaba bastante más, la verdad. Sinceramente, para esto me quedo con "El árbol de la ciencia", que es similar pero mejor escrito (para mi gusto, claro). Unas descripciones pesadídimas y sin enjundia ni belleza la mayoría, muy simplistas. Y el tema de la abulia muy trillado, sin decir nada novedoso en mi opinión, quitando algún fragmento. En fin, en general bastante decepcionado...
La verdad es que me ha gustado más de lo que me esperaba, lo cual me ha sorprendido bastante. Hay algo en la narración (sobre todo en las últimas partes) que refleja a la perfección el sentimiento de desasosiego que siente el autor/narrador, a través de capítulos en primera persona y cartas de un yo externo que observa la evolución del propio yo (la verdad es que es un libro muy meta lol).
Entiendo que igual no es para todo el mundo, porque las reflexiones filosóficas y metafísicas que contiene a veces pueden resultar un poco demasiado. Aun así, me ha parecido una lectura muy interesante y agradable (dentro de lo que cabe). No se lo recomendaría a cualquier persona.
só podo dicir que foi un dos meus favoritos deste ano, e iso que non sucede NADA desgarrador, depresivo, desolador… unha obra maestra que nos espeta contra a realidade das nosas míseras existencias
“La Voluntad” de Martínez Ruiz forma parte de las novelas de 1902 que responden a la crisis europea de finales del siglo XIX. Además de transmitir una visión simbolista, subjetiva y fragmentada de la realidad, “La Voluntad” plantea un dilema epistemológico que se origina a partir de dos verdades alternativas, es decir, que presenta dos formas diferentes, pero igualmente válidas, de entender por qué Antonio Azorín, el protagonista, renuncia a su ambición literaria: la obra no permite que el lector escoja una interpretación por encima de la otra, ya que busca reflejar la imposibilidad de saber algo con certeza. A través de las cartas que componen el epílogo y escribe Martínez Ruiz, se puede concluir que el fracaso de Antonio Azorín es el resultado de la decadencia social, económica y cultural del país. Se trata de una interpretación determinista que señala a Antonio Azorín como víctima de una serie de circunstancias —la mediocridad de la vida cultural madrileña y el pesimismo moral de su época— que lo aplastan. De esta manera, “La Voluntad” constituye una denuncia regeneracionista que retrata una sociedad caracterizada por la falta de energía con la que llevar a cabo esfuerzos continuados y finalizar proyectos culturales.
Para la segunda interpretación el abandono literario de Azorín se debe al descubrimiento del absurdo y el sinsentido de la existencia humana. Se trata de una decisión que equivale a una de las soluciones que Schopenhauer propone para superar el sufrimiento que genera la Voluntad, una fuerza ciega que da lugar a la diversidad de criaturas que pueblan el mundo. El deseo de existir de la “Voluntad” es tan fuerte que se expresa hasta en concreciones de signo opuesto: el enfrentamiento entre dos formas opuestas provoca dolor permanente. La “Voluntad” es la esencia que subyace a toda existencia, es decir que, en definitiva, cada ser, cada objeto es una manifestación o representación distinta de la misma energía. Antonio Azorín experimenta un episodio de epifanía en el que se le presenta una visión de la muerte que regresa y atraviesa la vida del ser humano. A nivel formal, el recurso que evoca la epifanía es la repetición y el contraste cromático entre coches blacos y coches negros que aparecen y desaparecen en mitad de una vitalidad desplegada, en un ambiente de bullicio total: la imagen representa el baile frenético de la humanidad hacia la muerte, la misma que retrata la litografía de Honoré Daumier titulado “VoillIllIlllà le greerrrrrand galop charivarique” (1839). Azorín descubre que el individuo está irremediablemente evocado a la muerte, a la nada y al olvido y opta, en consecuencia, por desapegarse y abandonar cualquier deseo. En términos de la filosofía de Schopenhauer, Azorín escoge la ataraxia, la mínima intervención en el mundo —con el objetivo de infligir el menor daño posible— y el reconocimiento ético de uno mismo en el otro. Martínez Ruiz crea un