«Según mi amigo (señaló a Lonesom), se dice que tú eres poeta. ¿Cómo te sucedió ser poeta?, preguntó el Forastero.
Qué raro habla, pensó Elle, y luego dijo: Me sucedió una vez en el bosque. Si queréis os lo cuento.
-Queremos, queremos, dijeron ellos.
-Está bien, dijo Elle. Todo empezó un día cuando iba caminando por el bosque, este bosque es el mero del que os he hablado antes. Sucedió que mientras iba distraída se paró un pájaro extraño en medio del camino. Era un pájaro negro, de pico voluminoso, claramente de la familia de los corvidaes. Una especie nada común en ese bosque. Pero lo que más me extrañó fue el reborde azul que tenía la cola de este cuervo. Un reborde azul tan llamativo que parecía que quisiera decir cosas. De hecho parecía estar hablándome con un lenguaje que no era de palabras sino sólo de color. Estuve así mirándolo un rato muy largo.
Trataba de desentrañar su mensaje. Después el pájaro se voló abriendo un camino entre las ramas. Estupendo, pensé, algo debe estar pasando en este bosque... Y no estaba del todo confundida, sólo que no pasaba algo afuera de mí, sino que más bien era que me pasaba algo por dentro.
Me fui caminando a casa y pensaba en el pájaro como se pensaría en una aparición. Esa noche no me pude dormir, sin embargo, durante las horas en vela, numerosas imágenes extraordinariamente formadas, lo que quiere decir que estaban muy bien detalladas en todos sus aspectos, acudieron a visitarme. Resumiré algunas: pude ver una cabaña que daba a una playa en la que la marea estaba baja. En la puerta de la cabaña vi una cesta llena de cerezas, en lo que un cuervo apareció y comenzó a picotearlas muy tiernamente. Después todo se emborronó y apareció un corazón enorme por sobre aquella cabaña, el corazón latía, pa pam pa pam, y de sus venas seccionadas salían chorritos que se esfumaban para el cielo. A partir de esa noche las imágenes ya no me abandonaron, aparecían a cualquier hora del día, a veces se quedaban un rato, a veces desaparecían casi tan rápido como habían llegado. Me gustaban tanto, y me apenaba tanto cuando se marchaban, que inventé una técnica para quedarlas. Esta es la técnica de la poesía. Inventaba las palabras para simularlas a ellas, las imágenes. Y funcionar funcionó».