Pennac ensayista es una cosa, Pennac novelista es otra, pero Pennac en modo Malaussène es un estilo, una voz. Impacta la manera en que el autor logra ser fiel a lo que fue tiempo atrás, cuando escribió la primera saga de la Tribu Malaussène, y en esta nueva entrega parece haber recogido una posta dejada veinte años atrás. La caótica narrativa, la confusa polifonía, las pausas poéticas, las licencias del escritor a través de reflexiones sarcásticas, el absurdo lógico... todo ello vuelve en el primer título de una trilogía (aún no asegurada en su continuación) que, a pesar del espacio-tiempo actual en que se desarrolla, no rehúsa a la atmósfera anacrónica que creó Pennac para la saga inicial. Tal vez algunos personajes no sobreviven bien a su inevitable proceso de crecimiento, pero la narrativa de Pennac se acomoda a la perfección al advenimiento tecnológico, la masificación de la estupidez que traen de regalo las redes sociales y otros cambios que ha traído el nuevo Siglo.
Hay elementos geniales como la aparición de Julius, el perro, como símbolo absoluto de lo inmutable. Otra joya que deja el autor, casi sin querer, es una reflexión sobre la premura de la juventud por condenar, la inmediatez de la información y la obsesión por cerrar temas, más allá de lo que es real. Lo que hace Pennac con la referencia ficcional a sus obras pasadas, sumado a los metatextos que componen esta entrega, es una maravilla en cuanto a la circularidad narrativa, a la contraposición de mundos.
Es entendible que lo de Pennac con Malaussène se vea como una fórmula repetida que le ha traído éxito (a la larga de eso se trata el Pop), pero mantener esa fórmula con la calidad, la irreverencia, el riesgo y la fluidez con que Pennac lo logra, me parece a mí que logra convertirse es en un estilo, en una voz propia.