En este libro, René Girard expone su teoría del deseo mimético y desarrolla sus implicaciones para el establecimiento de la cultura, la interpretación de los textos judeo-cristianos y las relaciones interindividuales. El planteamiento es sugerente y el libro contiene muchas ideas interesantes. Sin embargo, las evidencias y los razonamientos aportados son demasiado limitados como para aceptar las pretensiones científicas del texto.
En la primera parte del libro se expone la idea básica del deso mimético y sus implicaciones para el establecimiento de la cultura. El deseo mimético consiste en desear algo porque otro lo desea, no por el objeto en sí. Según Girard, el deseo mimético lleva al conflicto creciente; la única forma de acabar con este conflicto es focalizarlo en torno a una víctima particular (al ser el conflicto mimético en ultima instancia arbitrario, esta transferencia es posible), el chivo expiatorio. Esta víctima emisaria se considera tanto culpable del conflicto como generadora de la armonía final, de modo que se sacraliza. Este es el origen de la religión y de la cultura. En una segunda etapa se crean prohibiciones, que impedirían el conflicto, y ritos, que reproducen el proceso de forma atenuada para lograr la reconciliación final. Para justificar la validez de su teoría Girard apela principalmente a la mitología y los ritos de diversas culturas que, según él, siempre (o casi siempre, el texto no es consistente en este punto) contienen de manera explícita o figurada una expulsión o linchamiento, que evocaría el linchamiento real existente en la base de toda cultura.
La exposición, aunque sugerente, no es satisfactoria ya que no hay si quiera un intento de análisis sistemático de ritos y mitologías de diversas culturas. En lugar de ello, se nos presentan algunos ejemplos concretos que parecen estar en línea con los planteamientos del autor (con más o menos contorsiones interpretativas), pero en ningún caso son suficientes para establecer la universalidad del principio planteado. Una línea de investigación que podría tener cierta utilidad apoyar o refutar la teoría, consistiría en examinar los ritos y mitología de culturas con distinto grado de evolución cultural, y examinar si las mas primitivas presentan más claramente los motivos de linchamiento propuestos (ya que se plantea que en origen los ritos y mitología se refieren claramente al linchamiento originario que creó la cultura, pero con el tiempo se van volviendo más simbólicos y complejos). Por otro lado, se afirma que todo deseo es mimético y (al menos implícitamente) que todo conflicto lo es; ambas afirmaciones parecen excesivas y no se aporta ninguna evidencia sustancial para establecerlas. Otras tesis como que el tratamiento de los muertos, la caza o la prohibición del incesto tengan su origen en la relación con la víctima emisaria parecen altamente especulativas, y es fácil proponer explicaciones más sencillas.
En la segunda parte del libro, se interpreta la Biblia dando una importancia central a la idea del chivo expiatorio. Se plantea que en el Antiguo Testamento se desautorizan progresivamente los sacrificios, y finalmente en el Nuevo Testamento se revela claramente el mecanismo victimario, haciéndolo caer sobre la víctima más inocente, Jesucristo. El Sermón del Reino de Jesucristo se interpreta como la presentación de dos opciones: o bien la humanidad renuncia a la violencia (incluyendo el mecanismo victimario) y se alcanza la armonía mediante el amor, o bien se persiste en la violencia y se llegará a un apocalipsis, entendido como crisis generalizada producida por la rivalidad mimética. Sin embargo, el cristianismo se entiende equivocadamente, dándosele una interpretación sacrificial, y fundándose así una cultura similar a las tradicionales. Este cristianismo sacrificial, sin embargo, prepara a la humanidad para poder entender el verdadero mensaje. Una vez ha llegado a todo el mundo, se puede entender el mensaje real. La situación actual de posible destrucción mundial (derivada de las armas nucleares, por las que había una preocupación particular en los 70, cuando se escribió el libro) se corresponde con el apocalipsis; o bien renunciamos a la violencia o perecemos, lo que muestra la verdad del evangelio y de esta interpretación. Jesucristo se presenta como la única persona que renuncia por completo a la violencia, lo cual es necesario para que sea el ejemplo para la futura vida pacífica de la humanidad y para que su muerte revele claramente la problemática del mecanismo victimario. De este modo, la pasión se considera la única forma de revelar el mecanismo victimario.
Todas estas afirmaciones resultan muy problemáticas. Por un lado, si la situación de posible destrucción nuclear del mundo demuestra la veracidad del evangelio, ¿demuestra entonces también la veracidad de todas las profecías apocalípticas? Se afirma que Jesucristo es la única persona que renuncia completamente a la violencia, lo que se considera central para la interpretación, pero se ignora completamente la expulsión de los mercaderes del templo, donde Jesucristo actúa violentamente (y que aparece en los cuatro evangelios); también parece ignorarse que otras figuras no cristianas también han renunciado a la violencia, como Buda, la tradición Jainista, o más recientemente Ghandi. También resulta difícil aceptar que la Pasión es la única forma de revelar el mecanismo victimario, cuando en la práctica nadie parece ver esa idea en los evangelios, y sin embargo sí es perfectamente comprensible cuando se explica prosaicamente (ante esto, Girard probablemente contestaría que una explicación prosaica del mecanismo victimario es inteligible actualmente únicamente por la influencia de la cultura judeocristiana; pero esto podría ser examinado, ¿no hay culturas o grupos que hayan entendido el mecanismo sin la influencia judeo-cristiana? Este tipo de análisis serían necesarios para empezar a establecer la tesis que Girard propone).
En la tercera parte del libro se argumenta que el deseo mimético explica mucho mejor el masoquismo, las relaciones triangulares y el narcisismo que la teoría Freudiana. Sin embargo, si, tal como se sostiene, todo el deseo es mimético, estas situaciones deberían ser mucho más comunes, y no darse de manera excepcional como sucede en la realidad. Girard analiza, además de textos freuidanos, obras literarias de Proust y Dostoyevsky.
En definitiva, el libro plantea varias ideas que resultan interesantes y potencialmente fecundas, pero en ningún caso alcanza a cumplir el extremadamente ambicioso objetivo que se marca, que no es menos que establecer científicamente una nueva base para la antropología y la psicología y demostrar la verdad del texto evangélico.