Existió una guerra, una familia, una niña que lo perdió todo. Y cuando una guerra explota perder significa buscar refugio, pasar hambre, pobreza y humillación. No fue una guerra en la que se tomó partido, un bando, un lugar; sin embargo, despojó de humanidad y sólo quedó el dolor, que se repite una y otra vez en diferentes formas.
Esta historia trata sobre la resiliencia, la fortaleza. No es una historia sobre la opresión femenina, ni el velo y su debate en la religión islámica (que la caratula debería tener un turbante,que es masculino, y no un velo), es sobre la lucha por la supervivencia, por no morir de hambre, por encontrar una alternativa al trauma, a la muerte que lo toca todo, que persigue y no se sacia. Un cambio en el rol familiar que permite seguir adelante.
Nadia, quien nos cuenta su historia, con todo lo que implicó su decisión de cambiar su lugar en la familia, de pasar a ser una mujer cuya aspiración sería casarse, a ser el hombre quien vela por el sustento de toda su familia conformada por una madre abnegada, un padre con una salud mental deteriorada, una hermanas pequeñas y un hijo varón muerto en medio de lo absurdo.
Nadia, que creció en medio de una guerra, en el campo y expuesta a cientos de horrores, muchos de ellos tomados con naturalidad, como la cotidianidad ¿qué tan crueles somos los humanos? Nadia, la que luchó por estudiar, la que no permitió que su familia muriera de hambre, así su estómago estuviera vacío. Enfrentó sus propios miedos, preocupaciones y problemas, que no se rindió aunque todo le dijera que lo hiciera... Nadia, que hoy vive en otro país, que ya vive con la libertad de ser quien es.
Gracias Nadia por tu historia.