En la mitad del campo hay una casa. La habitan dos historias, separadas por un par de años de diferencia, que se van mezclando según avanza el relato. La primera transcurre un fin de semana en el que cuatro compañeros de trabajo deciden ir a comer un asado a la casa, que está a la venta. La segunda es la decisión de Eduardo y Laura de alejarse de los peligros de la ciudad con la pequeña Clara. Hay también un gato que es dueño del tiempo y de los pájaros. En un escenario que parece apacible las relaciones entre los personajes se tensan hasta quedar al borde del desastre. El miedo se enciende con pequeñas chispas y no precisa demasiado combustible para arder y tragárselo todo. Solo quedará preguntarse qué tanto se puede escapar al mundo, qué tan lejos es ninguna parte.
En esta novela Horacio Cavallo, uno de los escritores más talentosos del panorama uruguayo contemporáneo, se despega de su estilo para explorar una narrativa nueva y removedora.
Horacio Cavallo es un escritor uruguayo nacido en Montevideo en 1977. Ha publicado una veintena de libros (novelas, poemarios, un cuentario y varios libros para niños y jóvenes) en Uruguay, México, Argentina e Italia. Obtuvo El premio Nacional de Literatura en Literatura para niños y jóvenes (El diario ínfimo de Nicolás, Montena 2017) , en Narrativa (El silencio de los pájaros, Alter ediciones 2013) y en Poesía (El revés asombrado de la ocarina, ediciones de la crítica, 2006). También obtuvo el Premio Municipal de Narrativa (oso de trapo, novela, trilce 2008, Estuario 2018), ahora llamado Premio Onetti. Ha sido señalado por la crítica como uno de los escritores más importantes de su generación. Parte de su obra fue traducida al inglés, francés, italiano y portugués-.
Algún día vamos a tener que hablar sobre la literatura que consideramos talentosa en este país. Nos debemos un gran debate y una gran autocrítica. Empezando por las editoriales, pero también por los lectores, que somos los que consumimos el producto final.
La novela trata sobre dos historias en paralelo en el mismo lugar. Una casa en medio del campo.
El comienzo es prometedor, con una presentación de personajes muy buena, y una ambientación prolija aunque no muy ambiciosa. A medida que avanza el libro, las relaciones se comienzan a tensar. Y ahí empiezan los problemas. Problemas para los personajes pero también para el libro en sí.
Tenemos varios capítulos enteros de sexo entre una prostituta y varios personajes. Escenas narradas en detalle y que no aportan nada a la trama, con un lenguaje ordinario por momentos, dejando de lado el intento de prosa pulida que se vio al principio.
Un final totalmente predecible, y una historia plana que intenta dar un ambiguo simbolismo por momentos, pero queda muy desdibujado.
Cada vez que me enfrento a un autor uruguayo de esta editorial, voy con miedo. Me pasó con Pedro Peña y volvió a pasar de nuevo. Una historia llena de machismo, de clichés y de escenas repetidas.
Malísimo y decepcionante. Lo peor es que no puedo rescatar absolutamente nada de las historias. Es una narración tan plana y sin rumbo que uno siente haber perdido el tiempo al finalizar. Y, sumado a ello, 2 historias llenas de machismo, escenas sexuales sin sentido alguno (o tal vez el único sentido de mostrar el machismo y cómo los hombres tratan de cosas a las mujeres; y cómo diferencian mujeres de bien y mujeres objeto), escenas vacías que tratan hablar del duelo pero no lo logra y queda en algo plano.
Siempre trato de encontrar algo prositivo, alguna interpretación, algo que sacar de las lecturas pero esta vez el resultado de ello es 0.
