Necesito ayuda. Esto no es un ejercicio retórico, no es lanzar un brindis al sol con el que dar fuerza a mis argumentos. Estos argumentos, de hecho, apenas tienen fuerza, pues estoy confuso, y esta confusión es genuina, para nada fingida ¿Qué tiene la narrativa breve de Mariana Enríquez de sorprendente, de revolucionario, de llamativo, de terrorífico?
He leído estos doce "cuentos" y no he encontrado ninguno al que se le pueda aplicar cualquiera de los cuatro adjetivos anteriores. No he encontrado nada que mereciera, siquiera, el poco tiempo que he tardado en leerlos, y si esta valoración es de dos estrellas y no de una como iba a ser al principio es por los dos últimos relatos, por ser los únicos que daban la impresión de estar acabado.
Porque ese, y no otro, es el problema que he tenido con diez de los doce cuentos de Mariana Enríquez: que no son cuentos. No me las voy a dar de entendido en literatura ni paladín defensor de la lengua castellana; no tengo currículo, ni formación ni capacidad para definir qué hace que un cuento sea un cuento. Solo tengo como aval mi experiencia como lector asiduo de narrativa breve. Nada más. Cuando uno piensa en un cuento piensa en una historia; independientemente de lo experimental que esta sea y los recursos con que este construida, un cuento por lo general sigue una estructura en tres actos: principio, nudo, desenlace. Pero en estos diez relatos no, y no por afán vanguardista, sino porque parecen cuentos inconclusos, anécdotas siniestras apenas desarrolladas que quedan en agua de borrajas, sin una resolución ni un cierre propiamente dicho. Y no digo que el final sea abierto, no: digo que no hay final, tan solo una interrupción abrupta de la historia.
Por ejemplo, en La hostería, cuando el clímax terrorífico llega y se soluciona -con muy poca gracia, he de decir-, el relato se detiene con una conversación salida de la nada sobre algo que, si bien se insinuaba a lo largo del relato, en ningún momento condicionaba la trama ¿Es acaso esto un intento de seguir los principios cuentísticas de Piglia, esos que dicen que un relato debe contar dos historias, una explicita y otra implícita? Si es así, insisto, falta desarrollo, pues ninguna de las historias llega a completarse satisfactoriamente. En otro relato, Pablito clavo un clavito, ocurre lo mismo: dos historias, la explicita, un tour del terror por el Buenos Aires criminal; la implícita, un matrimonio que se malogra por el nacimiento del primogénito. Premisas ambas muy interesantes, prometedoras, pero que tampoco confluyen ni se resuelven: las historias, simplemente, se interrumpen. Repito e insisto. Ninguna de estas historias parecen cerrarse, solo se detienen abruptamente, como si la anécdota no diera para más.
En cambio, en los dos últimos relatos, El patio del vecino y Bajo el agua negra si parecen cuentos cerrados, y cuentos, además, de buena calidad. Los dos únicos de la colección que he disfrutado, lo cual es un logro dada mi aversión a los pastiches lovecraftianos. Son cuentos bien resueltos, con imágenes impactantes, buenos cuentos de terror; evidencias sólidas de la solvencia como narradora que tantos predican y que ha convertido a Enríquez en una de las voces contemporáneas del terror en español. Pero, ¿y el resto? ¿Qué tienen el resto ya no de terrorífico, sino de llamativo?
¿Es acaso el estilo y sus temáticas las que la hacen merecedora de tantos elogios? Pues no puedo tampoco declararme admirador de lo uno ni de lo otro. Es algo netamente subjetivo, pero no disfruto del estilo seco, parco, ramplón, por muy aderezado que este de obscenidades y escatologías. No veo cómo un estilo así puede configurar una atmosfera -algo que, por otro lado, no he visto hacer a la argentina en ninguno de sus relatos- ni sumergirte en la historia. Que este realismo sucio sea tan aplaudido y que la elegancia de, por ejemplo, Pilar Pedraza quede relegada a un segundo plano me resulta hasta insultante. En cuanto a las temáticas, no merecen ni el plural, pues todo orbita en torno a lo mismo: la miseria, la depresión, la marginalidad y la opresión. En todos y cada uno de los relatos se trabajan los mismos temas con los mismos personajes despreciables, destructivos o autodestructivos. Ninguno de ellos se salva: todos son horribles, la única diferencia es de grado. Llega un momento en que tanta misantropía cansa, aburre. O peor, queda impostada, falsa.
Estos son mis alegatos. No son los mejores, lo reconozco, pero son los míos: únicos e intransferibles. Subrayo lo de únicos, pues todo el mundo parece disfrutar de la propuesta de Mariana Enríquez. De hecho, si he leído esta colección y no la anterior fue por los elogios de Erica Couto en Todo tranquilo en Dunwich, cuyo criterio respeto profundamente. Pero lo siento, Erica, no ha habido manera. Así que retomo la pregunta que he hecho al principio. Por favor, decidme qué me he perdido, qué ha escapado a mi radar y por qué me siento tan decepcionado.
Ahora cualquiera le da una oportunidad a su novela, que es ancha como un ladrillo...