En sus columnas dominicales, Edelberto Torres-Rivas ejerce tanto el periodismo de investigación como el de opinión, dándole a este último una gran altura a partir de pensar cada entrega con lógica de estadista; como una persona creativa, formada e informada, que busca el bien común, asumiendo abiertamente la responsabilidad de sus planteamientos políticos y de sus críticas ideológicas. Ello hace que, aunque como lectores no estemos de acuerdo con algunos de esos planteamientos –en mi caso, por ejemplo, con su mirada sobre la guerra en Guatemala–, la honestidad y la seriedad con que escribe vuelven a sus columnas lectura obligada. No es difícil ver que en tal comportamiento existe una profunda preocupación en torno al ejercicio de la ciudadanía, tan inexistente en nuestro país por estar sometido el reconocimiento de las personas a una serie de prejuicios y exclusiones individuales y colectivas, que merman nuestros derechos políticos, sociales, culturales y de género.
De ahí que esta colaboración periodística, de la que hoy vemos reunida una selección, Edelberto la ha asumido centrándose en los temas de interés que reflejan su percepción de la realidad histórico-social de nuestros países, poniendo atención en las estructuras socioeconómicas, la formación de los Estados nacionales, las relaciones de dependencia de los países subdesarrollados, las crisis políticas, el lastre del militarismo autoritario, la asunción de los procesos de paz, la construcción de la democracia, el papel de los jóvenes y la viabilidad de las izquierdas. En sí, sus temas periodísticos resultan ser un reflejo de las diversas etapas de su vida y formación, y los emite sin temer a la crítica. Provocador, analítico, incisivo en muchos momentos, Edelberto Torres-Rivas se ha convertido en una de las conciencias del país, sobre todo cuando denuncia a quienes apuestan por el olvido, la impunidad y el enriquecimiento ilícito. Ese es el secreto del magisterio que ejerce”.
Al leerlo me encontré con un recorrido de más de diez años de reflexiones que desembocan en un ensayo donde la metáfora de un edificio explica, de manera sencilla ilustrativa pero dura, la forma en que está organizada la sociedad guatemalteca: desigual, racista y profundamente excluyente. Me impresionó la manera en que el autor, con un tono crítico y cercano, logra interpelar a las élites sin dejar de reconocer la fuerza de quienes luchan. No lo sentí solo como una recopilación de textos, sino como un testimonio vivo que mezcla memoria y análisis para ayudarnos a entender las heridas y los desafíos que siguen marcando al país.