Paradoja del miedo
¡Cómo pensar, un instante siquiera,
que el hombre mortal vive!
El hombre está muerto de miedo,
De miedo mortal a la muerte.
El miedo lo acompaña como la sombra al cuerpo,
le asalta en las tinieblas,
se revela en su sueño,
toma, a veces, la forma del valor.
Y sin embargo existe un miedo, miedo mayor,
mayor aún que el miedo a la muerte,
un miedo más miedo aún:
el miedo a la locura,
el miedo indescriptible
que dura la eternidad del espasmo
y que produce el mismo doloroso placer;
el miedo de dejar de ser uno mismo
ya para siempre,
ahogándose en un mundo
en que ya las palabras y los actos
no tengan el sentido que acostumbramos darles;
en un mundo en que nadie,
ni nosotros mismos,
podamos reconocernos;
“¿Éste soy yo?”
“¡Éste no, no eres tú!”
O el miedo de llegar a ser uno mismo
tan directa y profundamente
que ni los años, ni la consunción ni la lepra,
nada ni nadie
nos distraiga un instante
de nuestra perfecta atención a nosotros mismos,
haciéndonos sentir nuestra creciente,
irreversible parálisis.
¡Cuántas veces nos hemos sorprendido exclamando
desde el más recóndito pozo de nuestro ser
y por boca nuestras heridas extrañas:
“¡Pero si no estoy loco!”
“¡Acaso crees que estoy muerto!”
Y no obstante ese miedo,
ese miedo mortal a la muerte,
lo hemos sentido todos,
una vez y otra vez,
atrayente como el vacío,
como el peligro, como el roce
que va derecho al espasmo,
al espasmo que es la sola muerte
que la bestia y el hombre conocen y persiguen.
¿Y qué vida sería la de un hombre
que no hubiera sentido, por una vez siquiera,
la sensación precisa de la muerte.
y luego su recuerdo,
y luego su nostalgia?
Si la sustancia durable del hombre
no es otra sino el miedo;
y si la vida es un inaplazable
mortal miedo a la muerte,
puesto que ya no puede sentir miedo,
puesto que ya no puede morir,
sólo un muerto, profunda y valerosamente,
puede disponerse a vivir