El impresionismo constituye un punto de inflexión crucial en el arte europeo; en parte, por la gran influencia que ejercería en el arte posterior, pero sobre todo porque representó una revolución en la actitud del artista. En vez de reproducir lo que a sabiendas tenía ante sí, este se propondría retener una impresión momentánea que no persistía sino en su mente: el fulgor del sol en el agua, o en las hojas, o sobre la piel; la silueta expresiva, pero nunca precisa, de un hombre vislumbrado en lontananza. Dejando a un lado los temas establecidos por convención -pintura histórica, de género y demás-, preferiría que las impresiones visuales cotidianas que formaban parte de su mundo interior -paseos en barca, jardines, incluso estaciones de ferrocarril- aportasen la armazón para entretejer sus obras de luz y color. Los impresionistas no formaban un grupo homogéneo, pero su evolución era muy real; su público lo entendió así, a juzgar por la violencia de la reacción contemporánea ante sus obras que hoy constituyen, sin comparación, las pinturas más parecidas que nos legó el siglo XIX.
Bernard Denvir, colaborador habitual de Art International y Studio International, no solo aporta al tema los conocimientos de un historiador del arte sino también una visión interior de las revoluciones artísticas de nuestro tiempo.
Al leer este libro sentí como si estuviera leyendo el diario de un chico que escribe sobre sus amigos y colegas con los que se aventuraba entre éxitos y fracasos. De cómo se ayudaban y se iban alentándose unos a otros. Siendo los rechazados de la Academia, se unieron como una hermandad donde se inspiraban mutuamente y se organizaban como podían para hacer exposiciones atropelladas para darse a conocer. Estos grandes amigos que siempre estuvieron en las buenas y en las malas crearon lo que sería el parteaguas del arte moderno: Los impresionistas. Monet, Renoir, Bazille, Manet, Pissarro, Sisley, Cezanne.