A veces una novela empieza con un cuadro y termina pareciéndose demasiado a una autopsia de la propia vida.
Uno entra mirando colores, formas, nombres de artistas, matrimonios neoyorquinos, conversaciones inteligentes entre gente capaz de decir tres veces seguidas palabras como “performatividad” sin tropezarse, y cuando quiere darse cuenta está metido hasta el cuello en algo bastante más desagradable: la sospecha de que mirar mucho no siempre significa haber visto bien.
Porque, ¿cuánto puede contener una sola vida antes de desbordarse? Todo cuanto amé nace de esa pregunta, pero Siri Hustvedt no la lanza como quien coloca una frase bonita en la entrada del museo. La deja fermentar despacio, hasta que empieza a oler raro.
La novela es una historia sobre el arte, sí, pero conviene no dejarse engañar por esa etiqueta, tan limpia y tan museística. Siri Hustvedt utiliza el mundo artístico de Nueva York como quien enciende una lámpara en una habitación: no para que miremos la bombilla, sino para que veamos mejor las grietas de la pared. El narrador, Leo Hertzberg, historiador del arte, recuerda su amistad con Bill Wechsler, un pintor cuya obra lo fascina desde el primer momento. A partir de ese encuentro se va formando una constelación de afectos: matrimonios, hijos, amantes, pérdidas, conversaciones, mudanzas, lealtades frágiles y pequeños autoengaños domésticos.
Dicho así podría parecer una novela de vidas cruzadas con barniz intelectual. Y bueno, algo de eso hay. Pero reducirla a eso sería como mirar un Rothko y decir: “Bonito rectángulo”. Hay que tener un poco de decencia visual. También sería injusto fingir que al principio uno no teme, durante unas páginas, haber quedado atrapado en una galería de SoHo donde todo el mundo tiene algo inteligentísimo que decir sobre la textura del vacío. Hustvedt juega con ese riesgo. Lo sabe. Y luego, por suerte, deja que la vida irrumpa con los zapatos sucios.
Ahí Hustvedt acierta de lleno: convierte la mirada en un asunto moral. Leo observa cuadros, observa cuerpos, observa gestos, observa a sus amigos, observa su propio pasado. Pero cuanto más mira, menos seguro parece estar de lo que ha visto. Esa es una de las fuerzas secretas de la novela: la distancia entre mirar y comprender. Entre convivir con alguien durante años y descubrir, demasiado tarde, que había zonas enteras de esa persona donde uno apenas había puesto el pie. Hustvedt escribe desde ahí, desde esa mezcla de inteligencia y vulnerabilidad que tiene quien ha ordenado su vida a través del pensamiento y de pronto se encuentra con que el pensamiento no alcanza para sujetar la desgracia.
La novela tiene una primera parte magnífica, casi hipnótica, donde la amistad entre Leo y Bill se va construyendo con una naturalidad extraña, sin grandes declaraciones, a través de afinidades, comidas, visitas al estudio, niños que crecen cerca, mujeres que sostienen más de lo que la narración parece admitir al principio. Hay algo muy hermoso en esa intimidad adulta, ya lejos del estruendo fundacional de la juventud, hecha de vínculos que aparecen cuando uno arrastra matrimonios, neurosis, ambiciones, daños heredados y una biblioteca mental llena de excusas. Bill, Violet, Erica, Lucille y Leo tienen demasiadas zonas ciegas para funcionar como simples piezas de una tesis sobre el arte contemporáneo. Y Hustvedt, cuando está más fina, las acompaña desde cerca: las deja moverse, hablar, equivocarse, protegerse mal.
Después todo se oscurece. Y aquí conviene decirlo sin rodeos: Todo cuanto amé empieza hablando de la amistad, el arte y la vida compartida, y acaba internándose en territorios bastante más turbios, donde la enfermedad, la impostura, la manipulación emocional y cierta forma de vacío moral se sientan a la mesa como si llevaran allí toda la vida. No diré más, porque parte de la experiencia consiste en sentir cómo el libro cambia de temperatura. Al principio parece que estamos ante una elegía intelectual, una de esas novelas donde la gente sufre con libros cerca y frases inteligentes a mano. Luego Hustvedt empieza a apretar, y lo que parecía una historia de vínculos se va convirtiendo en una investigación sobre la identidad, el duelo y la posibilidad —terrible, pero muy humana— de amar una imagen que nosotros mismos hemos ayudado a fabricar. El relato se va desplazando casi sin que nos demos cuenta: una comida, un cuadro, una conversación, una pérdida, y de pronto el arte queda al fondo mientras frente a nosotros se abre el agujero de una familia que ya no sabe exactamente dónde empezó a fallar todo.
Y en el centro de esa zona turbia aparece Mark. Conviene nombrarlo, porque su presencia altera la novela como una mancha de humedad que aparece en una pared demasiado blanca. Mark vuelve inútil enseguida la etiqueta de “hijo problemático”, esa comodidad con la que las familias y las novelas a veces intentan ordenar el desastre. Inquieta porque parece vivir en una relación averiada con la realidad, como si las palabras, los afectos y las consecuencias pertenecieran a sistemas distintos que él pudiera reorganizar a su antojo. Hustvedt lo escribe con una ambigüedad muy bien dosificada: no sabemos hasta qué punto estamos ante una enfermedad, una impostura, una herida mal leída o una mezcla venenosa de todo eso. Ahí la novela toca una fibra bastante desagradable: qué hacemos cuando alguien a quien hemos visto crecer se vuelve ilegible.
