El ángel de Sodoma es la primera novela cubana que trata el tema de la homosexualidad, con un discurso en el que condena el carácter homofóbico de la cultura occidental, su conservadurismo y autoritarismo. La novela se nutre tanto del Modernismo latinoamericano, como del Simbolismo y Decadentismo europeos, pero es también un relato crudamente naturalista, en el que luchan y se disputan el primer puesto la modernidad y la tradición.
Muy interesante, especialmente en su contexto histórico. Novelita de descubrimiento y casi autoaceptación (subrayo el "casi"). Cuando parecía que sí... fue no. El estilo, especialmente en el arranque, se me hacía demasiado pedante y abigarrado, pero luego o yo me acostumbré o se hizo más legible y agradable. La idea general del libro es muy buena. El desarrollo no tanto. Da para película, oiga.
Aun cuando no se lo confesase, todas sus horas penosas dábalas ya como pago de la que un día, lejos, habría de permitirle encararse con la vida y decirle: «¡Así soy! ¡Fuera falsa virtud, fuera vergüenza de mostrarme según me hicieron!» Una frase oída a no sabía quién, en la perfumería, cobraba sentido de norma. «Si se nos dieran dos vidas, una para nosotros y otra para los demás, cabría elegir; pero no es así, y lo que dejamos de hacer por miedo a los otros ya no lo podremos hacer nunca». Y se engallaba en la soledad, cual si un juez estuviera pidiéndole cuentas del pecado no cometido aún.
Lamentablemente, la positiva autoafirmación personal por la que se caracterizan las anteriores palabras no se asemeja, de ninguna manera, al que es el tono predominante en El ángel de Sodoma. Muy por el contrario, la mayoría de las páginas de esta novela aparecen marcadas por el doloroso y —casi— continuo rechazo que, tras ser consciente de su orientación homosexual, se profesa a sí mismo el joven José-María Vélez-Gómara, mayorazgo de un ruinoso escudo nobiliario que, en un claro símil con la tortuosa y fatal existencia de su heredero, parece estar condenado a un declive igualmente irremediable. Este insistente discurso de homofobia interiorizada —al que se suman otros rasgos desagradables también presentes en la obra, como la perpetuación de múltiples ideas misóginas— se verá reprobado por los lectores más correctos de nuestros tiempos modernos. Les dejo a ellos las regañinas y admoniciones. Por mi parte, no sin haberme sentido anteriormente afectado por la crudeza de ciertos pasajes del libro, ahora prefiero quedarme con los aspectos positivos que, pese a su añeja y profunda oscuridad, esta obra es aún capaz de brindarme hoy por hoy. Cómo no, el más importante está vinculado al intempestivo tiempo en que, a caballo entre lo modernista y lo decadente, el hispano-cubano —así quería ser considerado— Alfonso Hernández-Catá se atrevió a revelarle al mundo la tragedia de su sodomítico Ángel: aparecida en 1928, esta obra pasaría a suponer, dentro de toda la literatura escrita en español, el segundo título en dar cuenta abiertamente de la que era, con diferencia, una de las realidades más silenciadas en su época, la homosexualidad. ¿El hecho de que solo fuese capaz de realizar esta hazaña literario-social a través de una tremenda mortificación del protagonista de su obra le arrebata, acaso, a Hernández-Catá el mérito que le corresponde? Ciertamente, no. En otro orden de cosas, es también destacable que, al margen de la tenebrosa tónica general de la novela —represiones autoimpuestas, pensamientos vejatorios, ideas teórico-médicas sobre la homosexualidad ofensivas y trasnochadas…—, no deja de emerger, en contadas ocasiones, un efímero rayo de luz que, ya solo por el mero hecho de estar presente en un texto de 1928, debería ser siempre tenido en cuenta por los lectores de El ángel de Sodoma. Un ejemplo de esta pequeñísima tregua se encuentra en la cita que da inicio a mi reflexión, pero, en realidad, podrían rescatarse varios fragmentos de la novela en los que José-Mari medita sobre el enorme pesar que implica no «haber sido siquiera una vez “él mismo”». Fuera como fuese, lo que ahora debe alarmarnos no es el hecho de que, 97 años atrás, se realizase un retrato literario de la homosexualidad tan terrible como el incluido en esta creación de Hernández-Catá. Más bien, ha de preocuparnos la elevada probabilidad de que, a día de hoy, en un rincón del mundo mucho más próximo a nosotros de lo que parece, continúe existiendo un muchacho que aún sienta en sus carnes alguno de los tormentos que torturan injustamente al José-Mari de la novela. Ojalá llegue, de verdad, un día en que todas las atrocidades recogidas en El ángel de Sodoma no pasen de lo anecdótico; un día en que la discriminación al diferente no exista y ningún joven se vea empujado a contemplarse a sí mismo, ni tan siquiera por un momento, como «un lirio de putrefactas raíces».
4'5 Me ha gustado más en la relectura. La narración es genial y la historia intensa. Un retrato del autodescubrimiento de género y de orientación sexual en una época profundamente machista y homófoba. No le pongo el cinco por algunas frases sueltas que no me gustan nada. Respecto a la edición de Verbum: portada preciosa, pero uno espera menos erratas en un texto tan corto y tan bien cobrado.
El Ángel de Sodoma es una novela corta que no ha tocado ninguna de las notas emocionales que podría haber tocado en mí, sobre todo teniendo en cuenta mi interés por los temas tratados en la narración.
No quiero obviar el claro machismo de la obra, el cual me gustaría atribuir a que se trata de un inteto del autor de reflejar de la impregnación de los roles de género en los estereotipos sobre la homosexualidad en el siglo XX. Sin embargo, la obra es considerada, según he leído, como modernista, decadentista, naturalista y simbolista, y, más concretamente, como un intento de dejar atrás el positivismo del siglo XIX. De modo que interpreto que no busca una aproximación realista de la realidad, y, consecuentemente, me hace concluir que el autor no pudo evitar incluir su ideología tradicional de género en la obra. Una pena.
Además, es cierto que la obra tiene ciertos matices de la corriente del Modernismo, y, toca ciertos temas del Decadentismo, pero que alguien me explique dónde está el Naturalismo y el Simbolismo en la novela. Asimismo, si se buscaba alejar la obra del positivismo, ¿por qué catalogarla como naturalista? Es absolutamente contradictorio.
No quiero determe mucho en el lenguaje absolutamente gongorino (y no es un halago) del autor, con frases que realmente no aportan nada a la novela y que parecen un intento de demostrar su amplio vocabulario. We get it, you study the dictionary before going to bed.
Por lo demás, los personajes tiene poca profundidad psicológica. Esperaba que, tratándose de un texto sobre los demonios de descubrir tu orientación sexual y los tira y afloja con la performatividad de género, leería una historia sobre la complicada psique de un protagonista atormentado, pero el autor se ha quedado a medio gas.
Cierto es que los intentos de hipermasculinización del protagonista me han parecido interesantes y un acierto.
Me gustó volver a leer novelas de este estilo “relatos con narrativa natural y realista” esta escritura me parece en ocasiones compleja pero es enriquecedora a la vez, el personaje siempre vivió cohibido de quien realmente era y su vida siempre estaba baja esa tela oscura que lo ocultaba de la realidad.