Casa en ninguna parte no es en verdad una novela, sino dos. Por un lado, tenemos la historia de una familia —Eduardo, Laura y Clara, su hija— que viaja a la casa del título, ubicada en algún punto del interior —a unos 400 kilómetros de la capital—, para radicarse por tiempo indeterminado y recuperarse de una tragedia; por otro, tenemos el viaje de fin de semana que el mismo Eduardo realizara dos años atrás —junto a sus compañeros del taller Pilo, David y Manucho, quien es el facilitador de la casa— para comer un asado. Más allá de las evidentes diferencias, los dos viajes tienen varias cosas en común: no solo el destino geográfico es lo que los une, sino una marcada sensación de deriva, vacío y una sensación permanente de amenaza sombría sobre todos ellos, amenaza vaga, difusa pero inevitable. En ambos relatos —especialmente el primero, pero no cabe duda que también en el segundo— empezamos mal: la tragedia familiar, por un lado; la incomodidad de un viaje que ninguno quiere hacer en realidad, en el otro. Y a medida que transcurren las páginas y las historias, tenemos la absoluta certeza de que terminaremos peor.
Horacio Cavallo (Montevideo, 1977) es uno de los mejores escritores uruguayos de su generación. Autor de libros como Oso de trapo (2008), Fábril (2010) y la estupenda antología de cuentos El silencio de los pájaros (2013), es también responsable de varios libros de poesía y una innumerable cantidad de material para niños y jóvenes. Como si su literatura adulta, de marcado tono oscuro, se compensara de alguna manera con relatos infantiles de luminosa identidad —como nota al margen, recomendamos calurosamente desde este espacio los libros Clementina y Godofredo (junto a la ilustradora Denisse Torena) y Figurichos (junto al ilustrador Sebastián Santana o Pantana, como firma)— dado que, y muy especialmente en la que hoy nos ocupa, lo sombrío, lo opresivo e incluso lo macabro ocupa casi todo el cuerpo de su obra restante.
Al igual que en Invención tardía —su otra novela reciente—, Casa en ninguna parte son viajes a la oscuridad. Oscuridad de las situaciones, que uno ve ir empeorando más y más, y sabe que no hay escape posible, que no hay salvación para nadie; y oscuridad en sus mismos protagonistas, seres solos, desvalidos, en ocasiones violentos con los demás y —sobre todo— con ellos mismos. Y durante un buen tramo del relato, tenemos cierto respiro en la variedad de historias —no cabe duda que ante la situación de la familia, escapar al asado de compañeros de trabajo aliviana— pronto quedará claro que esa casa en ninguna parte son malas noticias para cualquiera que en ella pase sus días, sean muchos o pocos. La casa es entonces un panóptico para ver a todos aquellos que allí pasan sus días —Eduardo, Laura, incluso la niña Clara, así como el siniestro Pilo, el patético David y el decadente Manucho— y oficiar de voyeur de las desgracias ajenas. La casa se constituye entonces como un personaje propio, una suerte de anfitrión para sus habitantes, entre los que pronto nos contamos también nosotros, los lectores.
Estupendamente bien escrita, Casa en ninguna parte no es una novela para todo el mundo. Es un trago amargo, duro de digerir, una mirada al lado más jodido del ser humano, lado que aflora en situaciones tensas pero que también espera y acecha incluso a flor de piel. Para compararlo con alguna otra experiencia —y porque a quien suscribe le encanta el paralelismo cinéfilo— es como encarar y ver Irreversible, del argentino Gaspar Noé. Una experiencia que te marca, no especialmente feliz, pero sin dudas inolvidable.
La verdad es que a mi este libro me gustó mucho. Lo leí de una sentada y eso hizo que me produjera un montón de sentimientos. Dolor y asco los principales. Es exactamente el tipo de historias que me gustan, cuando el lector tiene más información que los personajes es excelente y me parece que el autor hizo muy buen trabajo. Quiero leer más de él en narrativa.
Qué decepción me llevo con este libro. Al principio prometía con esa trama y esa prosa cuidada, pero, a medida que iba avanzando en la historia, todo eso se fue diluyendo, al punto de caer en el lenguaje ordinario, personajes planos y odiosos y un final con gusto a poco.