En sus poemas tempranos, pareciera que los problemas existenciales que aquejaban a Emily Dickinson pudieron parecerle atrevidos incluso para ella misma, en particular cuando aborda temas teológicos y eróticos, pero esa suerte de timidez empieza a desaparecer gradualmente a medida que pasan los años. La tensión e incluso agresividad de las preguntas con las que increpa a Dios en su primeros poemas es reemplazada después por un sentido de reverencia dirigido no a un Ser sino a la creación, como si la imagen tradicional del Dios cristiano fuera una imagen más bien infantil que debe quedar atrás y que poco tuviera que ver con el sentido nítido de lo sagrado que se esconde en la naturaleza —en el sol, el viento, las montañas, los tréboles, las abejas, ciertas aves, el amanecer, el ocaso, la noche—, que, pese a toda esa sublimidad, muestra también el sinsentido de la muerte, del desamor y de las injusticias. La muerte en particular es un tema recurrente. En algunos poemas hay miedo o protesta, pero creo que en la mayoría lo que prevalece es una cierta familiaridad, como si la muerte fuera una presencia cotidiana con la que la autora dialoga con regularidad y calma.
Aunque la traducción de Silvina Ocampo entrega de forma correcta el sentido de cada poema, no logra capturar su fraseo y musicalidad. En el original en inglés, leer a Emily Dickinson en voz alta es lo que permite apreciarla en todo su esplendor, algo que no ocurre con la traducción. Pero quizás sea mucho pedir. Con todo, Silvina Ocampo logra un cierto ritmo, un tono que casi siempre funciona y que hace que esta siga siendo para mí la mejor versión de Dickinson en español.