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272 pages, Paperback
First published January 1, 1997
Paolo, compañero mío, siempre es un placer leerte y coincidir con vos.
Pasolini es un hombre que ama su tierra natal y sufre viendo la destrucción de ella en tiempo real. Su mirada sobre la sociedad italiana está teñida por una nostalgia de un país, una región, una zona, de la que siente que cada vez se aleja más. Siendo un crítico de un intelecto afiladísimo, nos lleva por todos y cada uno de los barrios de Roma haciéndonos sentir como locales que están observando su propia ciudad.
En el documental "Pier Paolo Pasolini - Agnès Varda - New York - 1967", Agnès le pregunta a Pasolini: "el otro día dijiste que eras un marxista que perdió la fe", a lo que él responde: "mi relación con la religión es tan oscura que no puedo hablar de ella". Y esto —el conflicto del hombre con la fe y la iglesia— es un tema más que recurrente en todo el trabajo de Pasolini, desde su increíble poesía friuliana, esta colección de cuentos, relatos y crónicas, hasta, más notoriamente, en sus películas.
Este libro puede separarse en dos partes: una siendo Cuentos Romanos y la segunda, las Crónicas Romanas.
En la primera parte, nuestro escritor nos cuenta experiencias; pueden haber sido reales o no, aunque, como Pasolini dice, no hay diferencia entre la ficción y la realidad; donde él se encuentra deambulando, paseando por Roma, haciéndose amigo de un niño que encuentra en la playa con el que forma una nueva amistad, la historia de dos niños escapando de Roma en busca de una aventura, un grupo de amigos juntándose a jugar al fútbol, etc. En estos "cuentos" es donde, a mi parecer, PPP hace demostración del increíble narrador que es y el increíble dominio que tiene sobre la palabra; sus descripciones son certeras como flechas, dejando ver su talento como cineasta y su capacidad de crear atmósferas:
"El tiempo pulverizado, como una naftalina sin olor, una veladura verde sobre el verde apenas más intenso, grosero y fresco de los árboles de la costanera, sobre el amarillo rosado de la superficie del agua —y en las primeras luces del anochecer destilados aquí y allá por el cielo amargo y aturdido— el tiempo se volatiliza con un tenue soplo."
Luego, cuando llegamos a la segunda parte, las crónicas, el tono cambia, aunque no drásticamente; sigue siendo esa misma voz que muestra a Roma con ternura y fascinación. Paolo, fascinado con cómo el lenguaje se presenta ante él, empieza —dentro de lo que puede— a intentarnos hacer entender ciertas características del "romanésco". Ya se empiezan a ver estas posiciones mucho más radicales, tornando hacia el marxismo/comunismo, donde Pasolini, como diría Lemebel, exige respuestas: ¿cómo puede ser que hayamos llegado a esto? Nos cuenta sobre los procesos de urbanización de la nueva Roma. Con la guerra, llega el hambre, llegan los pobres, y se encuentran con un Estado que no sabe lidiar con ellos.
PPP termina huyendo de Roma, pues él ya siente que no es la ciudad que conoce, la ciudad que una vez amó; corrompida por el negocio, por el comercio burgués, por la inoperancia de sus gobernantes. Y para la culminación del libro, uno no puede evitar sentirse triste sobre cómo un hombre de la magnitud de Pasolini se encuentra devastado y perdido.
Pero sería un error tomar esta huida como una derrota meramente melancólica. Pasolini se encuentra entre su pasado idealizado y el presente corrupto que observa. Su nostalgia, desgarradora por supuesto, no es un lamento romántico; es una potente crítica que se profundizaría más adelante en su vida. El dolor que siente no es solo afectivo, sino también político; ya no es el joven friulano que llegó a Roma idealizándola en busca de trabajo y nuevos horizontes, sino un hombre comunista completamente adulto y formado.
Habiendo construido con altísima precisión el mundo popular, proletario y —como él dice— pre-proletario: su lenguaje, sus costumbres, sus cuerpos. Pasolini no solo llora su pérdida, sino que, mediante este quiebre, puede ver al fin la imagen brutal y vulgar de la nueva sociedad de consumo, un comercio tan negro como el petroleo.
Pasolini se despide de Roma tirando hacia atrás una granada contra el futuro que se asoma por las esquinas, por las murallas, debajo de todos los puentes de la ciudad; un futuro homogenizante como las nuevas viviendas hechas por el Estado burgués, que solo son copia y pega de lo que dejó el fascismo; un futuro donde el proletariado ya no tiene orgullo y mira a la clase dominante con envidia; una clase dominante incluso más segmentaria que antes. El espíritu del pueblo trabajador fue corrompido. Entonces, Paolo de espaldas a la ciudad no es la imagen de un hombre devastado, sino el último gesto de coherencia de uno de los intelectuales más grandes de Italia, que se niega a ser cómplice de una sociedad del espectáculo inhumano.