CV II. Roberto de Mattei. Una historia nunca escrita.
Me pareció un libro interesante sobre la historia detrás del Concilio Vaticano II, que te lleva a conocer a sus protagonistas, desde el Papa Pío XII hasta Pablo VI, pasando por una pléyade de cardenales, sacerdotes, laicos y periodistas, así como las tendencias fuertemente marcadas en el mismo, las disputas, conflictos, y los grupos que respaldaban las distintas posturas.
El libro está escrito desde una óptica bastante conservadora, es decir, desde la posición opuesta al desarrollo moderno o de progresismo, como el autor señala, del Concilio. Y registra todos los incidentes ideológicos, políticos, sociales y eclesiales que estuvieron de fondo. Da cuenta, siempre según el autor, de las consecuencias del Concilio, desde una visión pesimista, aunque al final, solicita una revisión histórica sobre su desarrollo. Hay una riqueza, sin duda, en el abundante respaldo de fuentes documentales.
Señala asimismo todas las posturas conservadoras, que marcan una discontinuidad con la historia, con la tradición, y las describe incluso como falta de respeto al Magisterio de los Papas. No obstante es un libro que te hace pensar, y muy recomendable para conocer las diferentes perspectivas de la historia sobre el trascendental y último Concilio de la Iglesia, que te atrapa y emociona.
Resalto un punto que me llamó fuertemente la atención, cuando habló del cambio en la postura del sacerdote al celebrar la Misa, es decir, de estar orientado hacia Dios, pasa a estarlo hacia el pueblo. No dicho propiamente, de espaldas al pueblo, sino orientado hacia Dios. Dirigido siempre a Oriente, osea hacia Cristo, simbolizado en el sol naciente. Y es que esta última postura obedecía a una cosmovisión donde a Dios se le daba el primer lugar por encima de todas las cosas; pero a causa del camino recorrido por el humanismo renacentista, se dio un gigantesco viraje, esto es, un cambio antropológico. Dios dejó de ser el centro de todo cuanto existe, y en su lugar, se puso al hombre. Esta concepción ha puesto en la base de la moderna civilización occidental la peligrosa tendencia a postrarse ante el hombre y ante sus necesidades. De tal forma que hemos pasado del teocentrismo medieval al antropocentrismo e inmanentismo modernos. Con consecuencias devastadoras, me atrevería yo a decir, que no son difíciles de constatar: la primacía y exaltación del hombre, con su consumismo excesivo y deshumanizador; la defensa exacerbada de sus intereses y verdades individuales, que nos han despeñado al relativismo, hasta llegar al narcisismo colectivo, en expresión de Marie France Hirigoyen en su libro Los Narcisos, todo ello en detrimento de la naturaleza, del sentido comunitario, dando como resultado la degradación, por no decir, destrucción del mismo hombre.
Sin embargo, la entrada de aire fresco a la Iglesia, según las mismas palabras del Papa Juan XXIII, quien convocó el Gran Concilio, no se podía detener. Acicalado por la filosofía, el desarrollo de las ciencias, la necesidad del diálogo con el mundo y las demás religiones, hacían que su modernización y aggiornamento (actualización), fuera impostergable. Innegable por otro lado, fue el consenso ampliamente alcanzado no en uno, sino en todas las votaciones finales de los diversos documentos del Concilio. Sin descontar la presencia, en primer lugar y sostenida por la fe, del Espíritu Santo.
El futuro no ha hecho otra cosa más que confirmar la tendencia del Concilio, no obstante los problemas y/o desajustes incluso un poco prolongados de la transición.
La fuerza del péndulo hacia atrás no ha sido fuerte, ni importante, ni ha pesado lo suficiente.
Vale la pena subrayar algunos logros significativos del CVII: impulsó la nueva evangelización, la actividad misionera, la celebración litúrgica de la fe, la inculturación del mensaje cristiano, la colegialidad episcopal, la vida y ministerio de los presbíteros, la corresponsabilidad de los laicos, la renovación de la vida religiosa, el diálogo ecuménico e interreligioso, la dignidad del matrimonio y la familia, las relaciones entre los pueblos, la promoción de la justicia y la paz, el reconocimiento de la libertad religiosa y la formación cristiana de la juventud.
Sin embargo, la Iglesia necesita seguir reinventándose y actualizándose, atreviéndose a pasar revista a las formas no efectivas, en que ha venido todavía operando, y dejar atrás las estructuras caducas, como lo pidió el Papa Francisco, en su homilía del 5 de septiembre del 2014. Se trata de una tarea ininterrumpida de renovación interna, para una mejor y mayor presencia solidaria en el mundo, queriendo irradiar con la luz de la fe las más diversas situaciones humanas. Dentro de estas tareas todavía en proceso, dejo apuntadas las siguientes:
Llegar a ser una Iglesia ‘abogada’ de los pobres y misericordiosa, “donde todos podamos sentirnos acogidos, amados, perdonados y alentados a vivir según el Evangelio” (EG 114).
Una Iglesia comunión que no tema ensuciarse o mancharse, que actúe y se comprometa por los marginados y perdidos; pobre y para los pobres, samaritana y profética (cf. EG 198).
Una Iglesia proactiva, más emotiva; que viva, se comprometa y anuncie el Evangelio con pasión, hasta el martirio.
En fin, que lleguemos a ser una Iglesia más incluyente, que no dejemos a nadie solo, a nadie fuera de nuestra mesa, y que no dejemos que nadie se pierda. Oremos y trabajemos por ello.
+Alfonso G. Miranda Guardiola
Cfr. Edición Hommo Legens. 2018.