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368 pages, Paperback
First published May 7, 2014
Siempre me he empeñado en ser alguien depresivo, pero no creo que lo haya logrado.
—Marta, sal del baño.
—No quiero.
Mi madre hace lo posible para que salga del cuarto de baño, donde me he encerrado para llorar a gusto. Estoy delante del espejo y me corren por la cara dos lagrimones. Cuando llegan a la altura de la boca, me los chupo, sacándoles su regusto a sal. Mis lagrimones saben a berberecho. Me miro los ojos líquidos y los sigo contemplando hasta que se desbordan y descubren el color de unas pupilas más brillantes que esmeraldas. Hipo. Sigo llorando. Las lágrimas resbalan por el filo anegado de mis ojos. Noto cómo corren sobre la piel de mis pómulos, por los mofletes, cómo se deslizan hasta la comisura de los labios, el mentón, la papadita. Me sujeto la cara entre las manos, como si mi cara fuese un ornamento precioso que, al caer, pudiera romperse. Cojo aire por la boca. Los mocos no me dejan respirar. Gimo y el sonido de mi gemir es muy dulce. Soy un cachorrito de cualquier especie doméstica.
—¡Marta!
—Déjame llorar.
Mi madre no sabe si llorar conmigo o ponerse a reír. Detecto su duda porque su voz la delata:
—Pero ¿se puede saber por qué lloras?
Por nada. No lloro por nada. Lloro porque me empeño en ser alguien depresivo y me enmaraño en la paradoja de que, al buscar la tristeza propia o la conmiseración de los otros, experimento goce físico. Lloro porque disfruto llorando. Porque cuando lloro, duermo mejor. Me fatigo. Me purgo. Lloro porque hoy me toca llorar y me gusta el rastro de caracol que las lágrimas me dibujan encima de las pecas, como si las sortearan.
—No llores, mujer…
Mancho el espejo con el vapor de mi respiración jadeante. El cristal se emborrona, me suaviza los rasgos, los esconde y, de pronto, el vaho se diluye en la superficie del espejo y vuelven a resplandecer mis ojos como dos piedras verdes. Las pestañas me pesan, porque de ellas cuelgan los lagrimones, chupones de nieve en la rama de un abeto, bolas encendidas de un árbol de Navidad. Las pestañas se oscurecen porque están húmedas. Mañana tendré agujetas de tanto llorar. No me acuerdo de nada ni de nadie mientras lloro. Solo pienso en mí y en la lástima que me doy.
—Anda, sal y me lo cuentas. Lloramos juntas.
—Yo quiero llorar sola.
Casi no me salen las palabras. Me miro de nuevo en el espejo. Tal vez estoy pagando alguna culpa primitiva, pero no, no pago nada porque este rato, que quiero prolongar hasta su límite, es muy agradable. Se me hinchan los labios, se enrojecen. Cojo y expulso el aire por la boca. Siento calor. Jadeo.
—Ah, ah, ah…
Acabo la frase en un largo gemido de angustia. Me veo muy guapa llorando delante del espejo con mis labios abultados y, cuanto más lloro, más lágrimas me salen. Me miro en el espejo y me pregunto si lloraría tanto en el caso de que mi madre no estuviera detrás de la puerta.
—Por favor, hija…
A mi madre ahora le tiembla la voz. Me miro por enésima vez. Abro el grifo. Me lavo la cara. Me sueno los mocos con el papel higiénico. Me restriego los párpados, que están casi dormidos, picantes. Parpadeo diez o doce veces seguidas. Respiro hondo. Descorro el pestillo. Abro la puerta.
Me compadezco de mis suegras. El primer argumento de mi compasión soy yo misma. Si yo hubiera sido suegra de una mujer de mi carácter —ni óptimo ni pésimo, pero carácter, y tal vez haya que aclarar que el carácter no se reduce a las explosiones sicilianas o a la palidez de la cólera—, es posible que hubiese temblado porque yo con mis hombres me comporto como esa musa que aspiré a ser de niña. Exijo: atención permanente, mimo, reverencia, adoración, anticipación a mis deseos, aquiescencia y connivencia, exclusividad, fidelidad, promesas de eternidad, contrición en caso de falta, suavidad y fuerza —según—, sexo frecuente o lagunas de sexo sin acusaciones de frigidez, comprensión en las etapas depresivas, maravilloso tono de voz, miradas lacrimosas y emocionadas, silencio, quietud a la hora de dormir, admiración, puntualidad, alabanzas sin adulación, paciencia, capacidad para evitar el conflicto y para pedir perdón, amor extremo e incondicional hacia la familia de la esposa, algún detalle, una sinceridad relativa, preocupación por los asuntos domésticos y por la buena marcha del mundo, gusto por la lectura, un corazón de león, salud de hierro, clarividencia, afabilidad y disponibilidad para viajar. Ser mi pareja es una profesión y un auto de fe. Yo, por mi parte, no soy especialmente egoísta y estoy dispuesta a dar como pago casi lo mismo. Un psiquiatra quizá me recetaría unas cápsulas; sin embargo, estoy segura de que, en un tiempo no muy lejano, se descubrirá que esta concepción exigente de las relaciones sentimentales se coloca en las antípodas de lo enfermizo. Tal vez muy pronto los psiquiatras, los psicólogos, los asesores conyugales se arrepientan de todas las cosas de las que pretenden desposeernos, de todas las cosas por las que pretenden culpabilizarnos y reducirnos a criatura discapacitada, de todo el mal que están inoculando en corazones inocentes que poco a poco se van quedando sin fuerzas.