La historia de un comisario que arriba a Sudamérica para buscar al infante entre la mafia local, la burocracia y la ambición de quienes nunca pensaron en el daño colateral de su codicia.
Fontela no se conformaba y esa insatisfacción hacía de él un adicto al mal, hurgando desesperadamente en lo más profundo de la aberración humana, intentando palpar su textura, tocar consistencia... Esperaba algún día identificar signos que lo revelarán y, entonces, reconocería al criminal en un vistazo.
Ese era su plan de vida. Un crimen siempre deja huellas, pero estos indicios suelen diluirse cuando el contexto está lleno de corrupción, cuando la inocencia es una consecuencia de la mentira y la traición es el arma que se esgrime todos los días.
En Venezuela cualquiera puede darse por muerto cuando tiene al régimen en su contra; éste es el caso de un niño desaparecido diez años atrás. Sin embargo, hay indicios de que sigue con vida.
A pesar de ser libro relativamente corto, me costó mucho mantener un ritmo de lectura, había momentos en que las descripciones eran muy densas. Respecto a los personajes existían unos muy buenos principalmente Fontela que pudiese haber tenido mejor desarrollo como personaje, pero en sí, la mayoría no creció con la historia. Por parte de la historia no hay un punto donde haya mayor tensión, siempre mantiene un ritmo muy lineal. Llega un momento en que hay una historia de amor, que la sentí muy forzada y rápida. Existe mucho potencial en la historia, pero en lo personal, esperaba más de este libro. Al contrario de mí, espero muchas personas puedan disfrutar de la historia.