Este es un libro que merece la pena subrayar y resumir para poder volver a recordar cuando se desee, por tratar uno de los episodios más importantes de la historia de nuestro país, al que por otra parte no se hace apenas referencia en los libros de historia de los colegios, en los que la figura de Clara Campoamor, su autora, muchas veces ni se menciona.
Estamos hablando de la consecución del más fundamental de los derechos para la mitad de la población española. Un derecho que hace menos de 100 años todavía se cuestionaba y que le costó a Campoamor todo su empeño conseguir para todas nosotras; que contó con apoyos pero también con múltiples detractores, entre los que se encontraban algunos compañeros de partido de Clara, pero también otras mujeres, lo que imagino hubo de hacerla sentir muy sola.
La consecución del voto femenino en España fue una lucha titánica, de la que solo cuando se ha leído se puede llegar a imaginar su embergadura y el acopio de fuerza y sobre todo inteligencia y dialéctica que hubo de exigirle a la señora Campoamor.
Hoy en nuestro país damos por hecho un derecho que costó meses conseguir y que fue fruto del esfuerzo, la perseverancia y la convicción de esta señora, quien creyó siempre en la capacidad de la mujer a pesar de que en su contexto nadie lo hacía.
He aquí mi resumen de las vivencias de Clara Campoamor tal y como ella las recoge en sus memorias:
En abril de 1931 llega a España la II República que modificaría inmediatamente la ley electoral y convocaría elecciones para elegir a las Cortes Constituyentes. Sin embargo, el decreto resultó sorprendente para cierta parte de la población, ya que, aunque permitía a curas y mujeres ser elegidos, no les permitía votar en las elecciones. El pueblo lo apodaría como “el decreto de las faldas”. Desde el Gobierno se excusarían en que no existía tiempo para elaborar un censo que incluyese a las mujeres.
Clara Campoamor tiene entonces 43 años y está decidida a formar parte de las Cortes y defender desde allí el voto femenino, sin embargo, el partido de Acción Republicana de Manuel Azaña, en el que nuestra protagonista milita, le da la espalda y no cuenta con ella en sus listas. Es entonces cuando Campoamor recibe la llamada de Alejandro Lerroux, del Partido Radical, quien sí le ofrece aparecer en las suyas. Ella acepta con la condición de que Lerroux le permita participar en la comisión que elabore la nueva Constitución.
Es en junio de 1931 cuando se celebran las elecciones y tres mujeres resultan elegidas como diputadas por primera vez en España. Ellas son Clara Campoamor, Victoria Kent (del Partido Radical Socialista) y Margarita Nelken (del Partido Socialista).
El 14 de julio se abren las Cortes Constituyentes y Clara Campoamor comienza además su participación en la Comisión que redactó en tan solo 20 días el proyecto del texto constitucional. Allí conseguiría sacar adelante todos los artículos que reconocían la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, también el voto. Resulta memorable su discurso en defensa de la modificación del artículo 23 de la Constitución que reconocía “solo y en principio” esa igualdad. “Las victorias o las derrotas se frauguan y aderezan en los preparativos de la lucha, y por ellas, vienen condicionadas después”. No obstante, no conseguiría la reformulación del texto, que, una vez elaborado, se vería sometido a discusión por parte de toda la Cámara.
El 1 de septiembre de 1931 por primera vez en la historia de nuestro país, una mujer habla en el Parlamento democrático. Será Clara Campoamor y lo hará para defender el artículo 36 de la nueva Constitución que dice que los ciudadanos mayores de 23 años, de uno y otro sexo, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes.
Ese mismo 1 de septiembre, habla también un compañero de Campoamor, el diputado radical José Álvarez Buylla, quien dice hablar en nombre propio y se muestra en contra del voto femenino. “La mujer española como política es retrógrada, todavía no se ha separado de la influencia de la sacristía y el confesionario y al dar el voto a las mujeres se pone en sus manos un arma política que acabará con la República”.
