Ocho relatos juegan con fuego, pero su visión postapocalíptica tiene miedo a quemarse.
Aunque descrito en algunos medios como una novela, "Quema" es en realidad una colección de cuentos interconectados en un mismo universo. Uno o varios sucesos han cambiado al mundo, el orden natural de la sociedad ha cambiado, en algunos espacios andan criaturas que antes fueron humanos llamados "rezadores", y los humanos buscan sobrevivir al hambre y a sí mismos. Cada cuento es narrado de forma ágil y precisa, con un ritmo que nunca se pierda y que logra una lectura rápida y amena.
Sin embargo, desde el primer relato asoma el problema principal del libro: un total vacío de algún elemento que le dé originalidad. Si bien los relatos son entretenidos para pasar un rato, es imposible no darse cuenta que ya hemos visto estas historias relatadas antes y con mucha más personalidad. La pareja que decide dejarse morir, el hijo que añora al padre perdido en la supervivencia, el antihéroe que simpatiza con un niño, la persona que no encuentra cómo matar algo sin perder su humanidad, son todos fórmulas genéricas y comunes en la ficción postapocalíptica, algunas incluso consideradas clichés que se tratan de evitar.
Por otro lado, el apocalipsis está sumamente desdibujado y difuso, se sabe que hubo una Demolición (solo eso), muertes, que no hay gobierno o está ausente, que hay hambre, que algo dio paso a la existencia de los "rezadores"(una especie de zombies, también poco definidos) y que en algunos de los relatos ha pasado suficiente tiempo como para que hayan nacido niños que no conocieron el mundo como era antes. La vaguedad de detalles "para que el lector lo imagine" es una salida fácil que ha menudo toman muchos autores, otros caen en la misma trampa para intentar ofrecer retratos más intimistas. Quiero pensar que la autora lo hizo por la segunda opción. El problema con esto es que, mientras que en el cine de bajo presupuesto conviene usar las limitaciones para hacer un retrato intimista que no necesite de grandes efectos visuales, acá estamos hablando de un libro, donde el papel aguanta todo lo que se le escriba y no hay límite presupuestario para crear un mundo que se sienta real por fantástico que sea, sin que se comprometa lo íntimo y humano.
Así acabamos con un libro que es ameno y está bien redactado, pero que carece de un elemento que lo haga original, fresco, con personalidad. Ese elemento está ausente en sus historias genéricas, finales abiertos que intentan ser inteligentes, pero que en realidad no subvierten lo genérico que les precede ni se toman el riesgo de sorprendernos, personajes planos y apáticos, un worldbuilding vago y una decidida no definición del lugar donde ocurren los hechos. ¿Cómo este libro pudo haber sido salvable? Con finales que trajeran giros inesperados a fórmulas que conocemos, con personajes complejos que susciten emociones en el lector, con un apocalipsis distinto a lo que hemos visto antes o con estos elementos puestos en una ambientación específica cuya cultura y geografía determinen el curso de las historias.
En un género tan saturado como el postapocalíptico, en el que los autores cada día van buscando cómo hacerlo sentir fresco, es necesario mantener el paso y la ruta de crear una historia génerica que le pueda suceder a cualquiera en cualquier lugar rara vez funciona. Es una pena porque con lo escaso del material, "Quema" hace un buen esfuerzo en términos de técnica narrativa y las conexiones entre los cuentos demuestran una planificación ingeniosa. Con un poco más de esfuerzo en los detalles, más desarrollo de personajes y más riesgos en términos de historia, un próximo libro de la autora podría ser un rotundo éxito. La técnica narrativa ya está ahí, falta darle carne, hueso y sangre.