¿Es posible escribir una biografía novelada de “La Divina”, la única, la diva Maria Callas? Y como dijo una vez alguien: “La ópera murió el día que murió La Callas”. El periodista y escritor Alfonso Signorini (Milán, 1964) logró hacerlo.
Este libro comencé a leerlo, si mal no recuerdo, el mismo día que me enteré de la muerte del gran actor Gene Hackman y su esposa Betsy Arakawa, lo que me hizo pensar en el suicidio pactado de Stefan Zweig y su esposa. A medida que pasaban los días y leía el libro “La vida de María Callas – Tan fiera, tan frágil”, veía cómo avanzaba la investigación y justo ayer lo terminé cuando se resolvió el caso. Fue imposible no encontrar dolorosas similitudes en lo que es la muerte por amor, por desamor o por abandono. La Callas, como ella misma se llamaba en tercera persona, supo muy bien lo que significó vivir buscando el amor y morir más allá de un teatro repleto de muchos que ni siquiera lograron entender lo que hacía María cada noche en tarima. La Callas no cantaba; era la furia absoluta del Bel Canto. Es todo o nada; era Norma, Violetta, Tosca y Lucía, interpretándolas a todas al mismo tiempo. Ella logró mimetizarse en cada una de ellas.
La soprano, con un estilo inclasificable, la fiera y la fragilidad, la que desde niña luchó para que la respetaran y que supo hacerse respetar, la que rompió todo lo establecido, eso es lo que nos da esta maravillosa novela biográfica de Alfonso Signorini. Utilizando un enfoque siempre íntimo y muy personal, nos muestra su lucha por llegar a lo más alto, dejar atrás la sombra que era su madre y su hermana que la castraban cada día, pero que al mismo tiempo la hicieron la última cantante de ópera. Aun así, seguía adelante. Un libro dividido perfectamente en cada una de las etapas desde sus inicios humildes en Nueva York, su lucha con los medios, su exceso de peso y cómo logró arriesgar su vida para bajarlo.
Los grandes momentos de esta biografía son el triunfo absoluto cuando logra que el mismísimo Toscanini, que veía a Renata Tebaldi, la gran rival eterna de María, dijera que la Tebaldi podría tener la voz de un ángel, pero La Callas es una furia y una voz diabólica de la pasión desatada en la ópera. Su gran triunfo fue destronar a quien era conocida por su técnica perfecta y su voz pulida. No: La Callas retumbaba el dolor en cada presentación que sabía que serían contadas las que le quedaban.
Sin importar la técnica, María era esas tres aves que le regalaría su madre cuando era niña para que le sirvieran como profesores mientras su hermana tenía lo mejor. María aprendía con toda la fuerza de no dejarse aplastar. Por supuesto, la caída de su voz, su desespero por regresar y que el mismo Pier Paolo Pasolini ayudaría a dejar un registro de María en su película “Medea”, un registro que para muchos fue una muestra de que la soprano absoluta ya no lo era. Falso: María era tan absoluta que, hasta en sus últimas presentaciones, dio todo y más. La ópera es pasión absoluta; más de una vez lo dijo y lo vivió.
Este libro es una gran puerta a la vida de María Callas, a su mente y, en especial, a su eterno e inquebrantable amor por Aristóteles Onassis. Ari, como ella lo llamaba, no merecía este amor y eso lo tengo claro. Ese amor fue el que la mantuvo viva por muchos años, pero también fue el amor que la terminó dejando tirada en su baño con los brazos hacia adelante, y afirman que con una leve sonrisa. Pocos días antes había muerto su Aristo y era cuestión de tiempo que la tragedia y el amor de Maria los uniera. La carta que dejaría a su compañera, su más que empleada, su confidente Bruna, lo decía claramente. Esa carta fue entregada un día antes de su muerte y lo dijo claro: su muerte la haría feliz solo por encontrarse con quien quizás en otro lugar sí la valoraría.