personaje que sigue el camino del sacerdote o místico, mientras que él persigue el de la creación artística. El artista practica también la ataraxia y aparte ofrece una visión estética de la realidad a través de sus obras. Martínez Ruiz escribe “La Voluntad” precisamente para sugerir, apuntar y eludir una sensación cíclica del tiempo, es decir, que emplea una estética simbolista para representar el eterno retorno de Nietzsche. Se trata de una idea que indica que todo cuanto existe vuelve eventualmente, pero de distinta forma o configurado ligeramente diferente. Aplicada al hombre, la temporalidad cíclica implica que las diferentes etapas vitales —nacimiento, infancia y adultez— están destinadas a un desenlace que conduce de nuevo al inicio del proceso: la existencia consiste en una sucesión de vida y muerte, en la constante transformación de la materia. El tópico memento mori expresa la condición mortal del ser humano y, al igual que el eterno retorno, exige al individuo una confrontación con su existencia. Azorín, en mitad de su epifanía, se da cuenta de que el ser humano al nacer, empieza a morir, luego vuelve a nacer y vuelve a morir. Se trata de una concepción nietzscheana del tiempo que, influenciada por el pesimismo de Schopenhauer, desencadena el absurdo existencial, una manifestación del tópico de “vanidad de vanidades” ("vanitas vanitatum et omnia vanitas"). “La Voluntad” presenta una escena en la que Azorín visita la Biblioteca Nacional y revisa una colección de retratos hechos por Jean Laurent. De entre el montón a Azorin le llaman la atención particularmente cinco que relaciona con “todo lo más intenso que el hombre puede alcanzar en la vida”; la primera captura al arzobispo Antonio María Claret y Clará (1807-1870) y representa la Voluptuosidad; la segunda retrata al líder del partido liberal conservador, Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897), y representa la Fuerza; la tercera fotografía al actor Julián Romera y Yaguas (1813-1868) y representa la Elegancia; la cuarta graba al político y banquero José de Salamanca (1811-1883) y representa el Dinero y por último, la quinta plasma al poeta Gustavo Adolfo Bécquer (1837-1870) y representa la Poesía. A partir de la descripción de dichas fotografías, Azorín concluye que las pulsiones vitales de los grandes hombres resultan igualmente inútiles, es decir que de nada sirve ambicionar la Voluptuosidad, la Fuerza, la Elegancia, el Dinero o la Poesía, ya que todas ellas son, en realidad, formas de la Voluntad abocadas a la Nada. A propósito de unos periódicos viejos se dice también que en ellos «quedan momificados los instantes fugitivos de una emoción, como que cristaliza este breve término de una alegría o de una amargura, ¡este breve término que es toda la vida!… Además, se ve en las viejas páginas cómo son ridículas muchas cosas que juzgábamos sublimes, cómo muchos de nuestros fervorosos entusiasmos son cómicas gesticulaciones, cómo han envejecido en diez o doce años escritores, artistas, hombres de multitudes que creíamos fuertes y eternos.» (p.305) Es el absurdo existencial que apunta que cualquier esfuerzo por encontrar un propósito último está destinado al fracaso y reflejan la vacuidad de las aspiraciones humanas lo que lleva a Azorín a volver deprimido a Yecla para pasar el resto de sus días en la más profunda desidia y anonimato. En “La Voluntad”, la representación literaria de la “Vuelta eterna” se encuentra en la composición de los capítulos, que establece una sucesión de día y noche, y en las descripciones del paisaje, que hacen referencia a los ciclos estacionales. El relato descriptivo de la novela utiliza la salida y la puesta del sol, los matices cromáticos, luminosos y auditivos de los espacios y los sonidos para trazar el círculo temporal de Nietzsche. Martínez Ruiz emplea también el prólogo para presentar una situación que ayuda a atisbar dicha temporalidad eterna: la edificación de la Nueva Iglesia sobre el antiguo santuario ibérico de Elo (IV a.C.) constituye una perpetuación que ilustra la idea de que "todo vuelve". En ambas épocas, se construyen edificios que representan la religión que controla al pueblo. Yuste y