Menos el último capítulo ("El deseo del educador no es el sacrificio"), que me parece una sarta de lugares comunes y un batiburrillo de ideas sin mucho sentido colocadas de manera contradictoria, el resto del libro me ha parecido alentador, inspirador y profundamente crítico. Me permite pensar el sufrimiento en un marco metodológico actual, de crítica neocapitalista, de contradicción entre normalidad-anormalidad.