¿Cómo escribir sobre la memoria cuando quien la representa la ha perdido? «La paciencia de los árboles» es un libro durísimo —honesto, implacable— sobre el alzhéimer: un libro acerca de los estragos en quienes lo padecen, pero también acerca del dolor de quienes les rodean. La memoria la piensan los poemas de María Sotomayor, pero también los cuidados —y a las mujeres que los atienden—, el cuerpo como prueba del tiempo, la dignidad y la resistencia. [Reedición corregida y aumentada. Contiene un bloque de cierre con poemas nuevos]
"la paciencia de los árboles" is delicated, but strong. it's about time, changes and women and love all the way through. it is made by a beauty never expected to habit such hard parts of ourselves, of maría's relatives. and she doesn't hide them: she transform the into the true gema they are, including herself. this is the kind of book that embraces you and fills you.
Leer poesía es una de las cosas más íntimas que podemos hacer. Es pasar un rato a solas con nosotras mismas, una revisión de lo que nos provocan y evocan los versos, un ejercicio para mirar hacía nuestro interior. También es coger esas líneas y hacerlas tuyas. Llevarlas a momentos cotidianos de nuestros días o a los excepcionales.
María Sotomayor nos habla sobre el olvido, el Alzheimer que imparable borra parcelas de la memoria, pero también versa sobre la vejez, los cuidados, el dolor, la ausencia y el cuerpo “como prueba del tiempo, la dignidad y la resistencia”. Es por eso que quizá resulte un poemario duro pero bello a la vez. A mi no me gusta no salir “tocada” de un poemario. Necesito que me llegue, no que me hunda, pero si que me escueza para entender que hay un poco de mi ahí, o de lo que me rodea. Que me sirva para ampliar imaginario.
He leído este poemario fascinada y la vez pensando que no estaba comprendiendo todo lo que iba leyendo. Pero al llegar al final, ha sido Luna Miguel en el epílogo, quién ha puesto palabras a lo que ocurría:
[…]¿Cómo va a servir la poesía para descifrar el mundo, si apenas comprendo lo que María narra? Cuidado, que la incomprensión aquí es la ventaja. La intuición, entonces, se convierte en la mejor arma de una poeta que deja al lector conocer fragmentos de su vida, de la vida de su familia o de la vida de sus recuerdos. No sabemos quiénes son esas personas de las que habla o a las que se dirige, pero estamos seguros de que en algún momento nos convertiremos en ellos. Sugerir. Engañar. Gritar[…]
Dicho todo esto, solo puedo añadir una vez más que estoy encantada y agradecida de haber descubierto a María Sotomayor con este poemario y que sin duda quiero leer más de ella. Ha sido un placer.
Versos sobre la memoria de quien acompaña a quien empieza a olvidar. Hay una tristeza que recorre el poemario: la de las de mujeres que se cuidan unas a otras hasta el final. Acostumbrado a cantos sobre los recuerdos y la juventud, este libro sobre el olvido y la vejez me ha desconcertado y deslumbrado a partes iguales. Es poesía que no te eleva, sino que te sujeta a la tierra cada vez que miras al cielo. Un abrazo que nos refugia de la desesperación. La sensibilidad y el lirismo que muestra Sotomayor en su escritura no adorna el luctuoso ocaso del alzhéimer sino que lo hace tangible; y pese a no sea nada fácil hacer equilibrios en esa coyuntura, la poeta sale indemne. Dice Luna Miguel que Sotomayor escribe como quien venda a un enfermo y que las confesiones de Sotomayor hacen cómplices a todos sus lectores. ¿Para qué añadir más palabras cuando ya está todo tan bien dicho?
Reeditado de nuevo por La Bella Varsovia, con un epílogo de Luna Miguel y nuevos poemas de María Sotomayor, La paciencia de los árboles se consolida como uno de esos libros imprescindibles dentro de la poesía española. Si ya María aborda un mundo interior lleno de sensibilidad, de amor por lo ínfimo, la belleza y lo natural, La paciencia de los árboles se convierte en el centro de aquello a lo que María vuelve una y otra vez: lo perdido pero a la vez encontrado, lo que se esfumó pero que a la vez volvió.
Como dice la dramaturga Paloma Pedrero, hay que convertir el dolor en belleza y pareciera que María lo consigue. Ella aborda el Alzheimer que su abuela padeció. Aborda lo que su madre y ella cuidaron. Aborda lo que, en su extremo y radicalidad, significa el verbo cuidar. Cuidar es amar. Amar lo delicado, lo frágil y lo que es por sí mismo, pero también aquello que a la vez es fuerte y nos hace fuertes.
Es curioso cómo un libro que describe en modo poético, a modo de homenaje a su abuela, lo que es el Alzheimer, aquí se convierte en recuerdo. Un recuerdo que la autora lleva consigo y que por mucho que se esfuerce la vida en ser lo contrario, nunca olvidará. Y nosotros tampoco, pues se halla reflejado, en palabras bellas y metáforas delicadas a las que volveremos una y otra vez.
Los recuerdos son parte de nuestro ser, lo que fuimos, pero también, de algún modo, son lo que hacen que seamos como somos. La poética de Sotomayor se hace así una poética de él, del recuerdo y del ser. La autora ramifica los sentimientos, las emociones, haciendo así un bosque al que alude constantemente. Un bosque que se nos muestra a ratos hojado y a ratos deshojado, pues el dolor se cuela haciendo que las hojas y las flores caigan en nuestro interior, en nuestro fondo, ese en el que no nos atrevemos a entrar por el terrible miedo al sufrimiento que podríamos llevar.
Con La Paciencia de los árboles aprendemos y tomamos en consecuencia el verbo amar. Somos partícipes de lo que María, su abuela y su madre vivieron. Participamos de aquellas historias que Magdalena Buenosvinos perdió pero que, de algún modo etéreo, intangible, la autora lleva consigo. María Sotomayor utiliza lo físico para hablar del fondo. Un fondo abismal al que sólo nos atrevemos a mirar con ella de la mano. A mirar acompañándola. A mirar con detalle lo que la amplitud del recuerdo de la vida, de los detalles que vemos y tocamos, nos dejan a su paso.
Leer La paciencia de los árboles es leer lo profundamente humano. Es leer lo que nos hace sentir y emocionarnos. Es leer la vida que fue, la que es y la que será. Hacer de una enfermedad lo que María Sotomayor ha hecho aquí es traspasar el umbral de la trascendencia humana. Ha sabido poner en palabras lo que conocemos como aprendizaje de una manera sutil y profunda, pero a la vez bellísima y humilde.
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Es cierto que la soledad es siempre lo que sujetamos en el último recuerdo.
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[…] Que el árbol tiene nombre de árbol piernecitas frías y la muerte por delante es una increíble paciencia antigua en nuestro sentir de árboles míos míos no.