Lasalde conversan a propósito de una serie de estatuas que han sido desenterradas en el Cerro de los Santos. Se trata de “retratos auténticos de las personas que más se distinguían por su talento y sus virtudes en la ciudad”. Cada una de las estatuas no representa a magistrados, sino individuos cualquiera, hombres convencionales y mujeres corrientes que Yuste y Lasalde identifican con hombres y mujeres de su época: un escéptico —el Sócrates pre-yeclano—, un anciano creyente o labriego actual, dos mujeres yeclanas y el pedagogo o sociólogo. Al igual que el Abuelo de Iluminada, prototipo de personaje intrahistórico que suele encontrarse en las novelas de 1902, las estatuas retratan personajes intrahistóricos. Asimismo, la estructura de “La Voluntad” permite ubicar el drama de Azorín en una corriente humana de deseo, dolor y trabajo que da comienzo en un momento indeterminado y cuyo final tampoco está claro. A partir de la historia de un hombre, Azorín, insignificante y minúsculo se introduce el concepto de la intrahistoria: la multitud anónima es la que verdaderamente escribe la historia y no aquellos que aparecen en el discurso histórico y cultural de las elites. Se destaca de esta manera el flujo constante y desapercibido de las vidas cotidianas y silenciosas. Se establece que lo que realmente define el devenir de la humanidad son los actos de las personas comunes. Así la intrahistoria refleja los valores y las costumbres que mantienen una continuidad cultural y espiritual en el tiempo. Azorín se aleja del progreso y se refugia en Toledo, una ciudad que, al igual que las "ciudades muertas" de Hofmann, permanece al margen de la modernidad y conserva una serie de manifestaciones que resuenan con la humanidad. Toledo representa un lugar en el que la cultura no es efímera, sino profunda y atemporal. Es un espacio que contrasta con el ideal del progreso, con el sacrificio de la felicidad y el bienestar presente en nombre de una supuesta prosperidad futura, una promesa vacía y burguesa. Azorín refleja una importante desconfianza hacia la racionalidad como herramienta para comprender el mundo. Se trata de una característica compartida por las novelas de 1902 que se encuentra también en la filosofía de Schopenhauer. Al igual que en la teoría platónica, Schopenhauer distingue entre una realidad aparente y una realidad abstracta y verdadera: para Platón, esta última es el mundo de las ideas; para Schopenhauer, la Voluntad. Aunque útil para resolver problemas prácticos, la razón es insuficiente para transmitir la complejidad de la auténtica realidad. El dolor, la fuerza con la que la Voluntad quiere expresarse en cada ser u objeto, es el único dato positivo y afirmativo, la única categoría de conocimiento de la existencia metafísica del ser humano. En definitiva, es la conciencia emocional la que permite experimentar el dolor y no las capacidades cognitivas, que se encargan de fabricar una representación subjetiva del mundo. “La Voluntad” surge en una época en la que las mentes más lúcidas consideran que no sé puede saber nada con seguridad: los autores de las novelas de 1902 carecen de referentes y buscan desesperadamente una clave que dé solución al nihilismo epistemológico que padecen. Hay una obsesión teórica que se manifiesta en los fragmentos ensayísticos o diálogos sobre el pensamiento revolucionario que interrumpen la narración y presentan las teorías sociológicas, estéticas y filosóficas a las que recurren los personajes para explicar el mundo. A partir de una serie de propuestas ideológicas, se pretende solucionar la crisis cultural y política en España. Sin embargo, a ninguna de ellas se le ofrece credibilidad alguna. Se trata de un conjunto de fantasmagorías que, al igual que la concepción positivista o científica del mundo, no proporcionan una respuesta a las cuestiones sobre el sentido de la vida y tampoco arreglan las desigualdades sociales que existen. Ante la imposibilidad de una construcción ideológica que permita explicar la realidad o bien la imposibilidad de efectuar un cambio que rompa con la predisposición humana, la resignación de Azorín es un desenlace lógico, natural, coherente y esperable.
