Traer�n la m�scara de Pero yo, tras el cart�n de las caretas, veo la tristeza de las almas que lloran porque vivo.
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People know Spanish writer Benito Pérez Galdós especially for his Episodios Nacionales (1873-1912), a series of 46 historical novels.
Benito Pérez Galdós was a Spanish realist novelist. Some authorities consider him second only to Cervantes in stature as a Spanish novelist. He was the leading literary figure in 19th century Spain.
Galdós was a prolific writer, publishing 31 novels, 46 Episodios Nacionales (National Episodes), 23 plays, and the equivalent of 20 volumes of shorter fiction, journalism and other writings. He remains popular in Spain, and galdosistas (Galdós researchers) considered him Spain's equal to Dickens, Balzac and Tolstoy. As recently as 1950, few of his works were available translated to English, although he has slowly become popular in the Anglophone world.
While his plays are generally considered to be less successful than his novels, Realidad (1892) is important in the history of realism in the Spanish theatre.
Últimamente me he dado cuenta de que una de mis grandes taras a nivel literario es que he leído bastante literatura de lo que podríamos denominar “clásica” (porque ya se sabe que este término es un cajón de sastre donde caben muchas novelas y que se usa, frecuentemente, sin pensar demasiado, para meter obras escritas hace tiempo que no tienen porque ser del mismo genero) de países como Inglaterra (sobre todo), Francia o los Estados Unidos de América. Pero de literatura española. La verdad es que me he animado con pocas obras y autores. Soy la primera que os digo que tengo un nicho concreto de lecturas y que quiero salir de él. No he leído apenas literatura asiática, y la poca que he conocido es sobre todo japonesa. Me sobran los dedos de una mano para contar las obras africanas con las que me he animado como lectora. El ensayo depende mucho del tema que toque, y en poesía hay muchos autores que me superan. Literatura contemporánea hasta hace un par de años era otro de mis asignaturas pendientes, pero precisamente durante este tiempo me he dedicado a leer a más autores actuales para superar esto. Así que poco a poco espero también ir puliendo estas otras deficiencias literarias (por llamarlas de alguna forma, porque creo que es importante leer de todo, pero tampoco creo que sea peor lectora por no haber conocido con mayor profundidad todo esto). Pero hasta a mí misma me parece criminal lo poco que conozco de la literatura de mi propio país y sobre todo, de sus autores clásicos y libros más emblemáticos. Para muestra un botón. De Benito Pérez Galdós solo había leído hace muchos años “Marianela” porque me la mandaron en el instituto. Y de esta lectura solo recuerdo que me gustó. De la trama y de los personajes no tengo apenas recuerdos (sí, obviamente va a tocar lectura. Espero que más pronto que tarde). Aparte de esto, de uno de los autores más famosos de nuestra literatura solo he leído algunos cuentos. Y habiendo disfrutado de todo esto tanto como lo he hecho, lo suyo es que me anime más con él ¿verdad? Y más cuando tiene varias novelas que me llaman mucho la atención. De momento, he decidido volver a conectar con este autor por medio de una obra de teatro que tenía pendiente de desde hace bastantes años. Y que tiene una historia bastante curiosa.
En 1905, Galdós publicó “Casandra”, una novela que estaba inscrita en el ciclo que el propio autor llamó “ Novelas españolas contemporáneas” , en las cuales criticaba a la sociedad española de su época, y que fue la encargada de cerrarlo. Y cinco años más tarde, el 28 de febrero de 1910, se estrenaría en formato teatral en el Teatro Español de Madrid. Es decir, que hay dos versiones de la misma historia.
Desde que su marido la dejará como heredera universal de su cuantiosa fortuna, doña Juana de Samaniego ha manipulado y controlado a sus familiares más pobres jugando con la esperanza de los bienes que les ha adjudicado en su testamento. Hipócritamente religiosa, a doña Juana se le atraganta el darle su parte del dinero a Rogelio, el hijo que su marido tuvo fuera del matrimonio. Sin embargo, cuando la anciana tome una decisión que afectara a todos a su alrededor, se decidirá a favorecer a Rogelio, quien convive sin casarse con la madre de sus hijos, la hermosa Casandra. Pero acceder a la herencia tendrá su propio precio.
Ya con el propio titulo de la obra Galdós va anticipando al lector (o al espectador) lo que va a encontrarse en esta historia. Los propios personajes dentro de ella se hacen eco de que la protagonista que da nombre a la trama, Casandra, no tiene un nombre español típico. De hecho ni ella está segura de si en el santoral hay una santa Casandra o no, tal y como señala en un dialogo determinado. La joven comparte nombre con la princesa troyana maldecida con el don de ver el futuro, pero cuyos vaticinios jamas serán creídos por cualquieta que los escuche. Y para rizar el rizo sus propios hijos habrán sido nombrados después de los dos grandes héroes del ciclo troyano, Aquiles y Héctor. Y así, el lector se sentirá transportado a una auténtica tragedia griega ambientada en el Madrid del siglo XIX que se siente, al principio, como una apacible día de verano en el que paulativamente va gestándose una tormenta. Lentamente, Galdós va aumentando la tensión en el ambiente, creando una atmósfera sofocante, densa y calenturienta, como las que invaden las casas y las calles antes de que se desaté la tormenta. Y que cuando amainé dejará unas consecuencias que como niebla se arrastrarán a lo largo del resto de la lectura.