Parte de esa inquietud viene de la propia prosa de Hustvedt, que piensa mucho, pero no se queda encerrada en la cabeza. En sus mejores páginas, las ideas nacen del cuerpo, de la memoria, de una escena doméstica, de un objeto, de un cuadro, de una frase dicha cuando nadie sabía todavía que iba a doler años después. Es una prosa cerebral, sí, pero con pulso. A veces puede cargar la mano, sobre todo cuando asoma su vena ensayística y se acerca demasiado a la explicación psicológica o teórica; hay momentos en los que uno siente que la novela confía menos en sus escenas de lo que debería. Pero incluso entonces hay una seriedad de fondo que la salva de la pedantería: Hustvedt pone la inteligencia a trabajar en el único lugar donde de verdad importa, cuando la vida se vuelve insoportable. Ahí la novela deja de parecer inteligente para empezar a serlo.
Esa inteligencia también se nota en la forma en que Hustvedt mira a sus hombres. Leo y Bill son sensibles, cultos, atentos, capaces de amor y de ternura, pero también profundamente torpes ante ciertas formas de dolor ajeno. Su torpeza nace de la vieja costumbre masculina de creer que mirar intensamente equivale a cuidar bien, con la maldad rondando a veces por los bordes, pero sin ocupar siempre el centro. Hustvedt los trata con una mezcla de afecto y lucidez que me parece mucho más devastadora que el ajuste de cuentas. Leo, en particular, es un narrador fascinante porque su tono sereno nunca termina de ocultar la grieta. Cuenta desde una edad avanzada, desde la memoria, desde la pérdida, desde una especie de lucidez tardía que no lo absuelve de nada. Y ahí la novela gana profundidad: en la sensación de que recordar también puede ser una forma de seguir fallando.
Y claro, cada vez que leo a Siri Hustvedt, me pasa algo quizá inevitable: Paul Auster aparece por el rabillo del ojo. En Todo cuanto amé volvió a ocurrirme: la conexión evidente entre ambos está ahí, pero también ese Nueva York de artistas, azares, identidades desplazadas y vidas que se doblan sobre sí mismas. Auster tiende a convertir el azar en una arquitectura casi metafísica; Hustvedt parece más interesada en las consecuencias íntimas de lo que no supimos leer a tiempo. También encontré ecos de Henry James, sobre todo en esa atención a lo que una conciencia percibe, interpreta, distorsiona o se niega a saber. Y por momentos, en la relación entre arte, enfermedad y vida privada, uno puede acordarse de ciertas novelas de Philip Roth, aunque Hustvedt trabaja desde otro lugar: menos volcánico, menos exhibicionista, más atento al temblor soterrado.
Pero lo que más me ha impresionado de Todo cuanto amé es la forma en que Hustvedt acaba llevando el arte, el duelo y la vida compartida hacia un lugar más inquietante: la fragilidad de nuestras interpretaciones. Creemos conocer a quienes amamos porque hemos compartido años, casas, rutinas, desgracias, fotografías, cumpleaños, habitaciones de hospital, conversaciones repetidas hasta el cansancio. Luego llega una grieta, una conducta inexplicable, una revelación, una pérdida, y descubrimos que aquella persona también era un relato que nos habíamos contado para poder seguir viviendo. Hustvedt entiende muy bien esa humillación: la de haber sido inteligentes, sensibles, atentos incluso, y aun así haber visto demasiado poco.
Quizá por eso, en algún momento Leo deja caer una frase que parece tranquila hasta que la novela se encarga de volverla peligrosa: “Siempre he pensado que el amor prospera si se le somete a cierta distancia; que exige una cierta separación respetuosa para perpetuarse”. La frase es preciosa, claro. También es peligrosísima. Leída dentro de esta novela, deja de sonar elegante y empieza a sonar como una coartada íntima. Porque quizá esa distancia que preserva el amor también permite no mirar demasiado, no preguntar demasiado, no abrir ciertas habitaciones hasta que ya huelen a algo que nadie quiere nombrar. Hustvedt tiene esa mala costumbre de tomar una frase aparentemente hermosa y dejarla caer sobre la mesa con el peso de una prueba judicial. Muy amable por su parte.
De ahí viene, me parece, esa tristeza tan rara que deja la novela: una tristeza poco limpia, sin música de violín ni ventana abierta; algo más pegajoso, más adulto, nacido de reconocer que el amor no siempre ilumina. A veces deforma. A veces tapa. A veces nos vuelve indulgentes cuando deberíamos estar atentos, o atentos cuando ya es demasiado tarde. Y aun así, seguimos amando, porque tampoco parece que tengamos un plan mejor. Somos así de brillantes.
Todo cuanto amé es una novela exigente, envolvente, a ratos dolorosa, que pide una lectura pausada porque va ganando fuerza por acumulación: una amistad, una obra de arte, un matrimonio, un hijo, una ausencia, una sospecha, otra sospecha, y de pronto la vida entera convertida en una sala mal iluminada donde cada cuadro parece, en realidad, mirarnos a nosotros.
Siri Hustvedt ha escrito una novela que trabaja sobre esa grieta entre los hechos y la versión que nos contamos para sobrevivirlos. Quiere saber qué demonios creímos que estaba pasando mientras pasaba. Quiere saber cuánto amor, cuánta ceguera, cuánta memoria y cuánta mentira caben en una vida antes de que alguien tenga la mala educación de llamar a eso verdad.
Y al cerrar el libro, uno entiende que la pregunta ha bajado de la pared y se ha sentado a la mesa.
DC