3,5. En Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza demuestra que hay algo más poderoso que la fe en la Biblia: la calidad literaria. Al tratarse de una colección de literatura antigua, hay para todos los gustos; los sentenciosos encontrarán la sabiduría arcana del Eclesiastés; los apasionados, un torrente de emociones en el Cantar de los cantares; los que, como yo, son fans de las epopeyas, el Éxodo, donde los israelitas se pierden por el desierto cuarenta años y los religiosos siguen teniendo los cuatro Evangelios, donde se da cuenta de la vida y milagros de Jesús de Nazaret. Tiene razón Mendoza cuando dice que es el libro más ilustrable del mundo y, añado yo, el más ilustrado. La potencia de las imágenes anima al arte. Me puse a pensar y ese es el hallazgo bíblico: que cada uno, independientemente de sus sentimientos religiosos, puede encontrar algo en lo que identificarse: ya sea Lavinia Fontana con Judit y Holofernes como venganza ante sus agresores, Passolini y su Evangelio según san Mateo, la versión más bien burlesca de la Última Cena de Buñuel en Viridiana o, en el campo contrario, Samuel Flores con su Sagrada Familia (1857), donde quiere plasmar los valores conservadores ante un México que buscaba su propia modernidad.
Y la lista sería infinita si quisiéramos: Rembrandt, Tiziano, el monumental trabajo de Chagall sobre el Antiguo Testamento, donde mezcla elementos modernos o incluso proféticos de episodios posteriores (en el lienzo El Rey David, de 1951, vemos un libro del que brota Betsabé, la amada de David, dando el pecho al futuro rey Salomón, el amado de Dios como recuerda la propia Biblia). Ante la enormidad de la Literatura, de la cultura surgida de un solo libro, de una asignatura conocida como Historia Sagrada, donde no se sabía muy bien qué se daba o por qué, donde las fuentes israelitas del cristianismo se pasaban un poco por encima, y donde algunos episodios principales, por su violencia, como la traición de Absalón hacia su padre David, o convenientemente olvidados como Elías y los profetas de Baal, se daban sin orden ni concierto. Misterios del cuarentañismo. Pero al final ante tanta enormidad, como dice el Salmo 45, "rebosa mi corazón palabra buena". Al final, con la mala baba propia de Mendoza, es una exploración amena de la cultura hebraica que creó Europa, al alimón con Roma y Atenas, trata de explicar por qué le gusta la Biblia y, de paso, nos recuerda que siempre hay algo rescatable en esa colección que tanto sufrimiento ha causado.
Recordemos las palabras del libro de Isaías: "Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas noticias, del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias" (52:7).