He leído en pocas reseñas que estamos ante la producción más anticlerical de Benito Pérez Galdós, y sin haber leído mucho más de él no me extrañaría nada. No es difícil imaginarse que cuando se publicó o se volvió a estrenar para el teatro, esta obra caía como una suerte de bomba en la biempensante y patata sociedad española del siglo XIX. Una sociedad marcada por el fanatismo religioso y el control que la santa casa ejercía ya no solo en la educación, ideales y creencias de esta sociedad, también en el plan económico, ya no solo por la cantidad de bienes que controlaba, sino también por cómo controlaban los de sus creyentes. Y eso es lo que critica Galdós en “Casandra” , el poder que la Iglesia ejerce sobre el pueblo y ese fanatismo religioso hipócrita, del que muchos hacen y hacían) gala. Esas personas ricas y poderosas, que usaban sus privilegios sin piedad, enmascarándolos en falsa piedad para controlar a los más desfavorecidos, ejerciendo con orgullo la bandera de la religiosidad y la caridad cristiana para enmascarar su sed de poder y de que se hiciera solamente lo que ellos querían. Y que realmente eran los heraldos de las altas esferas católicas, desde el púlpito y a través de la biblia, movían los engranajes según sus propios intereses. La metáfora es cruda, directa, un dardo envenenado directo hacia la Sensibilidad española decimonónica de un pueblo de misa y beaterio. Y es un tema que siempre me tocará muy de cerca por varios motivos, que para algunos puede parecer ya desfasado y que ha quedado anticuado porque ¿acaso tiene ahora la iglesia tanto poder en las conciencias españolas como lo tenía en la época de nuestros abuelos, sin ir más lejos? Y sin embargo, esta cuestión es el eje, no de pocas producciones culturales de la historia de la literatura castellana. Y está de forma soterrada más presente de los que muchos nos pensamos. Porque muchos de nosotros hemos conocido a personas que con orgullo afirman ir a misa Todos los domingos, se les llena la boca hablando de su fe y del amor a dios. Pero no respetan algunos de los derechos morales más básicos por considerarlos contrarios a la palabra del señor. Desde su altura moral se consideran jueces de los demás. Sin ir más lejos, ahora mismo hay una corriente de los mal llamados influencer que captan a sus seguidores presentando uno ideales que, obviamente, incluyen el paso por el altar y el formar preciosas y tradicionales familias que lucen en sus redes sociales de la misma forma que lo harían con un coche de alta gama o un bolso caro. Y que varios estudiosos señalan que potencian estas imágenes para captar a un mercado de jóvenes encharcados en la precariedad laboral y que no pueden acceder a estos tipos de vida tan estables, por más que lo sueñen Todo es política, todo es economía, todo es intentar controlar a las masas. Y dios siempre ha estado, de una manera u otra, en el centro.
Pero volviendo a lo que nos interesa, “Casandra” es una obra de teatro ágil y ligera, pero no por ello menos llena de fondo y contenido. Ya os he señalado que empieza con una calma engañosa para posteriormente, como todo buen drama, ir adentrándose en el ojo de la tormenta para guiarnos a una tempestad que lo tambalea todo. Y cuyos efectos resonarán hasta la última línea de la obra. Con unos diálogos que son, por supuesto, de lo más ágiles e interesantes y una caracterización y construcción de los personajes que está muy bien lograda, demostrándonos el sentir y el pensar ya no solo de cada uno de ellos, sino el de las clases altas madrileñas en la época del autor, don Benito Pérez Galdós empieza a poner desde la primera hoja y línea las piezas para Historia doméstica y costumbrista que poco a poco, pero a buen ritmo, va desplegándose ante el lector. Quizás las primeras escenas resultan un tanto confusas, pero rápidamente el autor te pone en el centro de una trama marcada por el dinero, los odios soterrados, la avaricia, el amor y el crimen. Y que además ayuda a contextualizar históricamente este argumento, al hablarnos de los ricos terratenientes que estaban más preocupados por conseguir más y más tierras que en mejorar las aue ya tenían y hacerlas más productivas, del poco apoyo que tenían las reformas e iniciativas para mejorar la vida agrícola, y del tímido despertar de los avances tecnológicos en un tiempo donde para poder salir adelante necesitaban del apoyo privado, ya que el Estado no tenía ningún tipo de interés en ellos. Un cuadro de costumbres vibrante y bien esbozado que se lee en un suspiro y para cuya creación Galdós se vale de unos medios literarios parcos pero vibrantes, consiguiendo que en ningún momento te caiga la atención o la atención, de hecho van increscendo según van encadenándose las escenas. Que nos llevaran a conocer a unos personajes muy variados y ricos en matices. Y es que, tal y como señala en una nota a modo de prólogo, Galdós lo que buscaba crear con esta obra era una suerte de híbrido entre la obra teatral y la novela, un género capaz de combinar lo mejor de estas dos vertientes. Un ejercicio literario muy interesante que se ve en las anotaciones que hay al principio de cada escena, donde se describen concienzudamente a los personajes tanto física como moralmente. Y esto ayuda para que el que lea solamente el texto teatral, a falta de verlo representado sobre las tablas de un escenario, a hacerse una idea de cómo es cada personaje y de sus inclinaciones y motivaciones antes de que puedan hablar.
