Cientos de miles de personas pensaron que la muerte de Catalina en Sin tetas no hay paraíso era el final de aquella tragedia del tamaño de un país, pero con esta novela la historia sigue adelante gracias a un nuevo personaje: Catalina la pequeña. Conocemos a la chica apenas en sus trece años, hija de Hilda y Albeiro, es decir, la madre y el exnovio de la protagonista asesinada en la primera parte. Rodeada por las tentaciones del dinero fácil, por la silicona y por la envidia como el mayor impulso de superación, Catalina decide alejarse del rastro de su hermana hasta que un narcotraficante la obliga a conocer el infierno. Gustavo Bolívar decidió alargar la vida de su universo incomodo, lleno de capos, prostitutas y violencia, para recordarnos que elegir simplemente elegir es un sueño lejano para miles de mujeres que buscan redención.
Siendo una segunda parte y escrita tras varios años ves la evolución de la pluma del autor.
Muchos conocen esta historia por su novela, yo no sabía de la existencia de su continuación, pero como su primera parte es ligera su lectura, y como mencioné hay un gran cambio de narrativa para su bien. La historia fluyó mucho mejor, y a su vez sentías más fuerte las emociones.
La realidad del libro, la realidad de la mujer es algo que se ignora por lo incómodo, lo cuestionable. La tristeza que encontré en Catalina, y la maldad en los que le rodeaban, la decepción, el nacer sin un futuro conciso gracias a todo lo que sucede, es algo que comprende un latinoamericano.
Me dejo con más preguntas que respuestas, pero fue una lectura entretenida, además de poder observar como ha tratado la vida a ciertos personajes antiguos.