Campoamor contrataca con un discurso en el que defiende la calidez del nuevo proyecto de Constitución y a la mujer:
“Cada hombre define a la mujer a su manera, como la ven, no como es ella. Es porque hasta ahora no se la ha juzgado por normas propias, y es preciso dejarla que se manifieste para que por sus hechos se la pueda juzgar. [ … ] Toda Constitución es el triunfo que implanta el derecho de un sector o de una clase oprimida, desconocida, anulada. [ … ] Mi espíritu se regocijaba días pasados cuando por pura casualidad caía en mis manos una demostración de que no estamos discutiendo, ni hoy ni hace mil años nada nuevo. Es aquella vieja leyenda del Talmud que nos dice que no fue Eva la primera mujer dada a Adán. Era Lilith, que se resisitió a acatar la voluntad exclusiva del varón y prefirió volver a la nada, a los alveolos de la tierra; y entonces, en la esplendidez del Paraíso, surgió Eva, astuta y dócil para la sumisión de la carne y el espíritu”.
Durante esos días, Campoamor tuvo que marchar a Ginebra, pero volvería a toda prisa al conocer que el artículo tercero de la Constitución se ponía a discusión. Sería entonces cuando el dr. Novoa Santos pronunciaría entonces aquel discurso aberrante: “¿por qué hemos de conceder a la mujer los mismos títulos y los mismos derechos políticos que al hombre? ¿Son por ventura ecuación? ¿Son acaso organismos iguales? [ … ] El histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer; la mujer es eso: histerismo”.
El 30 de septiembre de 1931 se discutirían los artículos referidos a la igualdad entre hombres y mujeres y el sufragio femenino. Lo primero que se votó aquella tarde fue el artículo segundo de la Constitución. “Todos los españoles son iguales ante la Ley”. Este artículo se aprobaría sin problemas, desapareciendo además el famoso “en principio” que tanto había perturbado a Campoamor durante su redacción. Sin embargo, Manuel Hilario Ayuso, del Partido Republicano Federal defendería una enmienda para que los hombres votaran a partir de los 23 años y las mujeres a los 45. Aquella enmienda fue desestimada, pero ese mismo día el compañero de partido de Campoamor, Rafael Guerra del Río, presentaría otra de la que su compañera no tendría conocimiento. La iniciativa pretendía que el voto de la mujer saliese de la Constitución y se dejase para una futura ley electoral. Esta enmienda sí fue apoyada por los representantes de los otros grandes partidos republicanos y a ella se sumaría el Partido Radical Socialista de Victoria Kent, que además defendió que en caso de concederse un voto futuro a la mujer, solo deberían poder votar aquellas mujeres que demostrasen su capacidad. De los grandes partidos de izquierda solo el portavoz del PSOE, Manuel Cordero, pidió la palabra para oponerse a esta enmienda. Clara Campoamor también intervendría entonces.
“Yo he visto a la mujer trabajar con la República y luchar contra el Fascismo. [ … ] Ruego a la Cámara que me deje hablar y me perdone, pero en estos momentos, por razones no solo femeninas sino ciudadanas, tengo mi alma en tortura. [ … ] Los sexos son iguales, lo son por naturaleza, por derecho y por intelecto, pero además lo son porque lo declarasteis”.
La enmienda finalmente se votó y fue rechazada por un amplio margen de votos. Entre los grupos que votaron a favor se encontraban las tres minorías republicanas y entre ellos la práctica totalidad de los compañeros de partido de Clara Campoamor que la dejaron sola.
El debate se reanudó al día siguiente, el 1 de octubre de 1931, sobre el artículo 36 de la Constitución, que permitía votar a las mujeres mayores de 23 años en igualdad de derechos con los hombres. En la víspera se había rechazado ya la enmienda y Clara Campoamor había tenido que enfrentarse a diputados de las minorías republicanas, todos ellos hombres, pero el 1 de octubre tuvo que hacerlo frente a la única mujer que en esos momentos ocupaba un escaño con ella, Victoria Kent. Era la primera vez en la historia de España que dos mujeres protagonizaban un cara a cara en un parlamento democrático.
“¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado lo suficiente? [ … ] Dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo. [ … ] Yo ruego a la Cámara que me escuche en silencio. No es con agresiones ni con ironías como vais a vencer mi fortaleza. La única cosa que yo tengo aquí ante vosotros señores diputados, que merezca la consideración y acaso la emulación es precisamente defender un derecho al que me obliga mi naturaleza y mi fe con tesón y firmeza. [ … ] No cometáis un error histórico que no tendréis tiempo nunca para llorar. [ … ] Perdonandme si os molesté, considerando que es mi convicción la que habla, que hablo como republicana, pero como republicana que ante un ideal lo defendería hasta la muerte”.
Tras el discurso de ambas se prosiguió a votar y finalmente se aprobaría el sufragio por 169 votos a favor y 121 en contra. Manuel Azaña se abstuvo de votar a favor del voto femenino por no ir contra las creencias de su partido, a pesar de que como declararía en sus memorias, se mostraba a favor de él.
Parecía que la discusió había acabado y el sufragio femenino había sido aprobado, pero días después se debatieron los artículos referentes a las cuestiones religiosas. Los católicos españoles pretendían la derogación de esta nueva constitución republicana. Los diputados de la derecha parlamentaria, que habían votado a favor del voto femenino terminaron por abandonar el Parlamento, de modo que quienes habían votado en contra vieron la situación propicia para un nuevo intento. Ya no se podía borrar el artículo que había sido aprobado, pero podían colar una disposición transitoria que lo aplazase.
Entre el 21 y el 24 de noviembre llegaron tres enmiendas que con distintos matices pretendían aplazar el voto de las mujeres ya reconocido en la Constitución. Una de estas enmiendas estaba encabezada por Victoria Kent, aunque finalmente solo se discutió la del partido de Azaña, encabezada por Matías Peñalba. En esa propuesta el voto femenino era reconocido inmediatamente en las elecciones municipales, pero las mujeres solo podrían votar en las generales después de renovarse totalmente todos los ayuntamientos. Esto provocó la indignación de las asociaciones de mujeres que presentaron un escrito donde exigían una lección de ética para mantener lo que ya se había acordado.
El 1 de diciembre se discutió la enmienda de Peñalba a la que no acudieron los diputados de la derecha. Pocas cosas nuevas se escucharon aquel día. Guerra del Río quiso contraponer las posturas de Margarita Nelken (que acababa de incorporarse al Congreso) y Victoria Kent con la de Campoamor, tildando a áquellas de mujeres cultas y progresistas y comparando a ésta con la derecha radical. Sin embargo, Clara Campoamor y Victoria Kent jamás se prestaron a las bromas que las enfrentaban y se mostraron siempre un profundo respeto.
En el debate de ese 1 de diciembre Manuel Cordero volvió a defender el derecho femenino, sin embargo, su comparecencia tampoco resultó novedosa. La discusión se iba haciendo cada vez más pesada y ante el miedo a que algunos diputados cambiasen de parecer con tal de agilizar el fin de la misma, Campoamor decidió cambiar entonces su argumento. Sería entonces cuando defendería ya no el voto femenino, sino la Constitución:
“Medís al país por vuestro miedo pero yo os digo: no seguéis el trigo del campo”.
En su libro, Campoamor advierte que aquel discurso suyo fue interrumpido hasta una treintena de veces tal y como refleja el diario de sesiones, por compañeros diputados que la abucheaban, la insultaban o realizaban chistes, siendo este un hecho no habitual en el Congreso, reflejo del estado de crispación que generaba la discusión del voto femenino y la falta de respeto que le profesaban sus compañeros por ser una mujer. Este dato consterna al lector pero inevitablemente le lleva a comparar la calidad argumentativa de los debates parlamentarios de entonces, con la de los de ahora, en los que raramente se ve a ningún político defender sus convicciones con la firmeza que lo hizo Campoamor entonces y con la elegancia y educación que la caracterizaban.