Gracias a todo esto, uno de los grandes de las letras castellanas crea un fresco vivido y humano, un canto hacia su época y sus modos que resulta imperecedero por muchos de los temas que trabaja. Uno en el que la iglesia es representada como ese ente que poco a poco va ganando terreno, cuya sombra se va extendiendo lentamente a medida que avanza la narración. Y así las falsedades, la hipocresía, la maldad, disfrazada de caridad, los deseos sin confesados y el poder económico compone un baile que enfrentará a una viuda podrida por dentro y patata religiosa con una joven que vive al margen de las normas religiosas, hermosa en cuerpo y alma y valer. Ellas serán las figuras centrales en un enfrentamiento entre el oropel de la religión llevada a sus máximos extremos y del amor sencillo y apasionado en este baile que, cuando sus últimas notas dejen de ser tocadas, se saldará sin ningún ganador claro, sin que ningún personaje se lleve del todo lo que buscaba y quería. Porque lentamente veremos como las víctimas se convierten de nuevo en víctimas, y como los de siempre se mantienen, aunque sea desde las sombras, en un lugar privilegiado. Y es que se puede decir que “ Casandra” es una tragedia, pero no una que termine de una forma profundamente triste o cruenta. Sus últimas páginas son mucho más sutiles, una crítica melancolía en la que todos aparentemente salen bien parados tras seguir pagando un alto precio. Que subraya que aunque sea una obra profundamente anticlerical, no es para nada antirreligiosa. Porque en medio de la religiosidad férrea y falsa y de la maldad humana pervive la auténtica religión, aquella que es pura, compasiva y desinteresada; redentora y amable. Fuertemente presente en el amor de unos padres, en la alegría de una niña, en la bondad sencilla y dulce, en la autentica fe que no precisa de grandes alardes ni de ser bien visible o en la fidelidad más allá de cualquier desventura. En suma, en aquello que es la fiel palabra de dios.
El único “pero “que puedo ponerle a un libro que me duro todo un fin de semana que fue de lo más ocupado (de haber tenido más tiempo lo habría leído en tan solo un día, porque la obra es bastante ligera) es que en los últimos compases presenta una trama que resulta de lo más interesante, que tenia un cierto corte intra terrenal. Que para mi gusto no termina de cerrarse del todo lo cual me ha parecido una pena porque todo lo demás me ha parecido magistral, y la historia, con sus más y sus menos, tiene unas metas que creo que su autor cumple con creces.
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“Debiéramos las madres pobres ahogar a nuestros hijos antes que criarlos en la ilusión de una herencia. ¡Maldita sea la hora en que fui madre y aumenté el número de los engañados por fantasmagorías vanas!” ~ Casandra de Benito Pérez Galdós.
Casandra es una joven con dos hijos de Rogelio. La pareja es feliz con su vida hasta que interfiere Doña Juana y el dinero. Rogelio es hijo del marido fallecido de Doña Juana. Esta, marcada por estrictas normas religiosas, impone como condición para que Rogelio herede que deje a Casandra, se case con otra joven de buena reputación y eduque a sus hijos en el estricto catolicismo.
Una breve obra de teatro que plasma la España de comienzos de siglo XX marcada por la religión y el que dirán.
La verdad es que te mueves entre los personajes como si los conocieses de toda la vida. El autor hace un trabajo fantástico en ese sentido porque puedes prever sus reacciones y comentarios, aunque también te puedes llevar alguna sorpresa. Al final, todos víctimas y verdugos.
Una obra que se lee en un ratito, así que no hay excusas para no acercarse a los clásicos... como veis también los hay flash.
Este libro ha sido diferente para mí, nunca había leído nada relacionado con el ámbito religioso. Y la verdad me ha gustado mucho, no podía evitar reírme a carcajadas con las visiones dramáticas de Clementina. Por cierto Casandra es la mejor.