2,5 estrellas. Es decir, un aprobado justito.
Y el problema no es tanto la historia en sí (bueno, mejor dicho, la trama de la historia secundaria, porque lo que es la principal también es flojísima), sino la manera de contarla.
No sé muy bien cómo explicar la sensación que me ha producido toda la narración de la novela, solo puedo decir que en todo momento la autora estaba presente y se hacía notar. Y no, no se debe a que el libro esté narrado en primera persona (que lo está): en ese caso, lo lógico es que la narradora esté presente (en este caso la protagonista, Élisabeth), sino que la que se hace notar es la escritora, Hélène Gestern.
Está tan preocupada por demostrar que escribe bien, que tiene recursos, que plaga la novela de símiles y comparaciones presuntamente poéticos que, además de ser muchas veces cargantes y pedantes, restan naturalidad y verosimilitud a la historia, porque, si está narrada en primera persona, de verdad... nadie se expresa así. Y, admás, precisamente, esa obsesión de Hélène Gestern por tener un estilo "elevado" y poético provoca que los personajes no tengan voz ni textura: tanto la primera persona de la narradora, como las cartas de Alban, como el diario de Diana suenan exactamente igual, y parecen escritos todos por la misma persona (bueno, de hecho lo son... pero no se tendría que notar).
Y la verdad, cuando le veo las "costuras" al libro, cuando capto claramente al escritor que está detrás y lo que pretendía, ya empiezo a levantar la ceja y salirme de la historia (salvo que se trate de un recurso estilístico, de un juego de metaliteratura bien trabajado, que no es el caso).
Pero es que además, a la novela le sobran trescientas o cuatrocientas páginas de las setecientas setenta que tiene: no hace más que reiterar, repetir, y explicar para perogrullos lo que va avanzando de la trama.
No sé si será por el bagaje de profesora universitaria de la autora o qué, pero todo el tiempo tiene que explicar las cosas una y otra vez (tanto por lo que se refiere a la personalidad de los personajes secundarios, o resumir algo que ha pasado, o poner en valor la "hazaña" que alguien realizó, o lo arriesgado que era en la época "x" hacer tal cosa...).
Vamos, que Gestern tiene nula fe en la capacidad intelectual del lector, cree que si no se lo explica y se lo da todo mascadito, no va a entender el recurso que había utilizado antes... y eso ya, directamente, me toca las narices.
Por contra partida, y paradógicamente, justamente lo único enrevesado de la trama, que son las relaciones de parentesco entre varios personajes, están explicadas de manera bastante deficiente, pudiendo llegar a resultar lioso si no se está muy atento a la lectura. De traca, la cosa.
En cuanto a la historia en sí, que tiene varias ideas buenas y resulta interesante, me parece una pena y un desperdicio que toda la trama de la I y de la II Guerra Mundial quede tan en tercer plano, y que no llegues a vivirla intensamente: en todo momento es como si entre esos personajes y el lector hubiera una pantalla interpuesta, y esa pantalla es la protagonista, que vive en la época actual. No nos engañemos, la novela trata de la vida de Élisabeth y de su trabajo como investigadora y las cosas que va descubriendo... y, honestamente, ni ella ni su historia me interesan lo más mínimo. Claro que Élisabeth es necesaria para la autora a la hora de poder alargar la trama con sus teorías absurdas y con algunas cosas francamente inverosímiles (¿de verdad alguien se va a vivir a la casa de un persona fallecida y se instala con todas las cosas de la persona muerta, así sin más? ¿de vedad heredas una propiedad y no te pones a inspeccionarlo todo desde el minuto 1, máxime siendo una persona especializada en la investigación de documentos históricos? ¿más de un año con un misterioso cobertizo sin abrir?)... porque la historia de los personajes secundarios: Alban, Anatole, Blanche, Diane, Víctor, etc tampoco es tan complicada ni original, y de hecho está plagada de lugares comunes por lo que a la época se refiere.
Y, lo siento, pero esa sorprendente revelación final se veía venir de lejos, desde la mitad de la novela... y sin necesidad de ser historiadora ni especialista en investigación.
Pese a todo ello, la novela se lee bien y es entretenida... pero a mí se queda en un simple "meh". No ha sido una lectura que me haya marcado en absoluto.
Y es una pena porque, como es habitual en estas ediciones de Errata Naturae y Periférica, la edición es preciosa, y está cuidada hasta el último detalle.