En ambas interpretaciones de la novela hay un punto en contacto: la idea del eterno retorno, que además aparece con frecuencia en las novelas de 1902 precisamente porque rompe con la linealidad del tiempo. Se utiliza para hablar de la Voluntad de Schopenhauer, es decir que alude a la existencia humana como resultado de la manifestación, en diversas concreciones, de la Voluntad a través de que, en su forma esencial, todo es lo mismo y, por lo tanto, todo vuelve. En cierta manera, la “Vuelta eterna” también constituye una forma de determinismo, ya que al fin y al cabo no hay lugar para el cambio si todo siempre vuelve. La renuncia de Azorín, en cualquiera de los casos, es la respuesta pesimista a la inutilidad de sus esfuerzos en una realidad inalterable. Sin embargo, al sugerir que la mediocridad humana engulle a Azorín, el enfoque optimista de Martínez Ruiz presenta un diagnóstico crítico del país y proporciona una solución regeneracionista para evitar que gente con gran capacidad renuncie a sus proyectos a causa del contexto desalentador en el que se desarrollan. Según la filosofía de Schopenhauer, en cambio, no hay ninguna solución posible: la vida abocada a la muerte, a la inexistencia y a la nada es un absurdo inevitable y sin remedio.
«El universo es un infinito encadenamiento de causas y concausas; todo es necesario y fatal; nada es primero y espontáneo. Un hombre que compone un maravilloso poema o pinta un soberbio lienzo, es tan autómata como el labriego que alza y deja caer la azada sobre la tierra, o el obrero que da vueltas a la manivela de una máquina... ¡Los átomos son inexorables! Ellos llevan las cosas en combinaciones incomprensibles hacia la Nada; y ellos hacen que esta fuerza misteriosa que Schopenhauer llamaba Voluntad y Forschamer Fantasía, se resuelva en la obra artística del genio o en la infecunda del crimen… Hay una famosa litografía de Daumier que representa el galop final de un baile en la Opera de París; es un caos pintoresco, delirante, frenético de cabezas tocadas con inverosímiles caretas, de piernas que corren, de brazos en violentas actitudes, de máscaras, en fin, que se atropellan, saltan, gesticulan, gritan, bailan en un espasmo postrero de la orgía...Pues bien; el mundo es como este dibujo de Daumier, en que el artista —como Gavarni en los suyos y como más tarde Forain en sus visiones de la Opera— ha sabido hacer revivir el austero y a la vez cómico espíritu de las antiguas Danzas de la Muerte. Desde el punto de vista determinista, todo este tráfago, todo este flujo y reflujo, toda esta movilidad inconsciente de una humanidad inquieta, vienen a ser cómicos en extremo. ¡El mundo es una inmensa litografía de Daumier! […] Lo doloroso es que esta danza durará millares de siglos, millones de siglos, millones de millones de siglos. ¡Será eterna! […] La Vuelta eterna no es más que la continuación indefinida, repetida, de la danza humana... Los átomos, en sus continuas asociaciones, forman mundos y mundos; sus combinaciones son innumerables; pero como los átomos son unos mismos —puesto que nada se crea ni nada se pierde— y como es una misma, uniforme, constante, la fuerza que los mueve, lógicamente ha de llegar —habrá llegado quizás— el momento en que las combinaciones se repitan. Entonces se dará el caso —como ya el maestro Yuste sospechaba— de que este mismo mundo en que vivimos ahora, por ejemplo, vuelva a surgir de nuevo, y con él todos los seres, idénticos, que al presente lo habitan. «Todos los estados que este mundo puede alcanzar —dice Nietzsche—, los ha alcanzado