Este libro es, por lejos, de lo mejor que leí este año. Un libro que literal/literariamente se caga (poéticamente, digamos, por supuesto) en un montón de reglas preestablecidas de la narrativa contemporánea argentina y bonaerense. Una bomba que detona en mil pedazos las cadenas pesadas del progresismo, la moral y las buenas costumbres modositas de la literatura. Que no tiene nada que ver con eso que llaman ''debut literario'' ni merece la piedad de (nadie) ''una primera novela'', ''que para ser primera novela está bien''. Deslinde no está bien, está mal. Jodidamente mal.
Un paseo alucinante por una historia contada con un lenguaje exquisito, cuidado, perfeccionista, estético, desbordante como la negra rubia de Cabezón Cámara. Una historia de amor construida sobre un centro vacío, una telaraña colgando en un rincón de un galpón vacío (como toda historia de amor). Deslinde también es una historia de amor. Sobre todo, es una historia de amor. Magia pura, magia negra. Humo que intoxica. Ciudad bombardeada. Para entrar a Deslinde hay que hacerlo paseando como por un museo, para salir de Deslinde hay que escapar del derrumbe.