La famosa teología del cuerpo de Juan Pablo II, que ocupó un pilar esencial en su pontificado, se puede estudiar principalmente en estas catequesis realizadas a lo largo de seis años y que tratan de definir cual es el rol del cuerpo humano en la creación y en la relación interpersonal. El lenguaje es la comunicación de un mensaje de un emisor a un receptor. Ese mensaje transmite un contenido de significado (conceptos o ideas) mediante una expresión simbólica (mediante un vehículo significante, esto es, términos) descifrable por ambos sujetos de la comunicación. En estas catequesis Juan Pablo II trata de descifrar cual es la verdad del lenguaje del cuerpo y como el hombre caído se comunica en la verdad o a través de la mentira con su cuerpo. Las catequesis abarcan un amplio abanico de temas que versan desde la creación, la desnudez originaria, la imagen de Dios en el cuerpo, las propias relaciones sexuales, el pecado original, el pudor, la vergüenza, la relación hombre-mujer en el matrimonio, el arte, el celibato, la pornografía, el fin de los tiempos, la resurrección de los cuerpos, la subjetivad humana antes y después de la caída, el significado que damos a nuestros cuerpos, el que le dan los demás y como lo intuimos por nuestra propia interioridad y un montón de temas más de los cuales aquí solo quiero reseñar lo que considero lo más esencial.
Una buena parte de la filosofía y teología de Juan Pablo II se caracteriza por una preocupación absoluta por la defensa de la ética sexual cristiana que pasa por una visión muy positiva del cuerpo humano y la sexualidad. Tradicionalmente se ha entendido que la imagen de Dios en el hombre se reflejaba principalmente por su lado espiritual, esto es, por su Razón y Voluntad. El ser humano está solo en el mundo en cuanto a su diferencia esencial con el resto de todos los seres vivos a través de justamente esos principios de su naturaleza. En eso consiste la soledad originaria que señala Adán a Dios en el Génesis: Se encuentra solo en este mundo y por ello no es capaz de conocerse. Es necesario la creación de una ayuda semejante a él, que proceda de su misma carne, que le permita entender de esta manera a través del cuerpo de su compañera su propia vocación y sentido existencial. Con la creación de Eva nace la primera comunidad humana y Adán comprende el significado de su cuerpo a través del de Eva y viceversa, dando sentido a sus deseos de entrega y recíprocidad solo en cuanto es insertado en esta primera comunidad esencial de dos.
Y es aquí donde se esclarece la otra forma en la que es imagen de Dios el ser humano. Dios, que es Uno y Trino, ha querido donarse a su criatura haciéndole participe no solo de su libre voluntad e inteligencia, si no también de su misma vida interior. El ser humano en su dualismo sexual en el hombre y la mujer es conformados a Dios mismo en su unidad en la trinidad de personas. Génesis (1:27): "Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó." Esta triple repetición enfatiza que ese dualismo es imagen de la Trinidad. La intrínseca e idéntica dignidad del hombre y la mujer procede exactamente de que, al igual que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno en su esencia y en el amor así lo son el hombre y la mujer en su diferencia sexual, en su subjetividad y objetividad. Y de la misma manera que la Comunidad Divina es una por y en el Amor, la comunidad humana y las relaciones entre el hombre y la mujer para conformar una comunión (común-unión) deben estar enraizadas en la caridad y el amor paciente y misericordioso para así divinizarse, que es a lo que están llamadas, y no únicamente en el matrimonio sino en toda la sociedad. Tan imagen es el cuerpo humano de Dios que, al igual que de la procesión de Amor de las tres Personas divinas surgió la creación, a través del lenguaje de amor de los esposos mediado por el cuerpo Dios continúa actualizando su creación mediante la cooperación del hombre y la mujer.
El diformismo sexual y el como están conformados nuestros cuerpos indica y explicita que nuestra vocación primaria y fundamental es el Don por entero al otro. Cuando el hombre y la mujer se hacen una sola carne se están entregando a traves de lo que es otra imagen evidente de la unidad de la trinidad, porque ejemplifica y expone que solo en la entrega y en el don de uno mismo está la respuesta los deseos más internos y la propia estructura de nuestro cuerpo. O en resumidas cuentas, el cuerpo humano tiene un instrínseco carácter esponsal que no es si no que solo en la libertad del don halla la plenitud y la verdad. Estamos llamados a la caridad en toda la integralidad de nuestra persona, en nuestro cuerpo y alma, estamos llamados a divinizarnos por el camino del Amor.
El lenguaje del cuerpo de esta manera, como el lenguaje oral y escrito, puede ser verdadero o falso en función de si concuerda con sus principios. El cuerpo humano habla en la verdad siempre que con sus actos refleje este carácter esponsal o de donación en las relaciones interpersonales. De lo contrario se haya en la mentira y en la no realización de su verdad más esencial.
Este carácter esponsal, de la libertad del don de nuestro cuerpo, queda reflejado en los primeros capítulos del Génesis antes de la caída en la desnudez e inocencia originaria. Adán y Eva, desnudos, no sentían vergüenza porque leían el cuerpo del otro en la verdad del Don. El cuerpo de Eva refleja que la verdad de su existencia consiste en el amar, y el cuerpo de Adán es leído de la misma manera por su compañera. No hay nada que esconder, porque no hay ningún peligro ni ninguna mentira en sus cuerpos. En esto reside la comunicación en la verdad. La verdad de nuestros cuerpos.
El cuerpo humano leído en la verdad es un signo de comunión y reflejo del amor divino que no debería ser ocultado. Pero nosotros no somos capaces de leer nuestros cuerpos de esa manera, porque caímos y en la caída todas nuestras potencias del alma cayeron y se desordenaron y con ello la compresión de nuestro propio cuerpo y el de los demás. Con ello todo el significado del cuerpo que Adán y Eva tenían aprehendido de forma natural y que remitía al Dios trinitario se perdió y, como narra el relato del Génesis, apareció la vergüenza y el pudor por nuestros cuerpos y los ajenos.
La vergüenza y el pudor son los remanentes que nos quedan de esa caída. Son el signo y reflejo de que queremos protegernos de la lectura torcida que hacemos nosotros del cuerpo de los demás. Aprehendiendo que en nuestro corazón surgen deseos de posesión y de uso de los demás y de reducción de su dignidad a puro objeto nosotros mismos nos protegemos de esa visión de los otros respecto a nuestro cuerpo. Pero esto no es únicamente negativo. Es un reflejo de que, a su vez, queremos amar y ser amados como sabemos que, en el fondo, es la forma correcta de constituir una relación humana y una comunidad de amor. Desde la entrega desinteresada y total y el don propio, y no desde el uso.
Desde que nacemos, y hasta nuestra muerte, tenemos que luchar por releer los cuerpos no desde el egoísmo y el deseo de usarlos como medio para muestra satisfacción, sino como vehículos para el don recíproco. Leerlo desde la perspectiva del Don, que remite a la misma vida interior de la Santisima Trinidad, que es la Verdad.