Ezequiel es un hombre sin palabras, porque ninguna palabra dispone del impulso y la fuerza suficientes para atravesar ese mundo de silencio donde la vida le ha situado. Su lugar está en una ciudad sin presente y en el bando de los excluidos; los que miran; aquellos que transitan por túneles y pasadizos de la periferia: para los que la lluvia es la única certeza.
A Ezequiel, igual que al protagonista de Un hombre que duerme de Georges Perec, «le queda todo por aprender, todo lo que no se aprende: la soledad, la indiferencia, la paciencia, el silencio».
Esta no parece una ópera prima en absoluto. El autor muestra muy buen pulso narrativo, estando en control de todo lo que ocurre desde el principio hasta el final. No es algo simple para un libro con una trama tan fluctuante y etérea, casi tanto como los estados de ánimo de Ezequiel, su protagonista. También se preocupa Gilaberte de cuidar la escritura capítulo tras capítulo, animando a paladear la lectura y convirtiendo en un placer la tarea de buscar citas. Crítica completa: https://libros-prohibidos.com/adolfo-...