Intuyo que no es una de las mejores novelas de Blasco Ibañez. No la encuentro demasiado arriesgada, parece otra novela más de autor, interesante para aquel que no está saciado habiendo ya leído las mejores obras.
El estilo del autor es impecable (a pesar de que algunos tramos pudieran ser tediosos) con una prosa minuciosa y lírica, donde las vívidas descripciones de Alzira y las tierras valencianas son, sin duda alguna, lo mejor de la obra. La trama palidece ante la calidad literaria de las descripciones, por lo que uno acabará recordando más el pueblo de Alzira que a sus habitantes.
La historia de amor que ocurre entre dichos naranjos no brilla tanto como lo hacen sus frutos. Tiene sus momentos álgidos, sobre todo con ese mordaz capítulo final, que da un satisfactorio cierre al infantil capricho de Rafael, pero no siento que, en definitiva, sea destacable.
"En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las cercas y vallados, de vegetación menos oscura, cortando la tierra carmesí en geométricas formas; los grupos de palmeras agitando sus surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo, cayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color rosa entre macizos de jardinería; blancas alquerías, casi ocultas tras el verde bullón de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas de riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus casas apiñadas en la isla y desbordándose en la orilla opuesta, toda ella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roída por una viruela de negros agujeros. Más allá Carcagente, la ciudad rival, envuelta en un cinturón de sus frondosos huertos; por la parte del mar, las montañas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejos semejan los fantásticos castillos imaginados por Doré; y en extremo opuesto los pueblos de la Ribera Alta flotando en los lagos esmeralda de sus huertos, de lejanas montañas de tono violeta, y el sol que comenzaba a descender como un erizo de oro."