4.5/5 Estrellas
La verdad es que pocas veces me he enfrentado a la semblanza de un personaje histórico tan conseguida, tan compleja. Vargas Llosa nos introduce de forma magistral en la mente de un personaje controvertido, olvidado, marginado, condenado. Un personaje con muchas aristas, muchas vertientes, un personaje cuyo recorrido vital, cuya obra debe ser recordada y que merece una pluma del nivel del premio Nobel peruano para introducirnos en sus avatares vitales y psicológicos. Este es Roger Casement "El Celta".
Nacido en 1864 en el seno de una rígida familia norirlandesa, de creencias anglicanas y estrictamente probritánicas. De padre militar norirlandés y madre católica escocesa. Desde muy joven entró en los engranajes del inmenso Imperio británico atraído por las aventuras y viajes que se abrían ante su mente juvenil y soñadora. En su ingenuidad pensaba que el colonialismo se justificaba con: cristianismo, civilización y comercio.
La narración de su vida, una rememoración más bien, la lleva a cabo el propio Casement desde su celda en una tétrica prisión londinense en la que se encuentra en el verano de 1916. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Él, que ha entregado su vida a trabajar como diplomático para el Foreign Office, que ha sido distinguido con el título de "Sir", está encerrado y condenado a muerte por aquellos a quien sirvió. Y además odia a los británicos, acepta su muerte con la cabeza alta. ¿Qué ha sucedido?
La narración es intensa, prolija, llena de matices del personaje. Sus primeros viajes a África. Su rápido desencanto con las 3 Ces (Cristianismo, civilización y comercio). Sobre todo en el Congo belga, donde enfrentado a la terrible realidad se da cuenta de que la verdadera presencia de los europeos en África, "no era para ayudar a los africanos a salir del paganismo y la barbarie, si no para explotarlo con una codicia que no conocía límites para el abuso y la crueldad.". Esto ha ocurrido siempre, pero existen casos extremos de maldad y eso fue lo que ocurrió en el Congo de Leopoldo II: la avaricia, la codicia de ser humano, llevaron a la explotación del territorio (sobre todo para extraer caucho de las selvas centroafricanas), para lo cual explotaron, torturaron y exterminaron con total impunidad a comunidades enteras, destrozando un país, una región entera que, aún hoy en día, sigue sumida en la brutalidad de la guerra y la barbarie.
Casement conoció estos hechos, recorrió el territorio, documentó testimonios, se expuso a la muerte y a las enfermedades con el objetivo de denunciarlo a la opinión pública mundial. Lo hizo como enviado oficial del Imperio británico. Lo consiguió, hizo un informe que removió la conciencia del mundo. Puso los cimientos de los Derechos Humanos, muchos años antes de la declaración de París de 1948. Muchos europeos tomaron conciencia de lo que sus gobiernos perpetraban en los inmensos imperios coloniales de la época. La mayoría miró para otro lado, pero una semillita enraizó en la conciencia de muchos. Los congoleños siguieron sufriendo pero, al menos, puso en el punto de mira mundial a la administración belga.
Lo mismo realizó años más tarde en otro de los territorios donde, la demanda mundial de caucho, llevó a otro terrible episodio de explotación y genocidio: los territorios amazónicos del Putumayo, donde imperaba la terrible ley de Julio C. Arana. Infame personaje, cuya caída aceleró el informe realizado por Casemet, quien nuevamente puso en juego su vida y su salud.
Sin embargo, la continua exposición de este hombre a las maldades del colonialismo europeo, lo llevó de vuelta a sus orígenes. Durante el siglo XIX, el nacionalismo irlandés comienza a organizarse y surgen multitud de asociaciones, civiles, militares o para-militares (Sinn Fein, entre otras), cuyo objetivo es conseguir desde la autonomía irlandesa en el seno del Imperio Británico a una liberación e independencia basada en un levantamiento armado. Casement empieza a experimentar una vuelta a sus orígenes, a sus raíces irlandesas. Visualiza la ocupación irlandesa, como una colonización y explotación británica, similar a la que ha experimentado y denunciado a lo largo de su vida. De embajador británico, se convierte en organizador e instigador de los movimientos independentistas irlandeses. Tras el comienzo de la 1ª Guerra Mundial en 1914, estos movimientos empiezan a ver una clara oportunidad de ejecutar sus anhelos y algunos sectores (Casement entre ellos) llegan incluso a intrigar con Alemania, para ampliar el teatro de la guerra a territorio irlandés y conseguir así la independencia de un Imperio con su ejército debilitado y luchando por Europa, Oriente Próximo y África.
El desastre del Alzamiento de la Semana Santa de Dublín en 1916 es lo que se consiguió. Y el apresamiento y muerte de la mayoría de los líderes irlandeses. Entre ellos Roger Casement. Ya entendemos su presencia en una cárcel londinense en Agosto de 1916, esperando un improbable indulto y repasando su intensa y azarosa vida.
La vida de este hombre tuvo muchas vertientes y todas están tratadas de forma magistral. A las ya relatadas, se añaden sus derivas religiosas (Acabó convertido al catolicismo, abandonando sus raíces anglicanas) y, sobre todo, su presunta homosexualidad, que sobrevuela su vida de forma ominosa: el deseo, la promiscuidad, la clandestinidad, la ocultación, la imposibilidad de establecer relaciones estables, lo amargan y lo "castran" emocionalmente durante toda su vida. La forma de abordad esta vertiente del personaje, por parte de Vargas Llosa, me ha encantado. La homosexualidad no tenía cabida, ni en los ambientes nacionalistas católicos irlandeses, ni entre los puritanos anglicanos. Ciertos escritos o diarios íntimos de Casement, descubiertos por las autoridades británicos tras su ejecución, donde su homosexualidad es explícita, pero cuya autoría todavía es cuestionada, fueron utilizados para enturbiar su obra, justificar su muerte y ocultar su recuerdo.
Demos las gracias a Vargas Llosa para recuperar a este personaje para el común de los lectores y para memoria de la Humanidad.
Hay que leer más a este autor, que tenía abandonado.