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264 pages, Kindle Edition
First published January 1, 2018
«Quien lee, ¿para qué lee? ¿Para encontrar, o para encontrarse? Cuando el Lector se asoma a la entrada de un libro, ¿es para conocerlo, o para reconocerse a sí mismo en él?»
«el ser humano que nos preciamos de ser ha sabido siempre humillar y ofender a quienes, con triste ironía, sigue llamando sus semejantes. Inventamos lo que no existe en la naturaleza: la crueldad, la tortura, el desprecio. Por un uso perverso de la razón venimos dividiendo la humanidad en categorías irreductibles entre sí –los ricos y los pobres, los señores y los esclavos […]–, y en cada una de esas divisiones hemos hecho nuevas divisiones, de manera que podamos variar y multiplicar sin esfuerzo, incesantemente, los motivos para el desprecio, para la humillación y la ofensa.»
«Mientras llegaba el sueño, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que iba contando mi abuelo: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares […], palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al tiempo que me acunaba suavemente. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacia en las pausas más largas que él introducía en el relato: “¿Y después?”. Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con nuevas peripecias En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo me imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.»
«With sleep delayed, night was peopled with the stories and the cases my grandfather told and told: legends, apparitions, terrors, unique episodes, old deaths, scuffles with sticks and stones, the words of our forefathers, an untiring rumour of memories that would keep me awake while at the same time gently lulling me. I could never know if he was silent when he realised that I had fallen asleep or if he kept on talking so as not to leave half-unanswered the question I invariably asked into the most delayed pauses he placed on purpose within the account: “And what happened next?” Maybe he repeated the stories for himself, so as not to forget them, or else to enrich them with new detail. At that age and as we all do at some time, needless to say, I imagined my grandfather Jerónimo was master of all the knowledge in the world.»