ya, y no solamente una vez, sino un número infinito de veces. Lo mismo sucede con este momento: ha sido ya una vez, muchas veces, y volverá a ser, cada vez que todas las fuerzas estén repartidas exactamente como hoy; y lo mismo acontecerá con el momento que ha engendrado a éste y con el momento al cual ha dado origen. Hombre, toda tu vida, como un reloj de arena, será siempre de nuevo retornada y se deslizará siempre de nuevo —y cada una de estas vidas no estará separada de la otra sino por el gran minuto de tiempo necesario para que todas las condiciones que te han hecho nacer se reproduzcan en el ciclo universal! Y entonces encontrarás otra vez cada dolor y cada alegría, y cada amigo y cada enemigo, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de hierba y cada rayo de sol, y toda la ordenanza de las cosas todas. Ese ciclo del que tú eres un grano, brilla de nuevo. […] Entonces, el universo sería algo infinitamente más hórrido que el infierno católico, y el primer deber del hombre, el más imperioso, consistiría en llegar a todos los placeres por todos los medios, es decir, en ser fuerte… Nietzsche cree que, aun sin la conciencia, es esta la necesidad única. Yo también lo siento de ese modo; solo que la energía es algo que no se puede lograr a voluntad, algo que como la inteligencia, como la belleza, no depende de nosotros el poseerla… Las cosas nos llevan de un lado para otro fatalmente; somos de la manera que el medio conforma nuestro carácter. Acaso, al través del tiempo, las minúsculas reacciones que el individuo puede operar contra el medio, lleguen, aunadas, continuadas, a determinar un tipo de homnre fuerte, pletórico de vida, superior. Pero eso nosotros no lo veremos, no lo sentiremos, y lo que a mí me importa es mi propio yo, que es el Único, como decía Max Stirner, mi propia vida, que esta antes que todas las vidas presentes y futuras…» (pg.278-279-280-281)
Al igual que el resto de las novelas de 1902, “La Voluntad” presenta un componente metaliterario, es decir que también reflexiona sobre la construcción del texto. En consecuencia, incluye referencias a diferentes obras artísticas, bien para intentar traducir literariamente los mecanismos de otros lenguajes artísticos o bien porque contribuyen al significado de la novela. El resultado es un relato fragmentario e híbrido que mezcla diversos géneros y campos artísticos con el objetivo de crear un nuevo lenguaje literario capaz de captar los matices particulares de la realidad. “La Voluntad”, en concreto, es la primera novela de una trilogía que Martínez Ruiz escribe. Azorín, al final de “La Voluntad”, se encuentra en mitad de un duelo para superar la pérdida de los ideales. El texto está dividido en tres partes; la primera y la tercera transcurren en Yecla, la segunda, que se presenta a modo de “diario encontrado”, se compone de los apuntes o del itinerario del protagonista en Madrid. El epílogo está formado por tres cartas que José Martinez Ruiz, autor de la novela, envia a Pio Baroja, autor de "Camino de perfección" y amigo de Azorín. Las cartas le sirven a Martinez Ruiz para introducirse en la ficción y constatar el estado de decaimiento en el que se encuentra Antonio Azorín tras su vuelta a Yecla. El título de la novela no hace referencia a la voluntad de acción, sino al concepto de Voluntad tal y como Schopenhauer la entiende.
Martínez Ruiz reserva (sin quererlo) su genialidad a las últimas cincuenta páginas, y no lo entiendo. Su manera de cerrar la novela es mucho más ingeniosa que el resto de ella, pero tampoco acaba de redimirla.