La votación de aquel día fue nominal y la enmienda finalmente no salió adelante solo por 4 votos. El voto femenino se salvó sin la derecha, pero también sin los demócratas republicanos, lo que supuso el gran dolor de Campoamor.
No obstante, en diciembre de 1932 el Gobierno dejó trascender su propósito de convocar unas elecciones parciales para cubrir 8 vacantes en la Cámara y entonces se reanimaron dos tesis que defendían ambas dejar a la mujer fuera de aquellas elecciones, basándose en la necesidad de realizarlas bajo las mismas condiciones que las que habían conformado el actual Gobierno. Clara Campoamor sintió la necesidad de volver a alzar su voz en la sesión del 20 de diciembre de 1932.
Es muy fácil imaginar la sensación de fatiga y soledad que debían asolarla entonces, tal y como ella misma relata en la página 195:
“Se comprenderá lo ayuna de deseos que yo estaba de continuar indefinidamente luchando aislada en favor de este problema, que me perseguía implacable y con el que yo caminaba a cuestas como Sísifo con su peña. Hubiera deseado que alguien me ayudara a conllevarlo; pero este alguien no existía y no podía dejar yo a última hora indefenso lo que tanta lucha me costó”.
Finalmente, aquellas elecciones para las ocho vacantes no se celebrarían. Sí lo harían las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933 en las que la mujer votó en España por primera vez. Si la enmienda hubiese salido adelante, no lo habrían hecho hasta 1977, 44 años después. Ni Clara Campoamor, ni Victoria Kent resultaron elegidas en aquellas elecciones y la desunión de las izquierdas dio la victoria a la derecha. Clara Campoamor tuvo que defenderse entonces de quienes la acusaron de haber propiciado la victoria de la derecha. Mediante una carta abierta en el Heraldo de Madrid, la abogada demostraba que la derrota no se debió al voto femenino, sino a la desunión de las izquierdas en cada una de las provincias españolas.
“No se me han agotado los ideales: igualdad jurídica de la mujer, protección del niño, pacifismo… Siento dentro de mí que cuando haga falta estaré de nuevo en mi lugar”.
En los años posteriores, Campoamor acabaría por abandonar el partido de Lerroux, al que ya no se sentiría afín. No encontró entonces partido que la aceptara en sus listas, salvo algunas asociaciones femeninas que le propusieron presentar una candidatura con su nombre aislado por Madrid. Sin embargo, Campoamor rechazó esta propuesta por creer que arrancaría algunos votos a la izquierda, contribuyendo más a su fragmentación.
Sobre su pérdida en las elecciones, Campoamor en la página 256 dice:
“Relegada a las menudencias del hogar, a las mezquindades del parloteo, a las pequeñeces de la existencia, no puede aportar al principio sino toda esa mezquindad a la que se la redujo. Se la dio educación de esclava; educación de esclava asoma tras de sus primeras manifestaciones libres. Se la enseñó a no confiar en sí misma; desconfía de todas las demás mujeres. Se la desconoció; desconoce a las demás. Se la repitió en los más variados tonos que la mujer no entendía de determinadas cosas, y no se le ha olvidado todavía…”
Y continúa:
“Mi ley es mi lucha, y no me he adentrado ni formado en ella para volverme atrás por zarpazo de más o menos, ni para dolerme de las dificultades que la avalaron y decantan.
En buenas cuentas, no he hecho sino empezar, y el campo en que fructiferó aquel ideal se ha llenado ya de nuevas semillas”.
Las elecciones de 1939, en las que Campoamor ya no participaría, dieron la victoria a la izquierda y la razón a la ex-diputada. Tras el estallido de la Guerra Civil durante el mes de julio de aquel mismo año, Campoamor tendría que refugiarse en Suiza y Argentina. Finalmente moriría en Lausana, en 1972, pocos años antes de que el régimen franquista acabara. Sus restos descansan en un cementerio de San Sebastián, donde pueden ser visitados.