El pertubador y esencial desafío de la comunidad cristiana Es fácil soñar con la iglesia “perfecta”, una congregación que canta los himnos correctos con la música apropiada antes de que el pastor predique el sermón ideal en un auditorio lleno con personas justas que coinciden con usted en casi todo. Lo más probable es que su iglesia no tenga nada que ver con eso. Pero, ¿qué ocurre si, en vez de buscar una congregación que nos haga sentir cómodos, aprendemos a amar la nuestra, aun cuando constituya un desafío? ¿Qué pasaría si algo de la incomodidad que a menudo experimentamos es realmente bueno para nosotros? Este libro es un llamado a acoger los aspectos perturbadores de la comunidad cristiana ―trátese de creer verdades embarazosas, perseguir la santidad o amar a personas complicadas―, todo por el bien del evangelio, la gloria de Dios y nuestro gozo. The Awkward and Essential Challenge of Christian Community It’s easy to dream about the “perfect” church―a church that sings just the right songs set to just the right music before the pastor preaches just the right sermon to a room filled with just the right mix of people who happen to agree with you on just about everything. Chances are your church doesn’t quite look like that. But what if instead of searching for a church that makes us comfortable, we learned to love our church, even when it’s challenging? What if some of the discomfort that we often experience is actually good for us? This book is a call to embrace the uncomfortable aspects of Christian community, whether that means believing difficult truths, pursuing difficult holiness, or loving difficult people―all for the sake of the gospel, God’s glory, and our joy.
Lo que más valoro de este libro es cómo Brett McCracken, con claridad y honestidad, nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: no existe una iglesia perfecta. Nos anima a abrazar el hecho de que formar parte de una comunidad cristiana significa convivir con pecadores redimidos, como nosotros mismos.
La cruz es incómoda. Jesús nos llama a un amor real, sacrificial, a una santificación constante por medio de Su Palabra. Este libro me recordó que amar a la iglesia local —con sus fallas, diferencias y desafíos— es parte del llamado cristiano, porque Cristo murió por ella.
No se trata de mis preferencias personales, sino de Cristo y Su obra. Y eso cambia todo.
La cruz siendo el estandarte del cristianismo, ¿en realidad esperábamos un cristianismo fácil y sin incomodidades?
Frecuentemente se habla acerca de cómo nuestro dolor y nuestras adversidades nos moldean y lo aceptamos, pero tendemos a olvidar que dentro de esas adversidades de encuentra la incomodidad, así que en la primera seña de su presencia en nuestras vidas, huimos de ella tan pronto como sea posible.
Esta obra te lleva a ver que como Cristo, tanto en nuestra vida espiritual como en nuestra vida de iglesia, debemos estimar los demás como superiores a nosotros mismos, y ésto nos llevará a ceder en las fricciones y desacuerdos que podamos tener con los hermanos en la fe. Nos hace ver que para que podamos cumplir con el primer y segundo mandamiento: amar al Señor con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, es necesario la muerte diaria a nuestro yo, es necesaria tomar la cruz de Cristo por más incómoda que esta pueda ser.
Quisiera también añadir que me encuentro en desacuerdo con lo expresado en el capítulo titulado Consolador Incómodo, el cual trata del Espíritu Santo y sus manifestaciones. McCracken propone una reconciliación de las Escrituras y el Espíritu Santo, y señala que el cesacionismo es una glorificación de la Palabra restándole protagonismo e importancia al Espíritu. Difiero porque el argumentar que deben estar en balance ambas partes, Escritura y Espíritu, me parece que es creer que éstas son independientes la una de la otra, cuando en realidad el creer en el Espíritu es creer en quien Cristo señaló que nos llevaría a las Escrituras y quién nos capacita para poder aplicarlas en nuestra vida diaria. Coincido con el autor en que tanto la reforma como el avivamiento son necesarios, pero difiero en la manera en que ésto debe desarrollarse. Él defiende la manifestación espontánea del Espíritu en el culto, señalando incluso que el cesacionista que no la estima, no acepta lo sobrenatural, lo cual me lleva a preguntarme: ¿No es suficientemente sobrenatural que habiendo yo siendo ciega espiritualmente, el Señor abriera mis ojos para poder ver la luz el evangelio? ¿No es suficientemente sobrenatural que nosotros como viles pecadores estemos capacitados ahora para vivir en santidad? ¿No es sobrenatural que los enemigos de Dios hayan sido constituidos hijos suyos? Todo eso es obra del Espíritu Santo. Él puede obrar milagrosamente, pero los dones de poder han cesado.
Habiendo señalando todo esto, aún con mi desacuerdo con el autor recomiendo el libro grandemente y creo que debe estar en la biblioteca de todo cristiano, y más importante: sus verdades llevadas en nuestro corazón y moldeadas en nuestra vida.
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Creí que este libro solo me hablaría de lo complicado que puede ser para un introvertido entablar conversaciones antes y después del servicio, pero más que eso, habla de todas las incomodidades de caminar en comunidad. La siguiente cita del autor, para mi resume el pensamiento que tenemos en este tiempo acerca de la iglesia a la cual debemos pertenecer:
¿Se comprometerán a unirse y a quedarse con una iglesia, no porque sea una buena opción para ustedes sino porque les conviene parecerse más a Jesús? ¿Se comprometerán a mirar a la iglesia no en términos de lo que puedan obtener de ella sino de lo que puedan darle, considerando como podría la presencia de ustedes en el cuerpo animar a otros a amar y a hacer buenas obras? ¿Aceptarán la molestia, los inconvenientes y el costo de una iglesia incómoda?
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