Durante las partes primera y segunda, Martínez Ruiz se dedica a la descripción (cosa que se le da excepcionalmente bien) y a poner en boca de sus personajes reflexiones suyas (bastante poco fundamentadas) que entorpecen el texto, hacen que pierda la belleza que introducen las descripciones. Es como si quisiera una excusa para volcarse en la novela y no le acabase de salir bien, hasta la tercera parte. Otro motivo por el que no le sale bien es que su personalidad es absolutamente insoportable.
I read La voluntad maybe fifteen years ago, when I was not very well versed in Spanish literature, and am not sure I fully understood it. Was it a novel? If not, what exactly was it?
That said, the experience of reading it, which to my great surprise turned out to be a wonderful one, one of the few such experiences I had in those years (I was in grad school in literature), has remained with me. I post this "review," then, not to review the book, which I couldn't do anyway, but to leave a token of my gratitude to Azorín and to remind myself that I really should return to his work.
Meh. Un libro MUY meh. Entiendo que sea un clásico, sé ver por qué lo es (dejando de lado que es de los primeros libros del autor, si no el primero así importante), pero no es para mí. Los clásicos tienen que ser buenos clásicos, con buen argumento y pocas descripciones. ¿Este libro? Exactamente eso que no busco.
Le doy una estrella porque no hay menos. No ha tenido NADA que me haya gustado.
Es un retrato decimonónico de múltiples percepciones, percepciones venidas todas de un mismo personaje. Azorín, que parece en un comienzo un personaje más de la obra,termina por convertirse en el núcleo narrativo. Desde sus tardes filosofando en Yecla hasta su ajetreada estadía en Madrid, seguida de su retorno y abandono a lo rural, podemos ver la evolución de un joven idealista que pasa a un hombre que tiene el pesimismo por bandera. La España rural como símbolo de escapismo ante la amalgama caótica de la urbe y la mente del hombre de entre siglos, que lucha por encontrar un sentido a una existencia roida por la miseria y lo superficial. Crítica a la política, al periodismo, a los intelectuales, a los reaccionarios, a los restauradores y sobre todo a la nueva España.
Si tengo que sacar un punto negativo, es la descripción meticulosa del paisaje y el entorno, a veces excesiva. Azorin muestra gran maestría en esta, pero eso no quita que por momentos se haga realmente pesada de leer.
Por lo demás, es una obra realmente interesante y reflexiva, y me ha despertado curiosidad por el resto de libros de la saga.
❤️🩹 “La Voluntad en mí está disgregada; soy un imaginativo. Tengo una intuición rapidísima de la obra, pero inmediatamente la reflexión paraliza mi energía. […] Hay algo en mí que me anonada, que me aplasta, que me hace desistir de todo en un hastío abrumador. ¡Soy un hombre de mi tiempo! La inteligencia se ha desarrollado á expensas de la voluntad”
es tremendamente infumable las primeras 100 páginas y luego mejora exponencialmente. tremendo cómo refleja el autoconocimiento del protagonista (desolador ese final) e indispensable para entender la mejor novela de la historia de la literatura (Tiempo de silencio) ❤️🩹❤️🩹❤️🩹
Este es mi libro favorito de los que he leído en la carrera, existencialista, filosófico y fuck bastante absorbente. Me gustó mucho, no sé ahorita hacer reseña de él. Ojalá al rato
Entendo quem não possa gostar, mas sou fanático por essa literatura filosófica, não moralizante, mas filosófica que esses autores finisseculares propõem. Gosto dos diálogos, das referências, dessa dor dilacerante que engrandece qualquer reflexão que se possa fazer sobre a condição humana, que se vê perdida diante da morte de Deus. Azorín é um mestre entre mestres dessa arte desse ser à-procura-de, não somente pela ideia envolta no texto literária, mas também pela estética, a qual acompanha a ideia; quer dizer, não a acompanha, mas a acelera, frenetiza, potencializa.
