Poeta y filósofa española de origen belga (Bruselas, 1951). Doctora en Filosofía y Profesora Titular de Estética y Teoría de las Artes, vivió largas temporadas en Benarés, India, en cuya Universidad se especializó en Filosofía y Religión India. Hasta el año 2000 impartió docencia en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Málaga, donde impulsó los estudios de Filosofía y Estética comparadas. Desde 1998, ha colaborado con críticas de filosofía, estética y pensamiento oriental en los Suplementos Culturales de los principales Diarios de la prensa española y sigue haciéndolo en El País. Es autora de numerosos ensayos, cuadernos y poemarios. Ha traducido y editado a Henri Michaux y colaborado con otras ediciones en la difusión del pensamiento de la India. Ha colaborado con diversos artistas en obras plásticas y escénicas. Con Matar a Platón le fue concedido el Premio Nacional de Poesía (España) 2004, y con «Hilos» recibió el Premio Andalucía de la Crítica y el Premio de la Crítica de poesía castellana 2007.
Aunque no acostumbro a leer poesía, es evidente incluso para un ojo inexperto como el mío que la pluma de Maillard es excelente, honesta y poderosa.
De esta lectura recomendada (muchas gracias, Rika 💗) me llevo muchos pasajes conmigo que revisitaré de vez en cuando para volver a sentirme como lo he hecho al leerlos por primera vez o, si acaso, adquirir una nueva luz gracias a ellos.
este libro me ha parecido una maravilla, fortísima su denuncia social y una voz de verdad que muy bestia, creo que me gusta incluso más que 'Matar a Platón'
Chantal Maillard es ensayista, filósofa y poeta. A buen seguro, en cada una de estas facetas es una de las más grandes de nuestro tiempo. Gracias a Tusquets Editores, nos llega su último libro de poesía; una obra llena de vida en todas sus acepciones. Algo que no debe resultar desconocido para quien conozca la escritura de Maillard.
La autora nos habla del cuerpo, de la luz, del alma, de la valentía y la cobardía con la que el ser humano vive y vibra. Maillard compara al cuerpo con la casa, con el hogar. Nos encontramos ante una especie de oda que, aunque no se declara como tal, podemos llegar a sentirla en esos mismos términos. En sus páginas, la noche llega, la inmensidad del cielo se abre a nosotros y el esplendor de las estrellas nos ilumina sin quererlo, pero no nos engañemos… Es un libro que, además, trata sobre la animalidad, sobre la naturaleza y los seres vivos que en ella habitan. La poesía se inscribe de una manera sutil, pero también directa y dura. A través de ella y del cuerpo, Maillard trata de ofrecernos una conciencia de sí, de lo animal y de lo humano. Nos habla de una anulación del pasado, que indica y nos invita a centrarnos en el presente. El lenguaje propio de la poeta habla del poema, de la vida y de la observación que de ella tenemos.
Sin duda, La herida en la lengua es un libro en el que el lenguaje es el principal protagonista. En él, Maillard se pregunta a sí misma, ¿estamos preparados para la vida? Nos hacemos y la hacemos a través de los hechos y del lenguaje. Hay algo presente a lo largo del libro, una pregunta al yo primigenio, al arquetipo del self, una constante de lo que el humano ha hecho y deshecho. La autora habla de cosas concretas y se convoca a sí misma, así escribe ella. Maillard no se muerde la lengua. Hay una evocación de todo el lenguaje, de sus trampas. El lenguaje y el logos, aquí, nace en la boca. De ahí la importancia del eco para ser, pues somos porque nos reconocemos, o quizás no, en otros. Maillard habla por los muertos de todas las guerras. Habla por ellos y por los vivos. El silencio ha matado al humano. «La lengua inventa expresiones, lugares comunes: «genocidio», «exterminio», «masacre», «desastre» para disimular en el concepto lo que de ella se desborda. La lengua falsea. La lengua miente… (…) También la lengua tirita.»
Este es un libro en el que la metáfora va ascendiendo hasta convertirse en una especie de ensayo sobre la historia y las guerras que ha llevado a cabo el ser humano. Aquí el ser, como bien habría dicho Edith Stein, se vuelve finito y a la vez eterno. Las personas que han vivido, y han sido anuladas, siguen viviendo en la historia y en nuestra memoria. Y Maillard los rescata. Habla por ellos.
El ser humano puede llegar a ser valiente, pero también puede convertirse en un cobarde. Y los cuerpos, nuestros cuerpos y los de los animales, son testigos de ello. Nos hacemos y deshacemos a través de lo que callamos y hablamos. Y Maillard habla. No es cobarde, no calla. Escribe y no se muerde la lengua. La herida es la prueba del lenguaje.
Un libro que remueve por dentro a quien lee los sentidos poemas que lo conforman, una verdadera herida que no recordábamos que habíamos llevado en nuestra piel hasta que la leímos en las páginas de este maravilloso libro de Chantal Maillard.
Maillard escribe "la extraña coincidencia de lo desemejante" para reconocer la herida, encarnarla en su universalidad para que asumamos la fragilidad de lo que somos. Como dijo Derrida, "no hay poema que no se abra como una herida". En este poemario Maillard va más allá de la ruptura del dualismo metafísico, que reventaba al "Matar a Platón", para hacer de la herida una trinchera desde la que (d)enunciar la violencia, el dominio que ejercemos sobre lo que nos es ajeno, el otro: "Entonces algo / en este ser de hueso / cartílagos endebles / y bajo entendimiento / torpemente advierte / en sí / la herida que es de otro / y le arde." De sus mejores poemarios, al menos, uno de los que más escuecen.
Chantal Maillard intenta transmitir un dolor inarticulado, balbucido, imposible de pronunciar. Un dolor propio, sí, puesto que ella misma ha sufrido el dolor de la enfermedad y de la pérdida de su propio hijo, pero también un dolor universal, compartido y muy humano. Incluso, un dolor injusto por clasista en muchas ocasiones, puesto que al final de la obra Maillard hace un alegato para dirigir nuestra mirada a la realidad de muchas vidas que sufren y parecen no merecer más atención que otras que, por motivos siempre interesados, acaban pasando a un primer plano en la actualidad que satura los informativos de Occidente. Occidente, ese gran gigante que dicta qué dolor y qué sufrimiento nos debe importar y cuál es mejor relegar al más absoluto olvido.
Con cada poema nos adentramos a esa fragmentación que es a veces nuestra mente, en la que no conseguimos dar cuenta de lo que sentimos siguiendo un discurso lógico, puesto que el lenguaje se desvela insuficiente, escaso e incapaz de recoger aquello que muchas veces nos desborda. Limitado para expresar el dolor, sí, pero también testimonio de una sensación de fragilidad, vulnerabilidad e insignificancia. Me atrevo a decir que, al leer esta obra, el lector se vuelve más consciente de la incapacidad propia y del mismo lenguaje para expresar todo lo que habita en su interior y que ese «volverse consciente» de su pequeñez le invita a la reflexión y a abrazar esa incoherencia inherente del ser humano.
Por otro lado, me ha encantado descubrir cómo Maillard compone sus poemas de modo que lo que transmiten queda también dibujado sobre el papel. Los versos se quiebran, se desplazan sobre la página, de deslizan. Se entretejen ideas que van y vienen, que marcan digresiones sin un aparente sentido para luego regresar al punto inicial y acabar dejando en una suerte de suspenso el verso final, como la propia mente, que viaja de un pensamiento a otro sin una lógica racional. Sin un orden claro, sino entregada al caos, a una «ilógica lógica».