Con Armantrout me pasa algo muy parecido que con Carson y Negroni, su capacidad para desarrollar un hilo narrativo poético me apabulla y me fascina al mismo tiempo. Pero en este libro sentí un golpe mucho más claro que en su antología Recurrencias: la dirección del poema, el sitio en el que uno cree que parte o hacia el que uno supone que va, no existe como tal. Hay una ausencia de certezas. Una suerte de perforación subterránea va minando, de un renglón a otro, nuestra construcción del sentido.No hay, como dice en el prólogo Daniel Freidenberg, garantía de coherencia, entendida como algo dispuesto, encasillado, sólido, inmóvil, unidireccional. Bien dice la propia Rae: "en mis poemas me gusta virar de repente, como si escapara de algo, y también me gustan las paradas repentinas, permanecer al borde del acantilado". Eso creo que es justo lo que logra en Necromancia, llevarnos por rutas y trazos que giran y tuercen y regresan y ser marchan para luego detenerse en el borde, en el filo, en el casi silencio. Sus poemas parecen estar vivos, respirar, equivocarse, titubear. Sus poemas parecen tener una vida inestable, una vida que no sabe a dónde va. Ninguna verdad trascendente o universal nos será revelada en ellos, afirma Freindenberg. Estamos pues ante una poesía de los pequeños acontecimientos, apunto al margen.