Azorín é uma grande personagem, mas neste romance temos outros tantos incríveis, como o mestre louco Yuste, a vítima Justina e o seu maquiavélico tio, sem esquecer a própria paisagem, que se converte em uma personagem mais - e sombria - nas mãos do autor espanhol.
No llamaría «novela» a La voluntad, porque apenas tiene una trama, la estructura tampoco es novelesca, ni siquiera cómo retrata al protagonista es propio de lo narrativo (ese álter ego que luego adoptó el autor como pseudónimo es un «personaje» en todos los sentidos). Libro rarito, que anunció una ruptura con las normas de la novela del XIX. Se trata de una lectura lenta, muy lenta, con un lenguaje denso que hay que masticar (a veces llega a ser cansino y repetitivo). El autor se detiene en largas descripciones, en juegos de realidad y ficción, en críticas a la sociedad del momento. No me ha disgustado, pero tampoco creo que lo recuerde con cariño.
Me ha encantado la forma disyuntiva entre la opinión del narrador (el autor) y el protagonista (alter ego del autor), que en esencia es la misma, solo que el protagonista nunca llega a encontrar ansiadad La voluntad. Un retrato de una generación bohemia y su comparativa labriega brutal. Se exponen problemas futuros que estamos sufirendo en nuestro presente. La única pega que le pondría son las descripciones, en general me han dejado algo frío. Viva Murcia.
Libro de portentosa sintaxis descriptiva y rico léxico; sin embargo, como novela presenta una factura no tan atractiva como otras más interesantes de leer.
La novela representa todo el 98: tanto en lo temático (la crisis de fin de siglo, la necesidad de regeneracionismo, la angustia vital, la apatía, la influencia de Schopenhauer...) como en lo estilístico (léxico preciso, descripciones impresionistas, algún que otro deje modernista...).
Se critica la novela por su monotonía, por su falta de desarrollo en la trama, por sus personajes que van y vienen sin hacer nada hasta desaparecer. Pero es que La voluntad no es como una película, sino como un cuadro. Te empieza a gustar cuando entiendes que no hay que buscar un argumento.
(Es tan noventayochista que salen Baroja y el perro de Silvestre Paradox.)
Libro autobiográfico y propio de su tiempo, que reflexiona acerca del existencialismo, la sociedad, el progreso, el éxito y, especialmente ese hastío o falta de voluntad. Una historia donde el escaso hilo argumental se pierde en divagaciones y descripciones varias. Temática interesante pero aburrido resultado.
Obviando la nula trama de esta novela, creo que la puntuación de 5 estrellas está asegurada aunque solo sea por la magistral redacción de ésta. Además, creo yo, que las ideas generacionales reflejadas a través de diálogos de personajes novelescos, aún siendo un recurso más que utilizado, tienen siempre un atractivo extra.
"La voluntad" de Azorín 🌟 ¿Te imaginas una novela que capture esa crisis existencial del "quién soy y qué quiero"? Pues eso hace Azorín. José Martínez Ruiz (aka Azorín) usa un estilo minimalista y súper directo para reflejar la lucha interna de su protagonista. Perfecto para esos días de introspección heavy. 😌
Grandísima obra y hondísima la sensibilidad de Azorín, en especial en lo que se refiere a paisajes y atmósferas circunstanciales. Una obra de harta filosofía que he disfrutado con Yuste y Azorín examinando y meditando Schopenhauer hasta sus últimas consecuencias: el solipsismo cognitivo.
Libro obligatorio de la Universidad. Las reflexiones filosóficas son buenas, pero al ser un ensayo y el hecho de que a los personajes no les pasara nada, me ha parecido aburrido. No obstante, se trata de una cuestión de gustos.
This entire review has been hidden because of spoilers.
Un libro poco entretenido. Pero como documento histórico es valioso. Las descripciones y análisis de Azorin sobre la España manchega deprimen en su realismo y emotividad. Ciertamente un baluarte de la G98 y gran aportación a mi DIS.